22 de marzo de 2013

EL DESALOJO de Manuel J. Castilla


Desalojo, Manuel J. Castilla, poema social, desamparo







De Manuel J. Castilla  (Salta, Argentina)

EL DESALOJO

Yo lo encontré una tarde al desalojo.
Estaba en la vereda, en mueble y otro mueble amontonado,
su corazón desparramado y quieto.
Botado con sus cosas querendonas
se dejaba mirar como una granada abierta, volteada por el viento.
Nadie vio
su tanta desnudez tan destapada.

Nadie leyó
en el misal a la intemperie
estas palabras y su voz pedigüeña:
“Arcángel San Miguel
líbrame de enemigos
y acompáñame a la sombra de Dios”.
Eran rezos de anciana, esos. Y húmedos.
Temblorosos deseos a destiempo de la desalojada.
Eso era el desalojo.

Y era
una cocina negra de latón, apagada.
De sus hornallas
volaba la ceniza
en el aire inocente de la calle.

Lo sacaron del fondo de la casa,
a la fuerza, rameándolo
de donde estaba quieto, encariñado.

Salió de sus begonias llenas de escalofríos y manchadas,
entre los curanderos ramos de la ruda
junto al ángel lloroso del visillo.

Su Jesús enseñaba con la mano derecha
su corazón llagado desde un cuadro
y unos ojos sin culpas, de corderos.

Después vi su fatiga
en un botinero entre cretonas apagándose
polvosos, sus zapatos cansados.

En sus cajones
vi horquillas de mujer olvidadas,
y el cisne de una polvera, por morirse,
unas guindas sin sangre
en la capelina de un sombrero
como una juventud antigua, enamorada.

Vi el azul de lavar, angelicado, de otros días,
desvanecerse en la batea de algarrobo
con un olor cansado de mujer.

Todo eso estaba dentro de la entraña
rota del desalojo.
La mesa sin el vino, en la calle y sus panes,
y sin cuchillos y sin tenedores,
la silla con su ausente
y el ropero colgando sus vestidos vacíos
viendo por los espejos pasar indiferente
el cielo azul y hermoso de la tarde.


Antología Poética El gozante (Colihue)
de Triste de la lluvia (1977)

21 de marzo de 2013

ALMAFUERTE Y SU POESÍA (Cap 3 Y 4: Detalles de la personalidad de Pedro B. Palacios, por Antonio Herrero)

Pedro B. Palacios - Almafuerte
Almafuerte poeta
ALMAFUERTE Y SU OBRA POÉTICA (por Antonio Herrero) CAPÍTULOS 3 Y 4

CAPÍTULO 3
CARÁCTER DE ALMAFUERTE


Cuando vi a Almafuerte por primera vez tuve
una gran sorpresa y me hizo honda impresión. Imaginé
hallar un poeta, un literato, y me encontré con
un hombre. Era un hombre fuerte y vivo, candoroso
y rudo, que daba la impresión de un águila caudal.
Casi todos los hombres actuales no son más que
las sombras de otro tiempo. Están hechos de retazos
de los seres que existieron en las muertas edades.
Les ahoga el convencionalismo y sólo brilla en
ellos una chispa diminuta envuelta entre cenizas. Pero
Almafuerte era un hombre que vivia plenamente
su instinto y su razón. En él no existían residuos
de las vidas anteriores. Era como un manantial originario
de donde brota la fuerza primitiva de la
inmortal naturaleza. Pero tampoco hablaba en él
la naturaleza, sino el pensamiento humano, el fuego
prometeico, la chispa de los dioses. Ardía su corazón
como una hoguera. Era su verbo la palabra
de Dios que brotaba entre humo y llamas. Vivía
en combustión perpetua. Daba impresión de un volcan
transformado en corazón o del mar humanizado
y consciente de sí mismo.

Era, el poeta, recio y bajo, de apostura altiva; cara
redonda y sacerdotal, picada de viruelas; ojillos
grises, inquietos y acerados ; afilada y aguileña la
nariz, a semejanza de la del Dnte; frente redondeada
y tez broncínea, que le daba el aspecto de
los santos de piedra, curtidos por los soles y los
vientos en lo alto de una torre. Hablaba en voz tonante,
violentamente y por estallidos. Su pensamiento
saltaba sobre montañas. Vibraba su alma
siempre a una tensión altísima. Su voz tremaba al
hablar y se agitaban sus labios, sus manos y su
cuerpo como por una interna trepidación.
Jamás permanecía quieto durante diez segundos.
Parecía que rugiesen los leones adentro de su pecho.
Para calmar su inquietud fumaba constantemente.
Cuando se sentía alegre y amable prodigábase en
bondades y atenciones; entregaba todo entero su
corazón señorial, era amable y exquisito con la
férvida ternura de una madre.
Cuando estallaba su indignación rugía como una
fiera y bramaba como una tempestad ; brotaban sus
insultos igual que dardos lanzados con violencia
huracanada . . . Pero apenas pasada la tormenta volvía
a ser apacible y dulce como un niño. Era un alma
desmedida que no cabía entre los hombres.
Incapaz de fingir y contenerse, no reconocía otros
mites su formidable impulsividad que los que le señalaba
su bondad, más formidable aún.
Estas dos cualidades de su espíritu hicieron un
calvario de su vida. Por un lado cosechaba odios y
enemistades, especialmente de aquellos cuya vanidad
hería cruelmente ; y por otro abría su puerta
y entregaba su casa y su lecho y su pan a todas las
miserias que llamaban a su enorme corazón. Su casa
era una agencia de caridad, pero no de caridad
oficial y organizada, sino imprevisora e impulsiva.
Yo recuerdo dos momentos que representan bien
su carácter. Le había ya visitado varias veces y
habíale hablado de Nietzsche, cuyas ideas él detestaba
cordialmente ; fui a verle cierto día, hallándose
él en cama, algo indispuesto; me recibió afablemente,
como siempre ; mas no sé qué palabra
proferí mientras hablábamos que despertó al punto
su cólera; entonces se desató en improperios contra
mí; me enrostró mi admiración por Nietzsche, que
según él demostraba mi egoísmo, y con su tonante
voz apocalíptica me acribilló de injurias y denuestos.
Yo que le veneraba profundamente, no hice
mérito de sus insultos y procuré calmarle con mis
excusas. Pasados los momentos de su ira, se trocó
por completo su carácter y me pedía avergonzado
que olvidara lo ocurrido y perdonase sus violentas
expresiones, rogándome que almorzase en su compañía.
Otro día me obsequió con la lectura de su poesía
"En el abismo". Fué un espectáculo único que
nunca olvidaré. Estábamos los dos solos y el poeta
recitaba cual si se hallase delante de una vasta multitud.
LvO gigantesco de las imágenes y lo sublime
de las ideas se fundian en unidad perfecta con lo
grandioso de la expresión y la intensidad del sentimiento.
Yo, sin poder contenerme, también expresaba
a gritos mi entusiasmo, sin que él se curara
de ello. Parecía transfigurado en un Moisés, legislando
desde el Sinai, circundado de rayos y de truenos.
Sus palabras cobraban realidad y volaba el poeta
en pleno infinito, desvanecidos los limites del espacio
y del tiempo. Yo le seguía arrebatado, en alas
de su genio fulgurante.
Quien hubiera presenciado aquella escena, sin
participar de la emoción que a los dos nos poseía,
nos hubiera imaginado locos.

CAPÍTULO 4

SU VIDA HEROICA

La lucha es la esencia misma de la existencia. El
heroísmo es fuerza moral que desborda por encima
de la lucha y se sobrepone al riesgo, al dolor y aun
a la muerte. En la fase primitiva de los pueblos, la
lucha que predomina es la guerrera, la competencia
salvaje por el mutuo exterminio. Al avanzar las civilizaciones
aparece la lucha civil y el esfuerzo de
los hombres por someter la Naturaleza. En la última
etapa de la evolución, los hombres, asociados
entre si, lucharán únicamente contra sus propios defectos
y contra las fuerzas naturales. Y tal acción
requiere, también, el heroísmo y aún el más puro
heroísmo. Este heroísmo civil, que no había sido
cantado hasta Carlyle, es el que en toda su vida desplegó
Almafuerte. Y esa es la más alta clase de heroísmo
: porque exige energías mil veces más potentes
que el heroísm.o guerrero; porque es un heroísmo
silencioso, solitario y sin testigos ; porque reclama
una voluntad indomable y formidable ; porque
es la lucha de un hombre contra todas las fatalidades
conjuradas de la naturaleza y la sociedad;
porque produce la vida mientras el heroismo guerrero
da la muerte. Y en este obscuro heroismo
también se juega la vida ; y no tan sólo la vida, sino
lo que vale más : la estimación de los demás hombres
y aun la sanción o reprobación de la propia
conciencia atormentada, corroída de dudas y dolores.
La existencia de Almafuerte fué una continua
guerra civil; vivió enseñando y luchando con la fiebre
combativa de un conquistador ; mas no ya como
Sarmiento contra enemigos externos, fáciles de
vencer y someter, aun cuando también para ello se
requieran titánicas energías, sino contra fuerzas invisibles
e implacables: las pasiones inferiores, la
ignorancia moral, la maldad, la vileza, la estupidez y el odio.
Y contra tales terribles enemigos nunca poseyó
otras armas que su palabra, su pluma, su carácter
indomable y su árida pobreza.
El primer irreductible combatiente que necesitó
vencer, fue su propia alma cesárea y su corazón leonino.
Porque Almafuerte tenía médula napoleónica.
Había nacido para dominar, para dirigir las multitudes.
Para ser caudillo y guía de los pueblos. Pero
tenía alma de niño. Era incapaz de fingir. No sabía
ni quería doblegar su reg,io espíritu. Era un volcán
de sinceridad. No podía acallar su genio durante dos
minutos. En su fiera alma explosiva no había un átomo
siquiera de Tartufo, que es la fuerza indispen
sable para dominar los pueblos, sobre todo desde las
alturas trágicas en que se cernía su inteligencia.
Muchas veces Satanás se presentaría ante él, como
ante Jesús en otros tiempos, ofreciéndole la fama
y el dominio de las cosas deseables de la tierra.
Pero él rechazó siempre la diabólica oferta, que
en su espíritu sólo equivalía a los treinta dineros
que Judas recibió por vender a su Maestro.
Y así aceptó heroicamente la pobreza y el desprecio,
el olvido y la calumnia, para vivir plenamente
la totalidad radiante de su sólida razón y su
rígida conciencia.
Así conservó el derecho de arrojar sobre los hombres
las más trágicas verdades y los más duros apóstrofes;
de poner por tendencia y por costumbre su
saliva en las montañas. Así pudo conservar hasta
el último minuto la prístina, inmaculada, virginidad
de su espíritu.
Y no sólo rechazó las glorias mundanales para
guardar incontaminada la pureza de su enorme corazón
de santo, sino que tampoco se vendió por el
precio tentador de los sentidos.
Sócrates, al morir calumniando a la .vida, según
demuestra la fábula del gallo, era un alma carcomida
por un escepticismo sensualista, bajo el cual
se escondía, probablemente, su amor inconfesado a
los sentidos.
Almafuerte, al contrario, conservaba aún en la
hora de su muerte, la fe cándida y potente de los
niños en la vida y en el bien, a pesar de su cósmica
experiencia.
Y ello es porque jamás había claudicado ante el
dolor ni ante el placer.
Para convencerse de ello, basta leer y meditar su
poesía "Vade retro". Decid si existe en la literatura
un concepto semejante que no haya sido inspirado
por dogma alguno, sino por un sentido estricto
de moral.
La vida de Almafuerte está tejida de férvido heroísmo:
clamoroso y rugiente, de protesta airada, o
ignorado y silencioso, de sacrificio austero; y siempre
envuelto en el manto de la más absoluta soledad.
De ello es ejemplo "La sombra de la Patria", su
participación en algunas de las revoluciones cívicas
del radicalismo, y su defensa de ellas, que refiere
él mismo : "Vencida la Revolución del Parque, me
puse de parte de ella, no por romanticismo político,
sino porque la sentí una fuerza, una aspiración
del fondo, una tentativa hacia lo mejor".
Y expone así esta faz de su vida luchadora
"Vine a La Plata donde dirigí y redacté yo solo,
durante cerca de dos años, el diario "El Pueblo",
que había fundado D. Roque Caravajal.
"Lo que dije en aquel diario, escrito está en él.
y todavía estoy aquí después de quince años, para
declararme su autor responsable. Pero sépase que
puse en aquella violentísima hoja, como más tarde
en "La Provincia", toda la sinceridad y buenas
intenciones de que es capaz mi alma, que le entregué
mi reputación y mi cerebro, todos los días y a
todas las horas del día; que no saqué de ella provecho
pecuniario ni provecho político, sino una enorme
cosecha de odios y de envidias; que en sus columnas
hice vibrar el civismo de la juventud al diapasón
de lo sublime; que nunca jamás aquella página
cantó laudatorias serviles a los prohombres y
caudillos de mi partido; "y que no agredí, ni una so-
la vez con mi pluma, a ninguno que no estuviese en
condiciones de contestarme el mismo día con una
onza de plomo en mitad del pecho".
Algunas de las "evangélicas" que publicó Almafuerte
en el periódico a que hace referencia, contenían
violentísimas injurias y acusaciones tremendas,
todas harto fundadas, pero que nadie más que él
se atreviera a expresar tan descarnadamente, contra
los hombres más poderosos y encumbrados de aquel
tiempo, por su funesta y despótica actuación política.
Esa lucha implacable contra toda injusticia y despotismo
la sostuvo Almafuerte toda su vida sin
apoyarse en pedestal alguno, sin ampararse en ningún
partido, pues sólo perteneció al radicalismo en
los momentos más graves y adversos para éste.
Almafuerte 
siempre luchó solo. No se afilió a ninguna
religión o secta, ni siquiera la fundó."

Pretendí ser el único, el más solo,
El que no se apoyase en vida alguna,
Y estoy como un expósito sin cuna
Bajo la noche frígida del polo."


Y esto no por egoísmo, ni por misantropía o torremarfilismo,
sino porque su prédica y su acción
se dirigían a toda la humanidad, venían desde una
cumbre inexplorada y no podían limitarse en ningún cerco.
El tenía por escenario la tierra entera ; su público
eran todos los humanos; su época la eternidad,
y su doctrina el esfuerzo ascendente del espíritu.
Era un héroe del Bien, un loco del Ideal y un
Quijote del Ensueño.
Mas no del vano ensueño del Arte y la Belleza,
sino del sacro ideal de la Bondad y el Amor;
del que llevó a Cristo a la Cruz y a Francisco de
Asís a la Miseria y al Dolor.
Pero estos tenían su dios, que les prometía la recompensa
y les alentaba al sacrificio; y Almafuerte,
en cambio, luchaba contra ese mismo Dios, arrojándole
a la cara, como un dardo, la acusación de crueldad.
Es, pues, este heroísmo el más solitario, el más
abnegado y puro, el más santo y generoso, el más
altivo y austero.
El señalaba, por tanto, la aparición del superhombre
y anunciaba para un próximo futuro la realización
de la sagrada, la perfecta superior humanidad.

CONTINÚA AQUÍ...

17 de marzo de 2013

ALMAFUERTE Y SU POESÍA (CAP 1 Y 2: Detalles de la personalidad de Pedro B. Palacios, por Antonio Herrero)

almafuerte poeta


ALMAFUERTE Y SU OBRA POÉTICA 

(por Antonio Herrero) BIOGRAFÍA 

Y CAPÍTULOS 1 Y 2

DATOS BIOGRÁFICOS




Pedro Bonifacio Palacios Rodríguez nació el 13 de mayo de 1854 en el partido de Matanza, provincia de Buenos Aires; murió el 28 de febrero de 1917 en su casita de La Plata, sita en la calle 66, número 530. Era el quinto hijo de una familia compuesta de siete hermanos, de los cuales sobreviven dos. Su madre, doña Jacinta Rodríguez, murió, todavía muy joven, en 1859. Su padre, D. Vicente Palacios, falleció en 1876 a los 56 años de edad. 
La infancia del poeta transcurrió en casa de sus abuelos, donde fue educado por una tía suya soltera, Carolina Palacios, a quien él nombraba madre y como a tal quería. En su artículo "La hora trágica" refiere Almafuerte las impresiones de su infancia y su primera educación, formada por lecturas de la Biblia y biografías de los próceres argentinos. Conforme afirma Emerson, los grandes genios tienen las más cortas biografías. Así la de Almafuerte es toda interior. Su vida estuvo siempre consagrada
a la enseñanza y al periodismo.
Educóse en la escuela del Pilar, sita en la calle Santa Fe, entre Montevideo y Paraná, en Buenos Aires ; y allí mismo empezó su oficio de maestro, que ejerció en aquella escuela durante cinco años, hasta 1875.
En las escuelas de Balvanera fue profesor de dibujo y declamación durante cuatro años. Aficionado al dibujo, en el que descolló, hizo una solicitud en demanda de pensión para estudiar pintura en Europa y le fue denegada.
Desde 1881 a 1887 ejerció el profesorado en Mercedes y Chacabuco. Desde 1887 a 1894, en que fue nombrado maestro de una escuela de Trenque - Lauquen, fue redactor del "Buenos Aires" de La Plata, de "El Oeste" de Mercedes ; fundó "El Progreso" en Chacabuco y redactó "El Pueblo" de La Plata. También fue durante dicha época maestro de escuela en El Salto, donde escribió su primera poesía "Interrogante" que empezó a hacer famoso su pseudónimo de Almafuerte.
Hasta 1896, en que fue declarado cesante—¡por carecer de título, él, que podía dar lecciones a todos los titulados! — ejerció de maestro en Trenque- Lauquen.

En agosto de 1896 se le nombró prosecretario de la Cámara de Diputados de la Provincia, cargo del cual se le despojó a los dos años, quedando el poeta entonces en la miseria, sin más recursos que una jubilación de 45 pesos. Para poder vivir con tan exigua suma, alquiló por 5 pesos un rancho de madera en las afueras de La Plata, acto heroico que le mereció el calificativo de loco.
Entonces atravesó la época más amarga de su existencia. Él, que necesitaba por imperioso impulso moral, socorrer toda miseria que a su puerta llamase, encontrábase privado hasta de lo más indispensable para su propia subsistencia. Abandonáronle sus antiguos admiradores y quedó convertido para las gentes en una especie de ogro maldiciente y misántropo, cuyas palabras eran como dardos penetrantes contra la vileza humana. En tal estado afligente y desolado, víctima de todos y de todo, transcurrió para el poeta una época amarguísima en la que apuró todo el escarnio y toda la barbarie de la injusticia y la estolidez de los humanos.
Al fin lograron unos amigos suyos que el gobierno de la Provincia le concediera una suma por concepto de jubilación con cuyo importe compraron para él la casa que habitaba, que gravó luego con hipoteca para servir a un mal amigo, que lo clavó.
En septiembre de 1913 dio sus lecturas en el Odeón, que si no tuvieron, ni remotamente, el éxito merecido, diéronle cierta aureola de triunfo algo tardío.
Después de estas lecturas dio algunas conferencias en distintos puntos del interior de la República en las cuales fue aclamado con fervoroso entusiasmo, mejorando muy poco, sin embargo, su precaria situación. Y en esa tarea incesante de enseñar y predicar,
joven aún y viril, en la plenitud de su intelecto, sorprendióle la muerte, sin que todavía se hubiese decidido a publicar sus obras, a pesar de tener ese propósito desde hacía largo tiempo, y haberle ya
hecho ofertas en tal sentido algunos editores. 
Para aliviar su pobreza, poco antes de morir, acordóle el Congreso una pensión de 200 pesos mensuales, previo un discurso apologético de Oyhanarte y otro del doctor Joaquín V. González, sancionándose por unanimidad en las dos Cámaras del parlamento la glorificación del poeta; primer caso en la Argentina.
Pedro B. Palacios














CAPÍTULO I: IDEALISMO DEL POETA

La obra entera de Almafuerte constituye un universo, un nuevo universo humano, superior al antiguo y más perfecto, aunque moralmente de origen antiquísimo. Hay en este universo un mundo social donde el hombre se revuelve y lucha, se somete y se humilla o se rebela y asciende, mostrando los resortes íntimos de su alma. Hay también un infierno pavoroso en que traman y meditan sus diabólicos, pérfidos planes, "los satanes, los malditos, los que nacen tenebrosos, los que son y serán larva, los que nunca, nunca en seco ... se podrán regenerar", y cuyo príncipe es el nefando, el "feliz Luzbel hediondo". Y encima de este infierno siniestro y fragoroso, como un cielo seráfico de paz, pero henchido de amor y de dolor, resplandece inmaculado y fulgurante el paraíso de los puros, donde moran los heroicos, los perfectos, los locos de ideal, los sicarios del bien, espíritus soberbios de modestia, gemas incorruptibles de diamante, los que son nebulosas de amor mismo, gotas puras del bien absoluto y también vasos infames del dolor.
Entre el paraíso y el infierno existe el purgatorio, donde trabajan y luchan, agitándose furiosamente como titanes encadenados, con rugidos de fieras enjauladas, los millones de siervos que transforman la tierra, que alimentan la vida, que repujan el globo, cual si fuese una joya ; la dolorosa "chusma sagrada", la informe recua humana prometeica, la innúmera caterva delirante, que por lo mismo que delira es bestia. Al margen del purgatorio, fuera de la evolución universal, progresiva y ascendente ; sumido en sombra y en sopor eternos, como imagen de lo yerto y de lo estéril, se halla el limbo, donde yacen y sueñan como espectros, los nulos y los idiotas, cuyas palabras cayeron a la nada sin nada de la Nada; los cobardes cuya espalda no puede soportar "ni dos haces de trigo" ; los inofensivos y correctos "que aguardan en silencio la implantación de cualquier reforma, para presentarse, después, con el plato en la mano para recibir su parte de pitanza, los canflinfleros del dolor eterno". Misionero y redentor, legislador y profeta de este universo, es el propio Almafuerte, quien después de absolver en su conciencia a todos, pues el más vil . . . es un alma destinada como el propio Jesús a su calvario, emprende la redención de los caídos para lo cual no predica el bien, sino que lo practica él mismo iracundamente, repartiendo su pan a los hambrientos y cediendo su lecho a los míseros ; implorando piedad y misericordia en favor de los débiles, para lo cual se puso "a los pies de tales reyes que no podrían ser ni sus lacayos" ; azotando con su látigo el rostro de los grandes y las espaldas de los siervos para empujarles al más allá; flotando, como un andrajo, en la cruz de los abyectos. 
En este universo estallan también las tempestades y florecen risueñas primaveras, brillan como relámpagos las maldiciones y restallan y braman los apóstrofes; sonríen los ideales, cual arcángeles, y brilla por encima, como un cielo, suprema y divina
aurora de bondad.
Tal universo es análogo al de la vida real, pero infinitamente superior ; en el universo humano reina la diosa Naturaleza ; rige Karma, el dios impío de la causa y del efecto. En el de Almafuerte, en cambio, preside toda la vida un ideal de bondad y de ascensión ; hay una ley moral inexorable que obliga a elevarse al hombre, que empuja a la ciega chusma hacia las áureas cumbres de la luz; que señala como cima y como meta el celeste reinado interior, la aparición del hombre moral, la forja atormentada y prometeica de
la sublime segunda naturaleza.
Pero a pesar de ser verdadero este universo moral, de la línea del hecho va tan distante como la más lejana de las estrellas. Y así ha pasado a millones de kilómetros por encima de las testas de los hombres actuales, sin que estos hayan, siquiera, sospechado la grandiosidad ideal que atesoraba.
La chusma, sin embargo, se ha retorcido de dolor e indignación, flagelada por los latigazos del Profeta; los satanes iracundos, le han inyectado el veneno de sus lenguas ofidias ; los que rigen "cual resaca" los destinos de la chusma le han cubierto con sus babas ponzoñosas y le han crucificado y afrentado en la infamante cruz de la Calumnia. Pero él ha seguido enhiesto, inexorable, hasta el último minuto, predicando su evangelio, azotando a los malvados, escupiendo su desprecio y su furioso anatema sobre las testas malditas de los Príncipes del Mal.
Tal ha sido el milagro que realizó Almafuerte. Sobre una tierra fecunda y promisoria en cuyas cumbres morales ha florecido el más alto idealismo, pero que vióse al fin invadida por la codicia universal ; en el desolante y árido desierto de la civilización presente, hecha de odios y de lucha, de avaricia y de concupiscencia, él por la sola virtud de su alma ubérrima, ha creado un mundo perfecto, regido férreamente por el Bien y el Amor, y cuyo centro y eje es la ley moral.
En este magno universo de Almafuerte no impera el sensualismo, no triunfa la mentira, no halla acogida el odio, ni predomina orgulloso y entronizado el mal; ni prospera la insaciable y vil codicia, como sucede en el mundo de los hombres.
Pero él no ha elaborado una utopía, no ha imaginado un mundo, fantástico, rosado e irreal, como suelen hacer los idealistas ; ha forjado y amasado con sus propias entrañas una vida más alta y un
hombre más perfecto ; ha descendido a los antros más sombríos de la civilización actual y se ha elevado a las cumbres del espíritu humano; y ha dictado su pragmática del bien con la soberbia de un César, el renunciamiento estoico de un cenobita y la fiebre de amor de un Francisco de Asís. Se ha elevado por encima de la Naturaleza, ha domado y subyugado los sentidos; ha borrado con su genio la realidad exterior y ha implantado el reinado del ideal, la dictadura suprema de la "Suma Voluntad de lo Perfecto".



CAPÍTULO II: ALMAFUERTE, O EL GENIO



Almafuerte ha sido una de las más completas, de las más integrales y perfectas encarnaciones del genio que hasta el presente hayan existido. Él mismo nos ha dado en su poesía "En el abismo" o "La canción de un hombre", al describir su propio espíritu, la más alta definición moral del genio. También está descrito magistralmente en su evangélica titulada "Para los que no nacimos genios". Es el genio una potencia formidable que concentra y enfoca en su  conciencia todas las fuerzas cósmicas, que posee una potestad enorme de creación; que transforma, descubre y realiza por sí solo

más que toda una raza, más que siglos enteros de labor paciente, más que el esfuerzo continuo de toda la humanidad.
La civilización entera es la obra exclusiva de los genios; ellos trazaron como arquitectos lo que los hombres, después, realizaron torpemente como inexpertos albañiles. Y es que el hombre vulgar — que en mayor o menor, grado lo somos todos los hombres fuera de los genios, — es un esclavo abyecto de la rutina y de la sensualidad ; ama sólo el placer de sus sentidos y se aferra al pasado ciegamente. El genio es, por el contrario, una violenta fuerza moral, una imperiosa voluntad ascendente, una potencia ideológica disparada hacia el futuro.
Existe en la masa humana tal inercia, tan terrible fuerza de gravitación hacia el pasado, que si los genios desaparecieran, y con ellos sus obras, es de temer que el hombre emprendiera el camino de la regresión y volviese a andar de nuevo en cuatro patas.
Porque el genio, es como un cóndor, que sólo habita las cumbres, que otea desde las cimas los vastos horizontes, que señala a los hombres las rutas ideales y hostiga a la recua inerte para que salga del pantano y ascienda a las alturas. Es el genio una síntesis; en él se encuentran y funden cual los colores del iris en el rayo de sol, los instintos más contradictorios y los más locos anhelos; y Almafuerte es una síntesis de síntesis, es una acumulación de humanidades; en él se reconcentran y depuran los productos de todas las civilizaciones con un ansia formidable de superación.
Y el genio de Almafuerte es de la más pura casta, de la aristocracia más excelsa; es un genio del Bien y de la Moral; fue aún más esencialmente moralista que Buda y que Jesús, quienes, sobre todo, eran dos grandes iniciados en la ciencia de la evolución y la ascensión espiritual, dos aristócratas interiores, uno de la inteligencia y el otro del espíritu.
Almafuerte ha sido un moralista puro. Ha puesto a la moral por encima de Dios y del destino, por encima de los orbes y de la Fatalidad. Ha hecho de la moral un cetro humano y la exclusiva potencia divinizadora. Ha hecho también, de ella, un yugo y una cruz para los malvados y los déspotas. Mas la moral de Almafuerte no es la moral histórica, ni convencional ; no es la moral del pasado, no es la moral del rebaño ni la del individualista; es una pura esencia de moral ascendente en que se funden los más supremos intereses del hombre con los de la humanidad. Almafuerte no abdicó jamás, no aceptó ni sancionó ningún error ; no transigió, como Jesús, con la vieja ley mosaica, con el bárbaro código judío. No transigió siquiera con el propio Jesús, de quien afirma:


"Cuando el Hijo de Dios, el inefable,

perdonó desde el Gólgota al perverso . .
¡puso sobre la faz del Universo
la más horrible injuria imaginable!
El perdón es la mácula de cieno
puesta sobre la clámide de un nombre...
¡Porque tengo amarguras ya soy hombre;
y porque soy un hombre, ya soy bueno."


El autor de "El Misionero" era una fuerza natural, virginal y espontánea, fatal y fulgurante ; era como un meteoro, como un bólido, como un sistema solar; pero era, al mismo tiempo, razón pura, conciencia luminosa, inexorable ley moral que conducía, como la escala de Jacob, desde los más oscuros antros del alma humana hasta el esplendor radiante del hombre-dios.

Y la genialidad, en definitiva, no es más que ley moral; de la obra del genio sólo queda el sentido moral que ha impuesto al mundo; la belleza es transitoria, como la fuerza; no son más que vehículos y envolturas de la ley moral; y cuando no son esto, no son nada.
Es en vano que Oscar Wilde, el genialoide, nos diga que la moral no le interesa; en sus obras, sin embargo, late un soplo ideal de bondad y de justicia, y las más grandes de todas las escritas por él son aquellas en que brilla más profundo el sentido moral: "La balada de la cárcel de Reading" y "De Profundis". No obstante su exquisitez, Verlaine se marchitará, como una flor, por no existir en él más que expresión y forma; y "Las flores del mal" le sobrevivirán porque aunque los miopes cerebrales no quieran reconocerlo hay en ellas un sano y elevado sentido moralista, un espíritu austero y religioso de individualización y de estoicismo.
La moral y el idealismo de Almafuerte son mucho más reales y vitales que los de los genios anteriores; no es como el Dante estático y ortodoxo, sino dinámico y libérrimo; no es, tampoco, un soñador, como los forjadores de utopías y los predicadores de religiones, desde Jesús y Platón hasta Swedenborg y Ahtich, que es el más realista de ellos. Con razón se sonreía Emerson de estos olímpicos inmortales que dialogan entre sí a través de los tiempos, en un idioma desconocido para los hombres, cual orates ilustres. Estos genios han imaginado que todos los hombres eran de su pasta. Hablan como si hubiese uniformidad en la evolución humana. Desconocen, por error magnánimo, la tremenda
diferencia de evolución que hay de unos hombres a otros. Parece que no se hayan enterado de que ellos se adelantan en millares de años a su propio siglo, de que han nacido póstumos, como dijo Nietzsche, y que todavía el hombre de las cavernas convive y se codea con el superhombre y aun con frecuencia dispone de sus destinos. Pero Almafuerte no se equivoca: ha bajado a los antros más horrendos de la proterva conciencia humana; él contempla y reconoce las realidades más pavorosas; no cierra los ojos voluntariamente ante el abismo que le separa del inferhombre; pero salva esta distancia con su trágico amor ilimitado hacia la chusma, a la cual, no obstante, asesta los más duros trallazos de su alma. 
El afirma iracunda y bravamente:

"Los hijos de la Sombra y el Prostíbulo
miente la Compasión, no se redimen".

Llama al pueblo a quien adora, y por quien se sacrifica, recua inmensa, chusma ruin, rey enfermo, vil canalla. Y al hablar de la cruz, la muestra como el signo que besan y besan las hordas que pasan. En "Apóstrofes" impreca airadamente a toda la humanidad con acentos tan rudos y violentos como no existen en toda la poesía universal, según demuestra la siguiente estrofa con que termina aquella poesía:


"Sí vacía, sí pomposa.

Sí ruin, sí delictuosa,
Sí maligna, sí cobarde,
Sí proterva, sí bestial humanidad.
Pon la faz arrebolada
Más abajo de la nada,
Más abajo, todavía,
Pues te voy a maldecir y apostrofar.

Soy tu padre, tu poeta,
Tu maestro, tu profeta.
Tu señor indiscutible,
Tu verdugo sin entrañas y tu juez. 
No me asustas : te domino,
Te someto, te fascino
Con la luz esplendorosa.
Con el hierro incandescente de la fe".



Este aspecto realista y viril suyo que espanta y horroriza a los estetas adamados, es una de las más altas cualidades de su genio y lo eleva por encima de los más grandes poetas conocidos.





Continuará....
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NOTA FINAL:

Es fundamental el presente estudio de Herrero sobre la escuela  moral del poeta. Nos dice : "El sentido moral es el solo centro y eje alrededor del cual gira toda la obra de Almafuerte . . . Porque Almafuerte nunca escribió por pasatiempo, ni con fines lucrativos, ni en calidad de artista. Escribía solamente cuando le apremiaba la necesidad interior de expresar una ley moral, de revelar un problema, un hecho del espíritu. Así, toda su obra es sólida y definitiva, de un máximo valor ideológico. Cada poesía representa un aspecto culminante de la evolución interna, de la evolución moral ; y cada evangélica (hay 200) es conjunto de sintéticas, originales y profundas enseñanzas. 

Su obra es dogmática, afirmativa y rotunda ; pero no es pontifical ni circunscrita. Él no cierra los límites del horizonte humano, sino los ensancha y los aleja"... "Es, por el contrario (la suya), una moral afirmativa, áspera y bravía como el mal, y fragante y delicada cual la inocencia y el bien"
Luego el noble amigo, discípulo y admirador del gran poeta, presenta en varias páginas una bellísima ordenación de las mejores evangélicas de Almafuerte, con forma impecable, claridad diáfana, y elevación moral incomparable. Se siente el lector en medio de un oasis de la vida, atraído por pensamientos de Marco Aurelio, por máximas de Buda, por moralejas del Nazareno, por fórmulas de vida sana, feliz y vigorosa, entre perfumes, armonías y manjares encantadores, que ascienden la personalidad humana a la virtud, a la perfección, al bien y a la luz. Si esas doscientas evangélicas de Almafuerte constituyen su tesoro de moralista, la selección y ordenamiento que presenta Herrero, son el cofre maravilloso que las contiene, adornado de pedrería resplandeciente. Aquí el discípulo está al nivel del maestro coloso, y es un gran honor para el ilustrado biógrafo.




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