ESPÍRITU
A Enrique Guzmán
de su ser lo desprende,
infundiendo pavor a la conciencia
por doquiera se extiende...
Se extiende, pero no llevando vida,
que su seno está yerto;
se extiende como la ola corrompida
que vaga en el mar muerto.
Es torrente de hiel que ahoga y abrasa
a la razón humana;
que entre los sueños de la vida pasa
como una sombra insana.
Deja el mar que un momento su miseria
vuele a Dios que le atrae;
pero al golpe infernal de la materia,
de los cielos se cae.
El pensamiento, eterna maravilla,
que el alma mira absorta,
es tundido a la llama de una hornilla,
dentro de una retorta.
Sentir y amar, alientos que palpitan
en el pecho convulso,
son dos chispas que chocan y se agitan
al eléctrico impulso.
¡Comed! ¡Bebed! El cielo se derrumba,
y tras la losa helada,
más allá de lo oscuro de la tumba,
sólo reina la nada.
¿Dios?... Ya cayó de su elevado trono;
ya se hundió su palacio...
Le reemplazan el ázoe y el carbono;
el tiempo y el espacio.
¡Horror! ¡Horror! Avanza este torrente...
¡Su impulso detened!...
¡Se ahoga el alma en la atmósfera candente!
¡Tiene sed!... ¡Tiene sed!
Contemplad ese impulso rudo y fiero;
apagad esa hornilla,
o bajad a Jesús de su madero,
y escupid su mejilla.
Contened, por favor, la fuerza bruta
de ese inmenso torrente,
o a Sócrates quitadle la cicuta,
y abofetead su frente.
¡Horror! ¡Horror!... El hombre exhala un grito
al ver que Dios se esconde;
y pregunta por él a lo infinito,
pero éste no responde.
Dirige al cielo su palabra fría,
y de vigor desnudo,
su palabra se pierde en el vacío,
porque el cielo está mudo.
Lleno de miedo y de dolor profundo,
al mundo habla un instante;
pero al fijar sus ojos en el mundo,
ve la hornilla chispeante.
Oye el sonido que en agudo tono
da la fragua que chilla,
y el espíritu mira entre el carbono,
fundiéndose en la honilla.
¡Mefistófeles! —grita el hombre airado.
¡Mefistófeles cruel!
¡Genio eterno!... Gigante dibujado
por lírico pincel.
Mefistófeles cruel: dime, te ruego,
¿dónde hallo al Dios que brilla?...
Y ve una roja masa junto al fuego
de la chispeante hornilla.
Mefistófeles cruel: dime tú, ¿dónde
hallo alma, hallo razón?...
Y la chispeante hornilla le responde
con sorda confusión.
¡Horror! ¡Horror! ¡Avanza este torrente!...
¡Su impulso detened!
Se ahoga el alma en su atmósfera candente...
¡Tiene sed!... ¡Tiene sed!
Allá viene entre nieblas dilatadas
horrenda procesión...
Son momias que se mueven agitadas
en sorda confusión.
Cantan al son del mazo que martilla
la caída de Dios;
y en derredor de la candente hornilla
soplan de dos en dos.
Mefistófeles: deja tus carbones...
dame agua: tengo sed...
Contempla cómo soplan los tizones
las brujas de Macbet.
¡Tengo sed del espíritu gigante,
Mefistófeles cruel!...
Y contempla la hornilla chispeante
brillar delante de él.
¡Corre el hombre!... Por fin el cielo clama
por la segunda vez:
¡se extiende ante su frente hermosa llama!
¡Tiembla el cielo a sus pies!
¡Es que Dios no ha caído! ¡Refulgente
se mira en su palacio!
Y es eterno, sublime, omnipotente,
en tiempo y en espacio.
Mira el hombre la aurora que le halaga,
y que en el cielo brilla,
y contempla también cómo se apaga
el fuego de la hornilla.
Y revestido de celestes galas,
envuelto en luz bendita,
el espíritu vuela con sus alas
por la escala infinita.
Ya hay vida en las estrellas, en los soles;
ya se mira extendido
entre nubes y bellos arreboles,
progreso indefinido.
Ya la vida del hombre no es un mito;
no es fósforo y carbón.
Hay un espacio espléndido, infinito...
¡Hay alma y corazón!
¡Ya no se forma en hornos el talento!
¡Ya no es débil cristal!...
¡Ya bulle con ardor el pensamiento!
¡Ya existe el ideal!
Ya la ley de las almas nos gobierna;
ya se canta victoria...
La vida del espíritu es eterna...
¡Hosanna!... ¡Gloria!... ¡Gloria!...
Rubén Darío (Poemas de juventud)