9 de mayo de 2020

EL NIÑO DEL ÁTICO (Cuento)


EL NIÑO DEL ÁTICO


Cuando compré la vieja casona en las afueras de Dresde, no imaginaba que sería una caja de Pandora. Conseguí la casa tentado por un amigo martillero que me indicó que los lugares que habían sido bombardeados tendrían propiedades para ser adquiridas a precios de ganga. En muchos casos, sus dueños habrían fallecido como consecuencia de la guerra y simplemente concurriendo al ayuntamiento con los datos de la posesión deshabitada, me darían un plan de pagos a treinta años y podría mudarme de inmediato.
La casona fue una de las pocas que milagrosamente quedó en pie luego de la tormenta ígnea que recibió el 13 de febrero de 1945 la “Florencia del Elba” y sus alrededores, preludio de la rendición del III Reich que sobrevendría tres meses después. Alemania necesitaba ser reconstruida y de allí las facilidades que me dieron para comprarla.
Todavía olía a quemado. El tizne de sus paredes ocultaba la feliz vida de sus antiguos moradores. Cuando comencé las tareas de limpieza y pintura, pude reconstruir en mi imaginación cómo habría sido esa morada. Lo que más me intrigó fue cuando tuve que subir al ático en busca de una caja, que según el comisionado a cuidarla, contenían los planos de la casa, exigidos por el ayuntamiento para aprobar la remodelación. No había escalera interna para acceder al espacio entre el techo y el tejado, por lo que tuve que comprar una metálica y me animé a subir. Para ingresar, desclavé unos tablones bien sellados y di luz a una abertura luego de 9 años de oscuridad. El tiempo se había detenido allí. Remover las cajas con objetos personales pertenecientes a las víctimas, pareció levantar fantasmas de un pasado de hollín y fósforo. Cuadros muy bonitos maquillados con el polvo del tiempo se hallaban envueltos en un cartón que se desintegraba al simple contacto de los dedos. Aparecieron cajas con libros amarillentos y panfletos, misteriosamente en perfecto estado, ya que no había entradas que dieran al exterior como para que algún ratón ingresara a roer el cultural alimento. Mientras inspeccionaba los misterios del ático, un ruido captó mi atención y al dirigir hacia ese rincón mi vista, entre tanta heredad vi moverse una manta. ¿Tal vez una paloma? No, no podía ser, puesto que no había agujero por el cual entrara allí un ave. Me acerqué lentamente, munido de un palo que levanté del piso. Cuando moví lentamente la manta, tamaña sorpresa fue encontrar que había un niño debajo. Un hermoso niño rubio que me miró a los ojos con un miedo indescriptible. Sostenía fuertemente la rústica frazada con sus dos manitos ajadas. Nunca olvidaré su mirada. En dos segundos, sus ojos celestes y su rostro tiznado me contaron su historia. El niño no hablaba, estaba aterrorizado pues nunca pensó que alguien subiría hasta allí y lo descubriría.
Con mi tosco idioma alemán le pregunté por dónde había entrado, y su silencio me señaló un chapón en el suelo. Removí el impedimento señalado sin sacarle la vista de encima y para mi sorpresa, descubrí un túnel cilíndrico vertical que tenía manoplas de agarre en su lateral, y conducía hacia abajo. Le pedí que baje y luego de él me mandé yo detrás. El canal tubular era interminable y posiblemente había sido construido como un método de escape por la familia, en caso de guerra. Luego de bajar cuarenta escalones, llegamos al sótano de la casa. Yo iba contando cada escalón para de paso practicar los números en alemán y él escuchaba cada número. Quizá esto le hizo perder el  miedo que me tuvo antes, y ya éramos casi conocidos. Allí en el sótano, bastante más sucio y abandonado que el ático, pude comprender cómo ingresaba el niño, por esas aberturas que apuntan al jardín del fondo de las casas, simplemente gracias a un vidrio roto. El habilidoso niño habría encontrado el modo de conseguirse una guarida que pensó, jamás descubriría nadie. Pero allí estábamos. Él y yo, y una historia intrigante por descubrir. 
(Continuará)...
© Rubén Sada. 9/05/2020.

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