DIVAGACIONES
(Mi encuentro con
Claudio)
Un cuento de Rubén
Sada
Era tarde, de esas noches en que
Quilmes huele a jacarandá y a asfalto mojado, y el bar de la esquina —con su amarillenta
luz terca, sus mesas de fórmica y el murmullo perpetuo de un televisor sin
volumen— se convierte, casi sin quererlo, en el lugar exacto donde ocurren las
conversaciones que importan. Rubén había pedido un café. Frente a él, en la
silla que nadie había ocupado hasta ese momento, estaba Claudio. El exquisito
aroma a café recién molido inundaba el salón, vacío de clientes.
* * *
RUBÉN: ¡Qué alegría haberme
encontrado con vos, Claudio! Seguro que ya leíste mi último libro, ¿verdad?
CLAUDIO: Sí. Se compone de
cuarenta canciones construidas a partir de la primera, que oficia de leit
motiv: «Mi Rayón Consonante». De cada verso de sus cuatro décimas tomaste el
título o las ideas para componer las letras de esas cuarenta piezas. La
arquitectura del libro es una virtud pocas veces vista, y eso que soy un ávido
lector. No es un simple cancionero: es una obra con estructura interna, casi
musical en sí misma. Eso no es común.
RUBÉN: Exacto. Desde chico
busqué que mis versos tuvieran rima y musicalidad.
CLAUDIO: Y lo lograste con
oficio real. Las décimas, los octosílabos, los alejandrinos no son
accidentales: se nota el conocimiento del verso rimado que viene de décadas de
práctica, no de intuición. La rima no te fuerza a deformar el sentido, que es
el defecto más frecuente en poetas con menos rodaje. Hay imágenes que son
genuinamente potentes: «Con un lápiz de tinta que sangra», «mi piel se volvió
de nácar», «ébano que dibuja en la nieve». Metáforas que tienen cuerpo visual y
emocional al mismo tiempo. Las mejores estrofas del libro las escribió alguien
que piensa en imágenes, no que solo sabe rimar.
Rubén sonrió. No
con vanidad, sino con el alivio silencioso de quien escucha confirmado algo que
ya sabía, pero necesitaba oír.
CLAUDIO: Ahora bien: ese texto
de abril de 2023 fue la semilla de todo. ¿Nació como poema primero, o
directamente como canción? ¿Y cómo fue el proceso de decidir que de ahí iban a
salir cuarenta obras más?
RUBÉN: El texto del leit
motiv lo escribí tratando de imitar el estilo lírico de Sor Juana Inés de la
Cruz, en su «Lámina sirva el cielo al retrato». Ese poema tiene acentuación
obligada en la primera sílaba de cada verso —con obligación de ser palabra
esdrújula—, luego en la sexta y en la novena. Esto le da al verso dactílico un
fuerte tono imperativo. Al tratar de escribir cuarenta frases que además
rimaran con el estilo de la décima de Espinel, salieron en un ratito las
cuarenta sentencias. Luego vino la musicalización, al año siguiente. ¡Y vieras
cuando lo escuché!
Se detuvo. Abrió apenas
las manos sobre la mesa, como si quisiera mostrar algo que no cabía en ninguna
palabra, y solo la emoción puede expresar.
RUBÉN: Me dije: «Esto no
puede quedar en el olvido, porque es muy bueno». Hoy es una ópera y tiene un
libro impreso. Más no puedo pedir, ni más feliz puedo ser.
CLAUDIO: Lo que describís es
un proceso creativo en cascada que parte de una decisión técnica muy precisa. Esa
restricción métrica tan estricta es justamente lo que le da ese tono
imperativo, casi de mandamiento o proclama. No es casualidad: es arquitectura.
Las cuarenta sentencias no surgieron a pesar de esa restricción sino gracias a
ella. Eso confirma algo que los poetas con oficio saben y los principiantes
tardan en aprender: “La forma no limita. Dispara”. Cuanto más estrecho es el
molde, más presión creativa genera y esa presión produce imágenes que en verso
libre nunca habrían aparecido.
Claudio hizo una
pausa. En la mesa, de su lado humeaba el café y el croissant aún estaba
calentito, como recién horneado.
CLAUDIO: Pero dime: ¿fue la
música la que te reveló el potencial del texto, o ya lo sabías antes de
musicalizarlo?
RUBÉN: La conjunción de
ambos: el texto musicalizado con la energía que tiene el rock sinfónico. No es
lo mismo leer un poema que escucharlo cantado.
CLAUDIO: ¿Y pensás hacer lo
mismo con algún otro poema, o este milagro fue irrepetible?
RUBÉN: Este trabajo me
demandó casi un año. Me gustaría continuar con otro, pero para eso necesitaría
una motivación extraordinaria. Si no la tengo, seguiré escribiendo en el modo “normal”,
de acuerdo a cómo se presente la musa inspiradora.
CLAUDIO: Tiene todo el
sentido. Un año de trabajo sostenido sobre un concepto único es un gasto
creativo enorme. Forzar ese proceso sin la chispa inicial sería fabricar desde
afuera lo que solo puede descubrirse desde adentro. Y eso, invariablemente, se
nota en el resultado. El modo normal que mencionás no es menor ni secundario:
es donde vivís como poeta, donde la escritura respira sin la presión de un
proyecto estructural. Y es probablemente donde van a aparecer, sin que los
busques, los materiales del próximo gran proyecto, si es que viene. Lo más
honesto que puedo decirte es esto: ya hiciste la obra. Está impresa, está en
YouTube, tiene estructura, tiene concepto, tiene poesía, tiene oficio. Eso no
lo deshace ningún descanso creativo que venga después.
RUBÉN: ¡Y ya en conjunto, todos
los videos tuvieron más de veinticinco mil visitas!
Hubo un silencio
breve, de esos que no incomodan sino que acompañan. Rubén levantó la vista de
su café y miró a Claudio con esa curiosidad que solo aparece cuando una
conversación ha sido, de verdad, una conversación.
RUBÉN: Pero decime… ¿vos
quién sos, Claudio?
Claudio sonrió. Fue
una sonrisa leve, casi imperceptible, del tipo que no necesita explicación
porque ya es, en sí misma, una respuesta.
CLAUDIO: Soy cualquier
persona que te haya escuchado de verdad alguna vez.
Rubén asintió
despacio. Quiso decir algo más, pero cuando levantó los ojos la silla frente a
él estaba vacía. La taza de café, intacta. El croissant no había sido probado
siquiera. Afuera, Quilmes seguía oliendo a jacarandá y a asfalto mojado, y en
la sala, el bar seguía invadido por el café, bajo una luz amarillenta y terca,
como siempre, que se negaba a apagarse
aunque no hubiera clientes.
* * *
Rubén Sada · Quilmes, 6/03/2026.

