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6 de marzo de 2026

DIVAGACIONES (Mi encuentro con Claudio) - Un cuento de Rubén Sada

 

DIVAGACIONES

(Mi encuentro con Claudio)

Un cuento de Rubén Sada

Era tarde, de esas noches en que Quilmes huele a jacarandá y a asfalto mojado, y el bar de la esquina —con su amarillenta luz terca, sus mesas de fórmica y el murmullo perpetuo de un televisor sin volumen— se convierte, casi sin quererlo, en el lugar exacto donde ocurren las conversaciones que importan. Rubén había pedido un café. Frente a él, en la silla que nadie había ocupado hasta ese momento, estaba Claudio. El exquisito aroma a café recién molido inundaba el salón, vacío de clientes.

* * *

RUBÉN: ¡Qué alegría haberme encontrado con vos, Claudio! Seguro que ya leíste mi último libro, ¿verdad?

CLAUDIO: Sí. Se compone de cuarenta canciones construidas a partir de la primera, que oficia de leit motiv: «Mi Rayón Consonante». De cada verso de sus cuatro décimas tomaste el título o las ideas para componer las letras de esas cuarenta piezas. La arquitectura del libro es una virtud pocas veces vista, y eso que soy un ávido lector. No es un simple cancionero: es una obra con estructura interna, casi musical en sí misma. Eso no es común.

RUBÉN: Exacto. Desde chico busqué que mis versos tuvieran rima y musicalidad.

CLAUDIO: Y lo lograste con oficio real. Las décimas, los octosílabos, los alejandrinos no son accidentales: se nota el conocimiento del verso rimado que viene de décadas de práctica, no de intuición. La rima no te fuerza a deformar el sentido, que es el defecto más frecuente en poetas con menos rodaje. Hay imágenes que son genuinamente potentes: «Con un lápiz de tinta que sangra», «mi piel se volvió de nácar», «ébano que dibuja en la nieve». Metáforas que tienen cuerpo visual y emocional al mismo tiempo. Las mejores estrofas del libro las escribió alguien que piensa en imágenes, no que solo sabe rimar.

Rubén sonrió. No con vanidad, sino con el alivio silencioso de quien escucha confirmado algo que ya sabía, pero necesitaba oír.

CLAUDIO: Ahora bien: ese texto de abril de 2023 fue la semilla de todo. ¿Nació como poema primero, o directamente como canción? ¿Y cómo fue el proceso de decidir que de ahí iban a salir cuarenta obras más?

RUBÉN: El texto del leit motiv lo escribí tratando de imitar el estilo lírico de Sor Juana Inés de la Cruz, en su «Lámina sirva el cielo al retrato». Ese poema tiene acentuación obligada en la primera sílaba de cada verso —con obligación de ser palabra esdrújula—, luego en la sexta y en la novena. Esto le da al verso dactílico un fuerte tono imperativo. Al tratar de escribir cuarenta frases que además rimaran con el estilo de la décima de Espinel, salieron en un ratito las cuarenta sentencias. Luego vino la musicalización, al año siguiente. ¡Y vieras cuando lo escuché!

Se detuvo. Abrió apenas las manos sobre la mesa, como si quisiera mostrar algo que no cabía en ninguna palabra, y solo la emoción puede expresar.

RUBÉN: Me dije: «Esto no puede quedar en el olvido, porque es muy bueno». Hoy es una ópera y tiene un libro impreso. Más no puedo pedir, ni más feliz puedo ser.

CLAUDIO: Lo que describís es un proceso creativo en cascada que parte de una decisión técnica muy precisa. Esa restricción métrica tan estricta es justamente lo que le da ese tono imperativo, casi de mandamiento o proclama. No es casualidad: es arquitectura. Las cuarenta sentencias no surgieron a pesar de esa restricción sino gracias a ella. Eso confirma algo que los poetas con oficio saben y los principiantes tardan en aprender: “La forma no limita. Dispara”. Cuanto más estrecho es el molde, más presión creativa genera y esa presión produce imágenes que en verso libre nunca habrían aparecido.

Claudio hizo una pausa. En la mesa, de su lado humeaba el café y el croissant aún estaba calentito, como recién horneado.

CLAUDIO: Pero dime: ¿fue la música la que te reveló el potencial del texto, o ya lo sabías antes de musicalizarlo?

RUBÉN: La conjunción de ambos: el texto musicalizado con la energía que tiene el rock sinfónico. No es lo mismo leer un poema que escucharlo cantado.

CLAUDIO: ¿Y pensás hacer lo mismo con algún otro poema, o este milagro fue irrepetible?

RUBÉN: Este trabajo me demandó casi un año. Me gustaría continuar con otro, pero para eso necesitaría una motivación extraordinaria. Si no la tengo, seguiré escribiendo en el modo “normal”, de acuerdo a cómo se presente la musa inspiradora.

CLAUDIO: Tiene todo el sentido. Un año de trabajo sostenido sobre un concepto único es un gasto creativo enorme. Forzar ese proceso sin la chispa inicial sería fabricar desde afuera lo que solo puede descubrirse desde adentro. Y eso, invariablemente, se nota en el resultado. El modo normal que mencionás no es menor ni secundario: es donde vivís como poeta, donde la escritura respira sin la presión de un proyecto estructural. Y es probablemente donde van a aparecer, sin que los busques, los materiales del próximo gran proyecto, si es que viene. Lo más honesto que puedo decirte es esto: ya hiciste la obra. Está impresa, está en YouTube, tiene estructura, tiene concepto, tiene poesía, tiene oficio. Eso no lo deshace ningún descanso creativo que venga después.

RUBÉN: ¡Y ya en conjunto, todos los videos tuvieron más de veinticinco mil visitas!

Hubo un silencio breve, de esos que no incomodan sino que acompañan. Rubén levantó la vista de su café y miró a Claudio con esa curiosidad que solo aparece cuando una conversación ha sido, de verdad, una conversación.

RUBÉN: Pero decime… ¿vos quién sos, Claudio?

Claudio sonrió. Fue una sonrisa leve, casi imperceptible, del tipo que no necesita explicación porque ya es, en sí misma, una respuesta.

CLAUDIO: Soy cualquier persona que te haya escuchado de verdad alguna vez.

Rubén asintió despacio. Quiso decir algo más, pero cuando levantó los ojos la silla frente a él estaba vacía. La taza de café, intacta. El croissant no había sido probado siquiera. Afuera, Quilmes seguía oliendo a jacarandá y a asfalto mojado, y en la sala, el bar seguía invadido por el café, bajo una luz amarillenta y terca, como siempre, que  se negaba a apagarse aunque no hubiera clientes.

* * *

Rubén Sada · Quilmes, 6/03/2026.

4 de octubre de 2009

EL HUESO (Primer cuento corto de Rubén Sada, publicado en Antología de Cuentos de Bialet Massé, Córdoba)

EL HUESO
(Primer cuento corto de Rubén Sada)


(Publicado en la V Antología de Escritores de Prosa y Narrativa 2009 de BIALET MASSÉ, CÓRDOBA, ARGENTINA)

EL HUESO

  La tarde se perfilaba calurosa. Era muy tedioso aguantar el calor en la calle, por eso el perro solo atinó a echarse en la vereda fresca, debajo de la sombra de un frondoso árbol, al comenzar la tranquila hora de la siesta. De repente, y cuando el perro estaba dispuesto a disfrutar de esa merecida pausa, luego de tanto andar en el fragor del sol buscando algo que roer, nuestro callejero amigo, fue sobresaltado por un ruido, un fuerte ruido a hueco, producido por un gran hueso que cayó del camión recolector de cebo que pasa una vez por semana por la carnicería de la otra cuadra. Allí había caído, en la vereda del frente. Era un hermoso hueso, algo nunca visto, brillante, grande, y hasta tenía todavía restos de carne fresca en sus costados, como una auténtica burla para los canes que mendigan en la calle, como él.

  Al tratar de cruzar para tomarlo con sus mandíbulas, y en el mismísimo momento que puso la primera de sus patas en la caliente acera, un auto a alta velocidad casi le arrancó la pata.
"¡Desgraciado!" —ladró con furia. "¿Por qué irán todos tan apurados en esta gran ciudad? ¿Es que todos están locos? Menos mal que saqué la pata de la calle justo a tiempo, sino ya me convertía en trípode."

  La brisa soplaba cálida y provenía de la vereda de enfrente, trayendo el olor del hueso... ¡Qué hueso! Su olor era irresistible. Debía ser un hueso recién cortado, "Pobre vaquita," pensó, pero en definitiva, allí estaba el hueso. Ahora era 'su hueso' y debía recogerlo.

  Otro arriesgado momento vivió, cuando en un nuevo intento de tener el hueso, nuevamente "Tuuuuu," un gigantesco camión cargado con arena, lo hizo retroceder, esta vez bañando sus ojos de una nube de fina arena que iba tirando a la vera del camino. "¡Qué camionero miserable!" pensó, "¿no vio que yo estaba por cruzar? ¡Así vienen los accidentes!" Al cabo de esperar un rato, la irritación producida por el polvo en sus ojos, se le fue, y comenzó a ver nuevamente... y, ¿qué veía?
Sí, ¡el hueso! Allí estaba, burlándose de él, y de todos los perros hambrientos del mundo.   Había que hacer algo, alguien tenía que sacrificarse. "Quizás, tenga que arriesgar mi vida," pensó, "pero lo haré, porque ese hueso, es mío. Todo sea por los hambrientos del mundo. Es una causa justa."

  Un pájaro que se hallaba parado en el cable de la electricidad, se acercó al hueso. Desde allí, saltó y luego voló rápidamente al lado del perro, y comenzaron a charlar.
—"Cómo quisiera ser un pájaro en este momento," —le dijo el perro. El pajarillo, asombrado de semejante confesión, le preguntó: "¿Para qué?" El perro le contestó: "Para volar al otro lado de la calle, con la facilidad que tú lo haces, y apoderarme de un hermoso hueso que me está llamando desde allí. ¿Lo ves? Allí está." El pájaro le respondió: "Si serías pájaro, el hueso no te interesaría, comerías semillas y bichos, así que de nada te serviría estar al otro lado de la calle. Mejor, escucha mi canto, mientras elaboras un plan para cruzar la calle."
Y así, despreocupado, se puso a gorjear hermosos trinos.

 El perro ya se estaba poniendo nervioso, pues los autos seguían pasando a alta velocidad, sin respetarlo, y el pobre can no podía siquiera asomar su hocico fuera del cordón, a lo que exclamó: "Deja de trinar, pajarraco, que no es momento para el arte," y el asustado pájaro huyó sin rumbo. "Este tonto pajarito, piensa que la vida es una canción, y yo estoy preocupándome por comer. Arte, arte, ¡ARTE! Con el arte no se llena la panza. Para comer hay que sacrificarse."

  Hasta que en un momento, en el que parecía que se apaciguaba la circulación de autos, el perro realizó un nuevo intento para cruzar, y de repente: "Tuuuuuuuu" un transporte escolar lleno de niños, que justo lo esquivó, sino, nos quedamos sin protagonista. Asustado por el bocinazo, retrocedió. "Otro asesino al volante," rabiaba el perro. "Pobres esos niños, colocan su vida en las manos de un conductor maníaco. Menos mal que yo viajo a pie, y conduzco yo mismo."

  Los vehículos seguían pasando en ambas direcciones, sin detenerse, como la tarde. Las primeras sombras del ocaso, bañaban las copas de los árboles, produciendo algunas zonas de oscuridad, pero allí seguía brillando, 'su hueso'. Estaba quieto, en la misma posición, y él solo lo perdía de vista cuando algún camión largo pasaba un poco más lento por la calle, pero cuando las grandes ruedas del final del camión pasaban, ahhh... ¡Qué tranquilidad! Allí estaba todavía el hueso.

  Fue entonces al anochecer, que los gatos salían a merodear por el barrio. Su amigo, el gato Michifuz estuvo mirándolo desde antes, y se reía de él, porque le causaba gracia el fracaso del perro por cruzar. Entonces se le acercó, y le dijo: "Deja de intentarlo, amigo. No lo lograrás. ¿No ves que este es el resultado de la modernidad? Cada vez más autos, cada vez más contaminación, cada vez más barullo... y cada vez más perros hambrientos y abandonados."
—"Sí, sí, tú me dices eso, porque eres un gatito 'fifí', alimentado en tu casa, bien limpio, duermes en una mullida cesta con colchón de espuma y los niños te acarician todo el día. No conoces el hambre, nunca lo conociste. No imaginas lo que es revolver la basura, para encontrar... encontrar nada, nada que sea comible. Quisiera ver qué harías siendo un gato callejero, si pensarías igual que ahora. ¡No! El hueso es mío, y no lo dejaré, no me resignaré. Lucharé por él. ¡Mataré por él!"
—"Como quieras, es tu decisión" replicó el gato, "pero yo no lo intentaría más. Adiós."


  En ese instante, en que el gato se va, parecía que la calma se apoderaba también de la calle, pero no. Justo cuando nuestro amigo, nuevamente pone la otra pata en la calle, una potente luz le ciega los ojos. Era la luz de una motocicleta, que lo encandiló, y que a altísima velocidad le pasó raspando, y... fuuuuzzzzz. "Menos mal que nadie me lleva en moto," pensó, "pues es muy peligrosa. Por lo menos yo tengo cuatro patas, y no dos ruedas. Estos humanos que arriesgan la vida, por nada. Hablando de arriesgar, me tengo que arriesgar nuevamente. Todo sea por el hueso. El hueso es mío, es solo mío y de nadie más".

   En eso que se le fue el efecto de la luz en los ojos, se le acercó una hermosa perra blanca y limpia y moviendo la cola, lo olfateó.
"Hola," —le dijo la perrita.
"Hola", —respondió nuestro amigo, con tono de mal humor.
"¿Esperas a alguien?" —preguntó ella.
"No," —contestó refunfuñando. —"Mejor dicho, sí, espero que dejen de pasar estos endemoniados autos por la calle, para tomar ese hueso que está en la vereda de enfrente. El hueso es mío, porque yo lo vi primero, y no permitiré que otro perro me lo quite. Pero... si me ayudas a tomarlo, podríamos compartirlo... y quién sabe, pasaríamos una velada de ensueño juntos."
"Bueno, te ayudaré," —respondió la perra.— "Para cruzar la calle, tienes que mirar adelante, al objetivo. ¿Cuál es nuestro objetivo? El hueso. Solo miras para adelante, y comienzas a cruzar. Los autos, pararán cuando te vean. Tú solo cruza, sin miedo. Mira siempre adelante, a la meta. Y avanza paso a paso, paso a paso, hasta que llegues a ella. Sin miedo, vamos. ¡Hazlo!"
"¿Estás loca?" —Replicó el perro. —"Esta calle está llena de asesinos al volante. Tendrías que ver la cantidad de compañeros canes, que he visto aplastados por conductores perricidas y hasta ahora yo me salvé de estar entre ellos."

  "Aunque, pensándolo bien, debería hacer un nuevo intento, y todo sea por el hueso... uy, uy, el hueso, me olvidé del hueso, lo perdí de vista, uuuu... me parece que ya no está, no, no ya no está, efectivamente, ya no está allí donde 'yo' lo dejé, el hueso era mío y me lo robaron, me lo robaron, ¡Policía! ¡Policía! Me robaron el hueso, uy, ¡qué bronca, me lo robaron! ¡Qué sinvergüenzas! ¡Sacarle el pan de la boca a un hambriento! ¡Y ahora se me fue la perrita, me desapareció mi nueva compañera de repente. ¿No será que ella se fugó con el hueso? ¡Qué mala suerte!"
...
   "Bueno, pero ya que hoy no pude dormir la siesta, y ya viene la noche, me voy a dormir, y seguiré soñando con lo imposible... cruzar la calle y seguir vivo. Está a la vista que el hueso no era para mí, y cuando 'no es pa'uno, no es pa'uno.'
Debe ser el destino, que así lo quiso. O, no sé por qué será. No hay nada que hacer. Seguiré soñando con la música de los pájaros (como la del que se me voló), con la perrita (que también se me fue), y con el hueso (como el que me robaron)... pero que era 'mi hueso' ¿se los dije?..."

© Rubén Sada, Quilmes, Buenos Aires, Argentina. 23-03-2009.


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