8 de diciembre de 2019

ALÍ (ORIENTAL) POR RUBÉN DARÍO, HISTORIA DE LAS MIL Y UNA NOCHES

ALÍ

ORIENTAL

Al doctor Jerónimo Ramírez
Amigo mío:
A usted que tanto gusta de las cosas del misterioso Oriente; amigo de todo lo lujoso e imaginativo; a usted que tanto se engríe saboreando ese estilo mitad perlas, mitad mieles y flores, de las leyendas del Maestro Zorrilla; a usted mi querido doctor que es tan benevolente con todo lo que sale de mi pobre pluma, dedico este poemita. Ya recordará usted cuando me indicó que escribiese algo como lo presente. Ahí va, pues. Siento que no haya resultado como yo quisiera, pero desgraciadamente, no he podido encontrar en ninguna parte el haschis de Tkéophile Gautier. ¡Qué vamos a hacer!
Suyo siempre.
RUBÉN

#
— Rawí de la guzla de oro,
al son de tu suave rima,
cuenta a la hermosa Zelima
alguna historia de amor;
y el eco blando y sonoro
con su dulce resonancia,
hoy recoja de esta estancia
el viento murmurador.
#
Tocó el cantor las clavijas
del sonoroso instrumento;
y recogió el vago viento
las palabras del Rawí.
En él las miradas fijas
que ya su voz se levanta;
oídos atentos, que canta
la historia del negro Alí.
I
Fue linda la mora Zela:
no hay como ella otra hoy en día,
por su airosa bizarría
por su andar de gacela;
un pimpollo de canela
fue su breve, húmeda boca;
su mirada ardiente y loca
llegaba hasta el corazón:
pudo enamorar a un león
y conmover a una roca.
II
¡Qué color tan sin rival!
¡Qué bello rostro de hurí!
La tez limpia de alhelí
con un tinte de coral;
¡qué mora tan celestial!
Sus sonrisas, ¡qué hechiceras!
Se vía tras las ligeras
gasas de su vestidura,
lo leve de su cintura,
lo lleno de sus caderas.
III
Los rizos crespos y oscuros
de su abundoso cabello
se derraman por su cuello
mal prendidos, mal seguros;
manojo de lirios puros
es su mano tersa y breve:
si para cortar la mueve
las flores de sus jardines,
afrenta es de los jazmines
por su blancura de nieve.
IV
Su hermoso traje de seda
que el céfiro va a plegar,
deja sólo adivinar
lo que a la vista se veda;
y para que verse pueda
tanto hechizo soberano,
ha dicho un alfakí anciano
que es necesario morir,
y ser justo, y luego ir
al paraíso mahometano.
V
El alcázar en que mora
la bella ninfa oriental,
es alcázar sin igual
por lo mucho que atesora;
y cuando el cielo colora
el sol claro en mil reflejos,
se ven brillar desde lejos
en los muros, incrustados,
los arabescos dorados
y bruñidos como espejos.
VI
De las ventanas descienden
enredaderas vistosas
que en cadenas primorosas
en el aire se desprenden;
y ya de noche, se encienden
mil luces de mil colores
que con tibios resplandores
descompónense en cristales,
y en apacibles raudales
inundan rejas y flores.
VII
Alí es el etíope bello;
negro hermoso, alto y fornido;
de ojo brillante, encendido,
y de encrespado cabello;
sobre la faz lleva el sello
de un vigor que no se doma;
según el rumbo que toma,
él es en su alma altanera
feroz como una pantera,
tierno como una paloma.
VIII
Y así es bravo en campo abierto,
y no hay quien con él resista
cuando huyen ante su vista
los beduinos del desierto;
cuando de sudor cubierto
pelea con furia y tino;
y no hay cuello de beduino
que a sus alcances se allegue,
que no lo humille o lo siegue
con su alfanje damasquino.
IX
Y manso es ante los ojos
de Zela, su hermosa amada,
esclavo de su mirada,
cumplidor de sus antojos;
a sus más leves enojos
tiembla, se estremece y llora;
si de rodillas implora
cuando teme algún reproche,
es el genio de la noche
de hinojos ante la aurora.
X
Del amor esclavo es él;
él, que no tiene rival
en dar la muerte a un chacal,
o en domeñar un corcel.
Con el enemigo, cruel;
en la lucha, vencedor,
altivo, fuerte, señor,
de orgullo nunca abatido,
tiene el pecho mal herido
por el dardo del amor.
XI
Zela por su parte, en sí
tierna, pura, soñadora,
lo que en su alma siente ignora,
desde que vio al negro Alí;
siente la cándida hurí
un continuo suspirar;
siente que quiere llorar
si el etíope está ausente;
siente… muchas cosas siente
que no las puede explicar.
XII
Cuando en las noches de luna
preludia Alí alguna queja
junto a la calada reja
de la graciosa moruna,
ella ansia y valor aduna,
desciende hasta su vergel,
y allí está con el doncel,
trocándose en esas horas
palabras halagadoras
y dulces besos de miel.
XIII
El viejo padre de Zela
no ve la llama encendida
y así se pasa la vida
sin temor y sin cautela;
jamás una noche en vela
temeroso se pasó;
porque ¿quién fue aquel que osó
arrugarle el sobrecejo,
si cruel como ese viejo
ningún Bajá se miró?
XIV
Rico, orgulloso, temible,
esclavos tiene a millares,
y corre la sangre a mares
por su cólera terrible;
suerte espantosa y horrible
la de los siervos que ven
a su hija, su mayor bien,
que por ver a una belleza,
a los que alcen la cabeza
se les cortará a cercén.
XV
Es de noche. Manso y lento
céfiro las ramas mueve,
y sobre los campos llueve
fulgores el firmamento;
sutil y aromado el viento
en los jardines se cuela;
la luna plácida riela
y se ve a su luz de plata
que Alí llega y se recata
en los vergeles de Zela.
XVI
Muestra en su rostro alterado
que lo agita la impaciencia;
y espera, con la vehemencia
de su pecho apasionado;
en los pliegues embozado
de su rico traje moro,
bajo un alto sicomoro
aguarda a su bien querido,
que llega, lanza un gemido,
y da treguas a su lloro.
XVII
—¡Por fin nuestro amor concluye!
—dijo Zela— . Ya lo sabe
mi padre; y antes que acabe
contigo, Alí, presto le huye.
—¿Yo huir? —el negro arguye
—¿Yo estar, mi Zela, sin verte?
Ya que lo quiere la suerte
y mi estrella me amilana,
veré a tu padre mañana
y ante él me daré la muerte.
XVIII
Pero si tú, Zela mía,
a tu Alí no eres infiel,
las ancas de mi corcel
y mi alfanje y mi gumía;
mis joyas y pedrería
y el corazón que te he dado;
mi valor nunca domado
y otras prendas que no digo,
listos están: ven conmigo
del desierto al otro lado.
XIX
Desde aquí mi potro avisto,
bruto ligero y sin tacha
que por su brío y su facha
ninguno como él se ha visto:
brioso, rápido y listo
para surcar el desierto,
verás de sudor cubierto
su ijar, su boca de espuma,
mas lo mirarás, en suma,
antes que cansado, muerto.
XX
Ven conmigo, bella flor,
vente conmigo a gozar;
mil prendas te voy a dar
como te he dado mi amor—.
Y cargando con vigor
la niña, salió en efeto
del jardín, y a un vericueto
se dirigió, do tenía
el corcel que ya quería
correr afanoso, inquieto.
XXI
Potro de negro color,
nariz ancha, fino cabo,
crespa crin, tendido rabo,
cuello fino, ojo avizor;
enjaezado con primor,
de Alí corcel de combate,
nunca el cansancio lo abate
y casi no imprime el callo,
cuando se siente el caballo
herido del acicate.
XXII
En ése va el africano
por el desierto con Zela;
va el corcel como que vuela
para un país muy lejano;
y siguen al negro ufano,
con paso tardo, distantes,
los camellos y elefantes
do puso riquezas mil
en perlas, oro y marfil,
y rubíes y diamantes.
XXIII
Que corra en el arenal
Alí en su potro que vuela,
mientras que el padre de Zela
blandiendo agudo puñal,
en su alcázar señorial
corre, a su hija llama, y grita
con amargura infinita,
y rabia con ansia fiera
como una herida pantera
que entre los bosques se irrita.
XXIV
—¡Zela! —ruge el viejo airado
por todas partes, y junta
a sus siervos, y pregunta
por ella encolerizado.
Nadie responde; agitado
y feroz como un león,
en su loca confusión
no hay ser humano que mire,
que ante sus plantas no expire
destrozado el corazón.
XXV
Ya cansado de matar
el anciano en sangre tinto,
dioles rumbo muy distinto
a su sentir y pensar.
—Corred —dijo— a preparar
el corcel más corredor,
que me han robado mi amor
y quiero ir en busca de él;
ligero, traed el corcel,
que me ahogo de furor—.
XXVI
Ya corre el viejo Bajá
por el desierto también;
corre en busca de su bien,
pero su mal hallará;
hiriendo al caballo va
con locura, desalado;
cuando corre, acompasado
el animal, se va oyendo
que en el estribo va haciendo
ruido el alfanje encorvado.
XXVII
Del desierto el fuego es poco
para el que lleva en el pecho
en crueles llamas deshecho
y entre su cerebro loco.
Es su corazón un foco
de odio y de terrible afán;
y mil conmociones van
más ira a dar; se suceden
como aquellas que preceden
a la erupción de un volcán.
XXVIII
Castiga a más no poder
el Bajá al corcel ligero,
y el caballo loco y fiero
corriendo a todo correr,
no se pudiera tener
en la comenzada senda:
la arena que alza le venda,
el caballero le hostiga,
el acicate le obliga,
y no le ataja la rienda.
XXIX
¿Habéis visto rauda flecha
que del arco se dispara,
cómo va con fuerza rara
rompiendo en el aire brecha?
¿Al ave visteis que se echa
a volar y el ala arruga
veloz y al viento subyuga?
Pues tal corre el Bajá y gira,
como flecha que se tira,
o como pájaro en fuga.
XXX
Adrede soltó la brida
el anciano caballero,
que así el paso es más certero
y más veloz la corrida;
va con el alma encendida
de un raptor infame en pos;
y a trechos le ruega a Dios;
y cuando ve al firmamento,
se le mira por el viento
la barba partida en dos.
XXXI
Barba que el viento desata
luenga y limpia, se asemeja
a retorcida madeja
de hilos brillantes de plata;
por el pecho se dilata,
y el viejo de faz escueta
cuando la ira no sujeta,
brusco, feroz y zahareño,
tiene la face y el ceño
de un irritado profeta.
XXXII
Ya más en correr se afana,
su potro va más de prisa,
cuando a lo lejos divisa
del negro la caravana;
el viejo de barba cana
ya se ha acercado hasta ella;
ya pregunta por la bella
y dice un siervo arrogante:
—No prosigáis adelante
que AIí va con la doncella—.
XXXIII
El Bajá fuera de sí
vuelve a emprender la carrera,
y ruge como una fiera
entre prisiones: — ¡Alí!—
Y requiriendo el tahalí
diciendo con furia va:
—Grande y poderoso Alá,
si mi deshonra no vengo,
quítame el alma que tengo—.
Y sollozaba el Bajá.
XXXIV
Mientras tanto en su corcel
Alí camina adelante,
y Zela amada y amante
feliz se siente con él;
júranse ambos pasión fiel
en extático embeleso;
del cariño al dulce peso
se deleitan, se confunden,
y una misma alma se infunden
con el aroma de un beso.
XXXV
Débil, el brioso corcel
cayó en tierra; y el anciano
alzó la trémula mano
frente a Alí; la mora, fiel
a su amado, está con él
y sollozando se agita;
y el viejo caído grita
en la arena, con dolor:
— ¡Maldito sea el raptor;
la hija pérfida, maldita!—
XXXVI
Y ya sin poder hablar
dobló los flacos hinojos;
tendido, cerró los ojos
y cesó de respirar;
con Zela Alí tornó a andar,
y quedó el anciano yerto,
y el caballo casi muerto,
débil, herido, cansado,
y con el cuello estirado
relinchando en el desierto.
XXXVII
Cuando la noche tendía
su velo oscuro en el cielo,
denso y misterioso velo
que infunde melancolía,
por la arena se veía
con extraña confusión
medio enterrado montón
en el desierto lejano:
era el cuerpo del anciano
y el cadáver del bridón.
XXXVIII
Entre la neblina oscura
del horizonte, surgió
la luna y presto brilló
su lumbre cándida y pura;
de aquel astro que fulgura
se ve al rayo temblador,
cual miraje halagador,
del grande arenal a un lado,
el palmeral apiñado
de un oasis encantador.
XXXIX
Domeñó Alí con la rienda
al bruto noble y ligero,
y caballo y caballero
tomaron la ansiada senda
del oasis. La hermosa tienda
los esclavos levantaron;
sedas áureas se ostentaron;
pieles ricas, blancas, tersas;
y sobre alcatifas persas
Zela y Alí se sentaron.
XL
—Alí, no sé lo que siento:
ha huido de mí la calma
y llevo dentro del alma
agudo remordimiento.
De mi padre el juramento,
la maldición llevo en pos. . .
y es maldición que a los dos
quizá el pecho nos taladre:
que la maldición de un padre
desata la ira de Dios.
XLI
¡Y todo porque te adoro,
y amarte juró mi labio!
Pero Alá es justo, Alá es sabio,
y él verá mi triste lloro;
yo su clemencia hoy imploro
con mi dolor infinito;
y él oirá mi amargo grito
y aliviará mi tristeza…
—Alí alzando la cabeza,
le respondió: —¡Estaba escrito!—
XLII
Acercóse Zela a Alí
y en él apoyó la frente
y Alí diole un beso ardiente
en los labios de rubí;
pasó de la bella hurí
por la cabeza la mano,
y al contacto soberano
de dos almas de amor llenas. . .
sintió inflamarse en las venas
su sangre el bello africano.
XLIII
Zela ahogando su dolor
sintió palpitar su pecho;
y junto aquel muelle lecho
llegar sentía el amor;
estremecida de ardor
iba en transportes divinos
a soñar… cuando ¡oh destinos!
los siervos gritos lanzaron
que en el aire resonaron
espantosos: —¡Los beduinos!—
XLIV
Salta Alí con loco afán
cual furioso tigre hircano,
llevando en la diestra mano
relumbroso yatagán;
¡vano empeño! que allí están
con el semblante altanero
los beduinos. Con certero
tino lo dejan burlado,
y lo escarnecen atado
como esclavo prisionero.
XLV
—Por fin caíste hoy aquí,
león soberbio, en nuestras garras.
—Bajo nuestras cimitarras
está el orgulloso Alí.
—Rico botín tengo allí—
dice un fiero musulmán
a los que oyéndole están,
y a Zela hermosa mostrando—
muy presto irá caminando
para el harén del sultán.. .
XLVI
Al fulgurar los primeros
rayos del sol diamantinos,
caminaban los beduinos
llevando dos prisioneros;
hoscos, burlones y fieros
les predicen pena y mal.
Quedan en el arenal
tienda y haber hechos trizas,
convirtiéndose en cenizas
debajo del palmeral.

—Rawí de la guzla de oro
—llora la hermosa Zelima—.
Prosigue al són de tu rima
la amarga historia de amor— .
Enjugó Zelima el lloro,
volvió a sonar el acento,
y al són del suave instrumento
así prosiguió el cantor:
XLVII
Pasaron días. ¿Dó están
los prisioneros cuitados?
Ambos fueron entregados
al capricho del Sultán;
no valió ruego ni afán;
Alí ha perdido su bien:
que quiso tornarlos quien
reinaba en tierra morisca,
por hermosa a ella, odalisca;
y a él, eunuco del harén.
XLVIll
¡Gran profeta! Sabio Alá,
que eternamente has vivido;
que conoces lo que ha sido,
lo que es, y lo que será:
la maldición del Bajá
fue causa del cruel dolor;
porque escrito está, Señor,
que si maldice el anciano,
cuando levanta la mano
lanza el rayo vengador.
XLIX
Un día, el harén se agita
en fiestas en zambra y ruido;
es que el Sultán ha elegido
a Zela, su favorita.
Ella con pena infinita
da gemidos lastimeros,
mientras al són de panderos
y guzlas, alegres danzan
cien mujeres que se lanzan
en torbellinos ligeros.
L
¡Qué de perlas! ¡Qué de flores!
¡Qué de hermosas alcatifas
envidia de cien califas!
¡Y qué de ricos olores
saltando de surtidores
como lluvia de diamantes,
y en aljófares brillantes
de las esclavas regando
ya el cabello negro y blando,
ya los senos palpitantes!
LI
En el centro de la estancia
reclinado en un diván,
escucha el joven Sultán
la armoniosa resonancia;
siente la dulce fragancia
del aroma excitador;
y mira a su alrededor
el enjambre que se agita;
y a la hermosa favorita
por quien se muere de amor.
LII
Zela que sufriendo está
el más amargo suplicio;
Zela que irá al sacrificio
y la víctima será;
Zela que no volverá
a ver al cuitado Alí;
y lleva dentro de sí
un herida sanguinosa,
pues ya es del Sultán esposa
la dulce y cándida hurí.
LIII
Calla la música. Zela
junto a su dueño orgulloso,
ahoga el llanto, sin reposo,
por temor y por cautela;
en su semblante revela
la honda pena y crudo afán
que en su alma creciendo están;
y de horror casi está loca
cuando se junta su boca
con la boca del Sultán.
LIV
A una señal del señor
las esclavas se levantan,
como las aves se espantan
al tiro del cazador;
Zela muerta de dolor
queda sola con su dueño,
que halagador y risueño
la besa voluptuoso,
y le destrenza el hermoso
cabello oscuro y sedeño.
LV
Pero al llevar hacia sí
su tesoro, al frente mira
y se yergue ardiendo en ira
y con loco frenesí. . .
Zela grita loca: — ¡Alí!—
aterrada y vergonzosa:
salta del diván la hermosa;
y al verla en otros regazos,
Alí se cruza de brazos
con una risa monstruosa.
LVI
Flaco, la frente arrugada,
la mano huesosa y dura,
la crespa melena oscura
crecida y alborotada,
y con la vista extraviada,
el negro Alí se reía;
pena y salvaje alegría
en su mirada se ven
y el eunuco del harén
blande acerada gumía.
LVII
—Oye, amo, yo soy Alí
y ésa es Zela; tú el que ordenas;
tú la sangre de mis venas
me has arrebatado… sí.
¿Escuchas? Pues tengo aquí
en este acero tu vida;
yo, la planta destruida;
yo, el que lo ha perdido todo;
yo el miserable, yo el lodo,
yo la simiente podrida.
LVIII
Zela era mi amor; yo el de ella.
Ahora, ella alta, yo vil;
imagínate un reptil
que habla de amor a una estrella.. .
Hay un monstruo y una bella.. .
y ese monstruo tiene ardor…
y es un eunuco ¡oh dolor!. . .
Mi amada en regazo ajeno:
yo me revuelco en el cieno,
y tú… ¡tú eres el señor!
LIX
Y mientras tú, satisfecho
besas a mi ángel, yo estoy
al meditar lo que soy
en rabia y dolor deshecho;
sangran mis uñas, mi pecho,
tiemblan mis carnes; y siento
que se me infunde un aliento
de mal, de horrible venganza:
ya que mi brazo te alcanza
voy a vengar mi tormento.
LX
Zela, no quiero mirarte
que el mirarte es un martirio;
tu amor es vano delirio
cuando ya no puedo amarte;
pero no quiero dejarte
en otros brazos, paloma.
Tú, monarca altivo, ¡toma!
—dijo al tiempo que lo hería—
cierre la puerta este día
del paraíso Mahoma—.
LXI
Después, en el blanco seno
de la mora el arma hundió;
y ella al morir pronunció
el nombre del agareno;
él de ansias y ardores lleno
besó aquella boca yerta;
hirióse el pecho; la abierta
herida sangró; y lo horrible,
miró la boda terrible
de un eunuco y una muerta.
LXII
Cuando los visires fueron
al espantoso recinto,
aquel cuadro en sangre tinto
en medio la estancia vieron:
del luto se revistieron;
rogaron al santo Alá;
y la conclusión está
aquí de esta historia larga,
que hizo luctuosa y amarga
la maldición del Bajá.
#
—Rawí de la guzla de oro
—dice la hermosa Zelima—,
que tu suave y dulce rima
lleva fuego al corazón;
y que si de su tesoro
alguna joya te halaga,
ella te la brinda en paga
de tu divina canción.
#
—Guarde la hermosa Zelima
sus joyas y sus joyeles;
no son ésos los laureles
que ambiciona este Rawí;
son de más valor y estima
sus miradas; y mi gloria,
que conserve en su memoria
la historia del negro Alí.
RUBÉN DARÍO {Año 1885}

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