Mostrando las entradas con la etiqueta BIOGRAFÍA. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta BIOGRAFÍA. Mostrar todas las entradas

2 de marzo de 2014

ALMAFUERTE EL POETA (CAP 13 Y 14: Detalles de la personalidad de Pedro B. Palacios, por Antonio Herrero)

Almafuerte visita Trenque Lauquen
Visita de Pedro B. Palacios a Trenque Lauquen en 1913

ALMAFUERTE EL POETA 

(CAP 13 Y 14: Detalles de la personalidad de Pedro B. Palacios, por Antonio Herrero)

CAPÍTULO 13:
LA RELIGIÓN DEL HOMBRE
Para la literatura y la filosofía, él hombre ha sido siempre una cosa secundaria y subalterna. Por sobre de él han pesado, abrumadoras y absorbentes, todas las abstracciones. Los artistas han cantado y exaltado a la Naturaleza y la Belleza o a los hechos exteriores. Los filósofos se han extraviado en la discusión de los conceptos absolutos o en la investigación de los orígenes y de las causas finales. Y los teólogos han hecho del hombre un juguete en las manos del Destino, denominado por ellos Dios o Providencia. Tal vez es ésta la causa de que en oposición a los adelantos maravillosos de la mecánica haya el hombre, hasta hoy, permanecido moralmente estacionado. El primero que trató de libertarnos del yugo de la abstracción —ya fuese la de Dios o la de los ideales— fue aquel poeta - filósofo que se llamó Federico Nietzsche. Pero éste, en cambio, llevó demasiado lejos aquella aspiración liberadora, y al suprimir la moral en absoluto hizo al hombre instrumento de sus instintos. Falto, además, de base espiritual para cimentar la vida humana, al abolir la ética, creó a su vez otro ídolo para reemplazar los anteriores, y así nació ese mito del Superhombre que es un nuevo fetiche en cuyas aras pretende continúe sacrificándose la especie humana. Emerson y Carlyle han sido precursores en este movimiento afirmativo de la personalidad, que ha tenido últimamente un impulsor de poderoso aliento en el joven escritor italiano, Giovanni Papini, quien se dirige a la conquista de la divinización humana por medio de la acción, licenciando para ello a la filosofía, como a instrumento inútil. Otro exaltador del hombre y fundador de un ideal de ascensión humana, es el autor de “Andrógino”. José Antich, creador de una redentora concepción social ego-altruísta y de un nuevo arquetipo más alto y más humano que el Superhombre. Pero nadie, jamás, como Almafuerte, ni siquiera entre los antes mencionados, habíase consagrado en absoluto a la elevación y exaltación del alma humana. Para Almafuerte no existe la Naturaleza porque carece de vida propia y de conciencia; el arte es un instrumento para gritar a los hombres la Verdad; los ideales son medios y caminos para superarse y ascender; Dios es la ley moral que rige al universo y cuyo código lleva el hombre escrito en su conciencia; y lo único, por tanto, que constituye una absoluta y suprema realidad es el hombre mismo, que lleva en su alma los cielos y la divinidad.  Pero no es al hombre abstracto al que Almafuerte canta y exalta, sino al hombre real, cualquiera que sea su índole y condición, y más aún a los bajos y caídos; a la humana conciencia en cada ser; a las más altas, más locas, más puras y sublimes aspiraciones. Padece su alma una fiebre de amor que le devora, hacia los miserables y los tristes. Mucho más intenso aún que el fervoroso amor místico de Telesa de Jesús por la imagen ideal del Nazareno es el que siente Almafuerte por la chusma irredenta y que ha expresado, entre otros, en los siguientes versos: 


“Yo siento por el dolor
de la chusma miserable,
la suprema, la inefable
maternidad del amor.
Yo siento el mismo fervor
del Cordero supersanto,
fervor tan profundo y tanto
que tendrá que vaporarme
y en la miseria regarme
como un diluvio de llanto.”

Pero aunque ama tan locamente al hombre, no le ama ni lo concibe como un hecho consumado, como un ser ya perfecto, sino como una fuerza ascendente que se depura y se transforma, según expresa en “El Misionero”: 


“El mejor no eres tú, pálido rastro,
tímida tentativa en la redoma . .
Vas a tu superior, a tu distinto
y ese no te tendrá ni amor ni envidias.
El que vendrá después, el Prometido,
sólo será un cerebro con dos alas.”

Y no sólo desea la elevación del hombre, sino que siente un ansia ardentísima, un ímpetu ferviente hacia lo mejor y por eso fustiga sin piedad a la recua inerte y abomina y reniega del ansia de quietismo:

“Felicidad total : maldito nombre,
consigna del cobarde y del tirano...
¡La perfección en sí del cuadrumano
tal vez hubiese suprimido al hombre!”

Y cual palanca suprema de la vida, canta al dolor y al esfuerzo en estrofas magistrales:

“Dolor, santo dolor: sol iracundo
que a las almas estólidas caldea,
que tortura las fibras de lo inmundo
hasta que se hacen leña y se hacen tea.
Padre de lo mejor, amo del mundo,
generador supremo de la idea,
draga de remoción, llama expiatoria,
que convierte las pústulas en gloria

Odio por lo tranquilo y uniforme,
y ansia de otro nivel y de otro aspecto;
fiebre de perfección en lo deforme,
y hambre de super-luz en lo perfecto.
Soberbias de Luzbel; vacío enorme
en el alma sombría del insecto...
Eso requiere Dios para sus planes
angustias de Satán... ¡Somos Satanes!”

No hay en toda la obra de Almafuerte una sola palabra que no esté consagrada a la educación, a la enseñanza moral, al mejoramiento de los hombres. Sus ideas no pueden encerrarse en ningún molde ni dogma; si alguna calificación se le puede aplicar es la de integralista: él aceptaba todas las ideas, todos los principios, con tal de que sirvieran para elevar y fortalecer el alma humana. A lo que aspiraba él es a que el hombre fuera un ser integral, en posesión de todas sus facultades, dueño y señor de sí mismo, capaz de concebir y practicar la más alta ley moral y en constante evolución hacia lo más puro y perfecto. Almafuerte ha fundado con su obra la religión del Hombre, que substituirá en el porvenir a las religiones ya agotadas de los dioses; y cuando empiecen sus ideas a trascender al alma popular y a penetrar en la conciencia humana, sobre el fundamento inquebrantable de su idealismo, se levantará una nueva humanidad más perfecta y consciente que la antigua e iniciadora de una civilización moral, en reemplazo de la externa que ahora existe. La influencia futura de Almafuerte está bien expresada por Guyau en el párrafo siguiente de su obra “El arte desde el punto de vista sociológico”: “En último análisis, el genio y su medio nos dan el espectáculo de tres sociedades ligadas por una relación de mutua dependencia : 1°) la sociedad real preexistente, que condiciona y en parte suscita al genio; 2°) la sociedad idealmente modificada que concibe el genio mismo, el mundo de voluntades, de pasiones, de inteligencias que crea en su espíritu y que es una especulación sobre lo posible; 3°) la formación consecutiva de una sociedad nueva, la de los admiradores del genio, que realizan más o menos, en sí mismos, por imitación su innovación. Es un fenómeno análogo a los hechos astronómicos de atracción, que crean en el seno de un gran sistema un sistema particular, un nuevo centro de gravitación”. 


CAPÍTULO 14:
ALMAFUERTE COMO ARTISTA

Cuando se habla de Almafuerte suele ensalzarse en él al pensador y al filósofo, no siempre comprendido y aun atribuyéndole un valor muy subalterno; y sobre todo se pondera del poeta el carácter indomable y el espíritu heroico que luchó tan tenazmente por la justicia y el bien; pero en cambio se le considera un artista mediocre. ¿Cuál es el fundamento de este juicio? ¿Es verdadero y justo? En la época moderna ha descendido el concepto esencial de la poesía. Se juzga generalmente que el poeta es un cantor canoro, un creador de belleza, un músico del sonido y la palabra y un colorista del verbo. Es el criterio que ha impuesto el modernismo decadente. No queremos lapidar a éste como hacen los clasicistas, los fanáticos admiradores de los moldes caducos. Pero tampoco aceptamos las mezquinas conclusiones de los modernos juglares. Estas ideas del decadentismo han sido sintetizadas por el más representativo de esa escuela, el  aristocrático y paradógico Oscar Wilde; y pueden ser concretadas en las siguientes afirmaciones tomadas de su ensayo “El crítico como artista”. “Discernir la belleza de una cosa es el punto más alto a que puede llegarse. Un sentido del color es más importante en el desarrollo del individuo que un sentido de lo justo y de lo injusto. La estética es más alta que la ética. El arte es inmoral. El artista verdadero es el que procede no del sentimiento a la forma, sino de la forma al pensamiento, a la pasión. “De tiempo en tiempo gritan ciertas gentes contra algún encantador poeta y artista porque “no tiene nada que decir” para usar su estúpida frase. Pero si tiene algo que decir lo dirá probablemente y el resultado será tedioso. Justamente porque no tiene ningún nuevo mensaje es por lo que puede hacer una obra bella. Tomará de la forma su inspiración, de la forma únicamente como lo hará todo artista verdadero. Una pasión real lo arruinaría. Toda mala poesía procede de sentimientos genuinos. La ciencia y el arte están fuera del alcance y de la esfera de la moral. La moral reside, pues, en la más baja y menos intelectual de las esferas”. No hay duda que Almafuerte sería un poeta secundario, anodino y hasta fastidioso, desprovisto de arte y de belleza, si se le juzga con el criterio de este príncipe de los estetas, de este héroe del dandismo. Si no se le supone a la existencia objeto moral alguno, si la finalidad exclusiva de la vida es el placer, entonces es innegable lo que Wilde afirma. Es lo mismo que en otro orden expresa Manuel Machado:  “No hay placer en los amores, No hay amor en el placer.”  Pero adoptar por criterio y por medida la norma del placer, equivaldría al derrumbamiento de la vida social y a la disolución progresiva y absoluta de todos los fundamentos de la existencia. He aquí el porqué constituye la poesía de Almafuerte una piedra de toque para los espíritus. Son enemigos de ella todos los estetas, todos los decadentes, los juglares, los bufones de todos los tiranos, los lacayos espirituales, los combinadores de “cocinitas literarias”, los pedantes pontificadores, los amoralistas, los inútiles para el progreso, los partidarios del placer a toda costa, “los canflinfleros del dolor eterno” ; y son admiradores de su obra, todas las almas sinceras y apasionadas, los amantes del bien y del progreso, los rebeldes conscientes y los libres, los peregrinos de rutas ideales, los hijos de la lucha y del dolor, los forjadores intrépidos de una nueva humanidad. Aquel campeón del arte por el arte a quien nos hemos referido. Osear Wilde, el idiólatra del placer y la belleza, fué a purgar en una cárcel las consecuencias de su concepto inmoral del arte y de la vida. Y entonces, solamente, se reveló a su espíritu el aspecto más profundo de la existencia, que antes se hallaba oculto para él bajo el manto sombrío del dolor. Y hostigado por el látigo implacable de este maestro cruel, escribió sus páginas más bellas y trascendentales, impregnadas de tristeza, de dulzura y bondad y animadas por el soplo de una moral muy pura, aun cuando siguiera él repudiando este concepto. Mas dejemos a los decadentes y opongamos a su voz meliflua el verbo potente y cálido de Víctor Hugo. He aquí el alto concepto viril y humano que tenía de la poesía aquel gran lírico que reunió en sí la dulzura de Horacio y de Verlaine y la iracundia fulminadora de los profetas bíblicos: “Existen dos clases de poetas: el poeta de la inspiración y el poeta de la lógica; pero existe también un tercer poeta, compuesto de ambos, que corrige, completa y resume ambos en una entidad más alta. Es decir, dos grandes figuras en una. Este tercer poeta es el más grande. Tiene la inspiración por cuanto obedece a su impulso, mas tiene la lógica por cuanto cumple el deber. El primero escribe “El cántico de los cánticos”, el segundo “El Levítico”, el tercero “Los Salmos y Las Profecías”. El primero es Horacio, el segundo Lucano, el tercero Juvenal. Y en otro sentido el primero es Píndaro, el segundo Hesíodo y el tercero Homero. “No pierde la belleza por ser buena. ¿Acaso el león es menos hermoso que el tigre por tener la facultad de enternecerse? Las quijadas que se abren para dejar el cachorro al abrigo de la madre ¿afean en algo la majestad de las melenas? ¿Desaparece el verbo inmenso del rugido porque la horrible boca que lo produce haya acariciado y lamido a Androcles? El genio que no acudiera a prestar socorro, sería deforme. Ser grande y no amar, es ser monstruoso. ¡ Sí, si ! ¡ Amemos ! . . . “Ser útil es no más que ser útil, ser bello es no más que ser bello ; pero ser útil y bello es ser sublime. Esto es lo que son San Pablo en el siglo I, Tácito y Juvenal en el II, el Dante en el XIII, Shakespeare en el XVI y Milton y Moliere en el XVII”. Y refiriéndose a Juvenal, cuya ira vengadora y justiciera fue superada por Almafuerte, que no era como aquel un ironista, sino un apostrofador Júpiterino, agrega Víctor Hugo: “Insistamos de nuevo en Juvenal. Pocos poetas han sido tan insultados, tan combatidos y tan calumniados como él. La calumnia contra Juvenal fue creada a tan largo plazo que todavía dura. Una pluma la deja y otra la toma. Los grandes aborrecedores del mal son aborrecidos por todos los aduladores de la fuerza y del éxito. ¿Queréis saber quiénes son los que tratan de obscurecer la gloria de los grandes seres que toman a su cargo el castigo y la venganza? Pues son la turba de serviles sofistas, los escritores que se arrancan la piel con la rozadura de los collares, los historiógrafos matones, los escoliastas bien retribuidos, los cortesanos y los sectarios. Gruñen alrededor de las águilas. No hacen con gusto justicia a los justicieros, y consiguen irritar a los señores e indignar a los lacayos. La indignación de la bajeza existe”. Almafuerte ha sido un poeta de la índole de Homero y de Juvenal, pero de más elevados ideales. Homero fue el cantor de la epopeya griega y Almafuerte ha cantado la epopeya interior del hombre actual. Juvenal fustigaba los vicios exteriores de su patria, y Almafuerte azota la maldad y la estolidez internas de todos los humanos. Pero además anuncia y practica una moral más alta y un ideal de ascensión y de perfeccionamiento. A quien se asemeja más su índole, es al gigantesco Esquilo, en la creación de su Prometeo. Por eso no es él artista ni poeta en el concepto inferior y usual de la palabra. Encarna en grado máximo el poeta ideal, tal como Víctor Hugo lo imagina y define en su obra sobre William Shakespeare, cuya lectura recomendamos a todos los detractores de Almafuerte, sobre todo si lo son sinceramente por no haber comprendido la magnitud de su obra. Para Almafuerte es el arte sólo un vehículo; es el arco con que arroja la flecha envenenada de sus apostrofes, o la envoltura sutil y vaporosa que engalana y embellece su gran pureza moral en el “Cantar de cantares”, o el bronce en que vacía y moldea su espíritu en “El Misionero” y en “La canción de un hombre”. Pero siempre su arte es adecuado al pensamiento que expresa. Hay una fusión perfecta en sus poesías entre la forma y el fondo. Una y otro están fundidos en unidad ideal. No hay una sola palabra que resulte forzada, ni verso ni ritmo alguno disonantes. Tiene esa rotundidez articulada y vibrante que es la característica del genio. Parece que sus versos estuvieran esculpidos y grabados. en duras piedras y solemnes bronces. Almafuerte, ante todo, es un sintético. Todos sus conceptos y poesías son grandes bloques de síntesis. Todo “El único y su propiedad”, en lo que tiene de fundamental y verdadero, está, sin que él lo haya leído, expresado en su poesía “Mancha de tinta”. La teoría de Schopenhaüer sobre la vida hállase contenida y superada en el “Jesús”. En “El misionero” y “La inmortal” están acumuladas en una magna síntesis las más altas teorías del idealismo humano. Y según afirma Emerson todo gran artista lo ha sido por la síntesis. La forma y la expresión que da a su verso Almafuerte es perfectamente clásica. Sin embargo no se atiene a los moldes ni a los ritmos consagrados, ni a las palabras arcaicas. Incorpora a su lenguaje términos populares y modismos criollos. Es que él habla un idioma natural y espontáneo, no respeta ni acata los límites estrechos del academicismo. En el prólogo a “Alemania contra el mundo” ha expuesto genialmente su criterio sobre el arte, fulminando a los literatoides, femeniles tejedores de frágiles encajes con palabras bonitas. El ritmo de su poesía es siempre rotundo y resonante como un batir de yunques, como un martilleo de forja, como un redoble marcial. Es, sin embargo, a veces, musical y cristalino, como en las “Milongas”; religioso y solemne, cual música sagrada en “Confíteor Deo”, “Gimió cien veces” y en el rugiente y doloroso “Trémolo”; o restallante y zigzagueante, como látigo y centella, en el magnífico “Apóstrofe”. Esta última poesía, sobre todo, que ha despertado la ira y la indignación de los mediocres (I) por las palabras violentas y apasionadas que contiene y la forma original en que está escrita, es la más bella que, como forma poética y contenido ideológico y moral, existe en la literatura castellana. (A pesar de que el señor Rafael Alberto Arrieta la considere tan defectuosa, y el señor Alberto Mendióroz juzgue que ni merece el nombre de poesía). Libre de toda rima y de métrica uniformidad, sin más elemento poético que el ritmo, la acentuación trisilábica sobre la cual está compuesta, y que le da un vigor y agilidad marcial, y una solemnidad imprecatoria y un Ímpetu iracundo que tal vez no podría alcanzarse en ningún otro idioma y que con seguridad no podría haber expresado ningún otro poeta, constituye el ejemplo más típico y más alto de poesía libre; y conserva a la vez los caracteres esenciales del verso tanto o más que la poesía más armoniosa. Recorre allí el poeta todas las formas y matices del sentimiento: ora impreca indignado, apostrofa, maldice y fulmina; ora se apiada y conmueve y gime enternecido; ora canta melodioso como un arpa y se lamenta nostálgico ante la horrenda desolación, o hace estallar su desprecio formidable sobre este mundo efímero; y termina sepultando en los infiernos para eternamente y en la sola compañía de Satán, al autor del espantable, universal fratricidio. Ningún otro poeta que Almafuerte ha podido escribir una poesía que por su arte y su sentimiento y su violencia intensísima haya estado a la altura de la infernal tragedia presente, abarcando y superando por sublimidad moral, el espectáculo horrendo, apocalíptico y repugnante del salvajismo desenfrenado y triunfador. Pero ese ímpetu, esa furia, la energía colosal que representa y que late y refulge de igual modo en todas las poesías fundamentales de Almafuerte —en el magnifico “Dios te salve”, en la vasta “Inmortal”, en el gigantesco “Misionero”, en “La sombra de la patria”— es algo que ofende profundamente a los pobres literatos academicistas, eunucos del sentimiento, a las insignes y oscuras medianías, que ofician de pontífices sacramentales y que según es fama, han llegado en su ridículo heroísmo de analfabetos espirituales, y en su calidad de catedráticos, a “suspender” a sus alumnos por citar a Almafuerte en los exámenes, o por considerarle un gran poeta. Para tales señores representantes de la literatura oficial vamos a reproducir — ya que no admiten ellos otra autoridad que la de los nombres consagrados —este párrafo de Víctor Hugo, en el cual hallarán sintetizadas sus objeciones contra Almafuerte, y donde tal vez se sientan aludidos: “Los genios, los espíritus como Esquilo, como Isaías, como Juvenal, como el Dante y como Shakespeare, son seres imperativos, tumultuosos, violentos, furiosos, extremados, jinetes en caballos alados, seres “exagerados”, que “pasan de raya”, proponiéndose un fin propio, que “exceden los límites”, caminando a pasos, que, por lo grandes, son escandalosos, saltando bruscamente de una idea a otra, y del polo Norte al polo Sur, recorriendo el cielo en un momento, poco clementes con los que tienen cortos alientos, agitados por todos los vientos del espacio, y al mismo tiempo seguros en los saltos que dan sobre el abismo, indóciles con los Aristarcos, refractarios a la retórica oficial, ásperos con los literatos asmáticos, rebeldes a la higiene académica, y seres, en suma, que prefieren la espuma del Pegaso a la leche de burra. Los bravos pedantes son tan bondadosos, que les tienen lástima. La ascensión provoca la idea de caída. Los paralíticos piadosos tienen compasión de Shakespeare. ¡Está loco! ¡Sube demasiado alto!  La muchedumbre de pedantes se atonta y se incomoda; Esquilo y el Dante obligan a cerrar los ojos a estos críticos. ¡Esquilo está perdido! ¡El Dante va a caer ! Remóntase un dios y estas gentes exclaman : “¡Que te rompes la crisma!”


(I) Véase una nota al final del número extraordinario de la revista "Nosotros" consagrado en homenaje a Rubén Darío, con motivo de su muerte. Y en cuanto al concepto que tienen de Almafuerte los críticos de "Nosotros", léanse los artículos zoilescos de Roberto F. Giusti, ese campeón insigne de la mediocridad pontificante. Es de notar que "Nosotros" publicó un extraordinario a la muerte de Darío y otro a la de Rodó, y cuando murió Almafuerte sólo le consagraron un artículo en el que
juzgaban su obra despectivamente. 


_______________________________________

ALMAFUERTE EL POETA (CAP 11 Y 12: Detalles de la personalidad de Pedro B. Palacios, por Antonio Herrero)

Busto de Pedro Bonifacio Palacios (Poeta Almafuerte)

ALMAFUERTE EL POETA (CAP 11 Y 12: Detalles de la personalidad de Pedro B. Palacios, por Antonio Herrero)

CAPÍTULO 11: LA REALIDAD Y EL IDEAL

Almafuerte conocía la realidad plenamente. No había en él nada de ciego, ni de iluso. Aceptaba la existencia en su aspecto más duro y más cruel, a pesar de la distancia casi infinita que había entre ésta y sus ideales. Así estos ideales no eran el sueño rosado de un espíritu cándido e ingenuo, que, obstinado en sus quimeras se empeña en cerrar los ojos a las hoscas realidades. Más hondamente que nadie penetró él en dichas realidades, que, sin embargo, no aminoraban su idealismo, porque éste era una suprema aspiración de su alma hercúlea que bajaba a los antros más siniestros para volver con los puños cargados de verdades que arrojaba iracundo al impasible rostro de los poderosos y contra el alma pétrea del indiferente. Por eso la realidad era para él una fuente de infinitos sufrimientos que mantenían constantemente su corazón inflamado y candente como un ascua. Si en algunos momentos parecía feliz era porque su afecto desbordaba ante cualquier impresión grata y amable. Mas su ambiente natural era el dolor, la tensión interior y la violencia. Esto es lo que le daba fama de loco y apartaba de su lado a las gentes normales que no podian comprender aquella dolorosa exasperación. Para explicarse, no obstante, su dolor y su violencia bastará recordar la observación de Poe de que la irritabilidad de los poetas proviene de que tienen una percepción muy clara de lo bello y por consecuencia de lo feo, de lo verdadero, de lo falso, de lo justo y de lo injusto; según él, quien no es irritable no es poeta; también está explicado su dolor por la profunda observación de Lacuria en “Les harmonies de l’étre” “Iva dicha es una ecuación o una armonía perfecta entre el ideal y la realidad, y el ideal es todo aquello que puede concebir la inteligencia. Los que menos sufren sobre la tierra son aquellos cuyo ideal es más limitado; los que ponen muy alto su ideal, padecen infinitos sufrimientos morales”. A pesar de su intenso padecer, Almafuerte no fue nunca un amargado, aunque a veces sus palabras semejasen flechas envenenadas. Conservaba la frescura, el candoroso optimismo y la expansiva cordialidad de un niño amoroso y bueno. Ello se debió, ante todo, a que en su espíritu y su vida no separó jamás la realidad del ideal. El vivió plenamente la realidad total de sus ideas, de sus conceptos morales, que practicaba aún más que predicarlos. En él no había dos hombres como ocurre casi en todos los humanos y más aún entre escritores y moralistas : uno el que piensa y escribe, o el que predica o proclama, y otro el que vive y actúa. El era un hombre entero, de una pieza, sin dualidad ni reserva alguna. Constituye esto en su vida un mérito esencial, que le alza por encima de los tiempos y de los más grandes hombres. La vida está compuesta, principalmente, de dos principios opuestos que eternamente luchan entre sí disputándose el dominio de los seres : la carne y el espíritu, la realidad y el ensueño, el más allá y el presente, la pasión y la razón. Todos los hombres, también, están formados de una doble personalidad, correspondiente a estos dos principios, aun cuando en algunos prevalezca el ideal y en los demás los sentidos. Su vida está dividida entre las dos corrientes opuestas, y alternativamente se entregan al predominio del espíritu, o se dejan arrastrar por la fuerza sensual de sus pasiones. Pero en los héroes morales, en los genios más altos, y figuradamente en los dioses, la naturaleza se unifica, fúndense en una sola las dos tendencias y el alma vive a la vez lo ideal y lo real; el corazón quema sus pasiones y se divinizan los sentidos; la carne se espiritualiza y el espíritu se torna realidad. De este modo, las ideas eternas que en todos los tiempos flotan por encima de los hombres, en remotas lejanías inalcanzables, se convierten por obra de estos genios en un hecho viviente, en una llama clarísima y real, en una chispa divina que habita un cuerpo humano. Entonces se detiene de repente el correr velocísimo del tiempo, y alrededor de este hombre. hácese como un remanso de eternidad. Tal sucedió con Budha, con Jesús y con Sócrates. Este es el mismo milagro que Almafuerte revivió y actualizó. En Almafuerte no había intereses, ni fines, ni deseos accidentales. Todo él estaba animado de intereses y propósitos eternos. Sus amores y sus odios, sus anhelos e ideas pertenecían a la inmortalidad. En él no alentaba un hombre sino toda una raza, no hablaba un solo individuo sino el Ser. Era la naturaleza transformada en espíritu humano. Los que odiaban a Almafuerte encarnaban las pasiones de los jueces de Sócrates y de las turbas que pedían el sacrificio de Jesús. Los pocos que le amaban y le seguían encarnaban también los altos sentimientos en que se inspiraron los discípulos del nazareno y del filósofo. Repitióse, pues, con Almafuerte, en los arrabales de La Plata la eterna, y áurea, y lamentable historia de Atenas y Galilea. Sólo que ahora los tiempos han cambiado. Estamos en América la libre y por tanto este profeta se libró del cruento sacrificio; mas fué, no obstante, inmolado en cada día de su existencia por la siniestra y sombría conjuración del silencio y por la solapada indiferencia olímpica de los Zoilos consagrados.  

CAPÍTULO 12:  LA MORAL DE ALMAFUERTE 


El sentido moral es el solo centro y eje alrededor del cual gira toda la obra de Almafuerte. Las evangélicas constituyen un evangelio moral para el hombre moderno y sus poesías son la anunciación de las más altas leyes morales, que jamás habían sido proclamadas tan rotunda y elevadamente.  Porque Almafuerte nunca escribió por pasatiempo, ni con fines lucrativos, ni en calidad de artista o literato. Escribía solamente cuando le apremiaba la necesidad interior de expresar una ley moral, de revelar un problema, un hecho del espíritu. Así, toda su obra es sólida y definitiva, de un máximo valor ideológico. Cada poesía representa un aspecto culminante de la evolución interna, de la evolución moral ; y cada evangélica es un conjunto de sintéticas, originales y profundas enseñanzas. Su obra es dogmática, afirmativa y rotunda, pero no es pontifical ni circunscripta. El no cierra los límites del horizonte humano, sino los ensancha y los aleja. Posee, como nadie más, el que llamó Laforgue sexto sentido, o sea el sentido de lo infinito. No se apoya en la autoridad exterior de una creencia, o de un dogma, sino en la autoridad de su conciencia propia, de su firme sentido moral y de su honda intuición. No se dirige tampoco al cerebro del hombre, sino, sobre todo, a su alma, a su conciencia, a su personalidad total, que él procura exaltar y desenvolver, elevándola al más puro idealismo, pero sin salirse de la realidad. Su palabra es una fuerza envolvente y ascendente que vigoriza y eleva al hombre. La moral que él enseña y practica no es jamás la moral clásica, hecha de prohibiciones y preceptos negativos, de carácter restrictivo y formalista, que atrofia al individuo y paraliza el alma, inmovilizando los resortes motrices del espíritu. Es, por el contrario, una moral afirmativa, áspera y bravía como el mal, y fragante y delicada cual la inocencia y el bien. Se dirige a las fuerzas interiores y las impulsa y despierta para que tomen el predominio y la dirección sobre las fuerzas externas y los instintos inconscientes. El dice, en sustancia, al hombre : Ante todo, sé tu mismo ; ten el valor de tu sinceridad ; ya sea en el mal o en el bien; yérguete sobre tu propia personalidad. “Satán tiene una virtud que es su cinismo”. Afirma y constituye tu carácter; hazte cuenta que eres solo en el universo y con tus únicas energías tienes que luchar contra todo el resto de los seres y las fuerzas naturales. No te entregues confiado jamás a nada ni en nadie. “Aunque residas entre alienados, calcula; aunque vivas entre mujeres, teme; aunque duermas entre niños, vigila. Hasta los lobos reposan entre los lobos; pero tú no duermas tranquilo — ¡«o! ¡nunca! — ni sobre el corazón de tu propio hijo; nada te ama”. Trata de ser independiente. “Sé grande en miniatura, reposa sobre ti mismo. Manéjate de manera que nadie pueda exigirte fidelidad. Esquiva la dirección extraña como a una mutilación vergonzosa; y la ocasión de la gratitud como a una cadena, como a una argolla de hierro en la ternilla de la nariz. Haz todos los sacrificios imaginables a fin de que no te veas alguna vez en la espantosa necesidad de devorar tu misma persona moral, en el pan de cada día. “Erígete señor de algo: impera, aunque más no sea, sobre tu propia insignificancia cerebral y sobre tu propio estómago hambriento. Un instante de pie sobre la propia miseria, vale toda una vida de hartura, arrastrada sobre las rodillas. “Tener carácter en el sentido social de este vocablo, es tener en sí mismo soberanía bastante para subordinar las circunstancias ambientes, o por lo menos, para resistirlas con éxito. Los fuertes, los indomables, los irreductibles, tienen un locatario siempre vigilante dentro de sus pechos que replica sin intimidarse nunca, cada vez que llaman a su puerta. Los que carecen de ese guardián han deja do de ser hombres; o, mejor dicho: no han llegado a serlo. “Marchar por entre estoques que amenazan y no claudicar; por entre manoseos voluptuosos y no olvidarse de sí mismo por entre cabezas que se agachan y no erguirse más altanero; por entre frentes soberanas y no agacharse... ¡eso es tener carácter! “Subir, ascender, prosperar, en el mejor sentido de las palabras, no es encaramarse en los sitios más visibles como los gatos en las chimeneas. Subir es evolucionar; evolucionar es desbestializarse; desbestializarse es adquirir la prerrogativa de ser creído y ser seguido; asumir el derecho del mando, que es el más alto de los derechos porque es el que impone más deberes. “Que sirvas de algo, que produzcas algo, que dejes el recuerdo de algo ; los árboles que no dan fruto o que no dan madera o que no dan leña son inferiores a las patatas. “Refiere todos tus actos al bien ageno, pero muy pocos de ellos al juicio ageno. Sé prudente, discreto y conciliador, pero no tanto que reniegues de tí mismo. No tengas el afán de parecer sino el afán de ser. No rehuyas el dolor. “No seas ciudadano correcto e inofensivo; sé hombre útil y azotador de inútiles y perjudiciales. Lucha contra tus propias imperfecciones, que no son nada más que las imperfecciones de todos, para que surja al cabo de los tiempos, el hombre perfecto, la humanidad luz. “Haz lo que mejor te parezca si quieres hacer lo que debes; y haciéndolo asi no tiembles. Aquel que no siente el orgullo de si mismo todos los días y después de cada una de sus acciones, ya no es antes de dejar de ser, no ha sido nunca. “La solidaridad humana es tan necesaria para cada individuo como la gravitación universal para cada uno de los astros. La naturaleza culmina en el ser humano más que en los astros, se manifiesta dentro de él cada vez más armoniosa y más ideal. “Como se ejercitan y desenvuelven metódicamente los órganos materiales y las facultades psíquicas, sin olvidar ni una sola fibra ni menospreciar una sola célula, así, también, deben ser cultivados y ordenados en series los sentimientos en el corazón del hombre; todos ellos son indispensables para el fin individual y para el bien general, que es el Progreso. La verdadera moral, el perfecto estado de moralidad es el equilibrio de la totalidad de los sentimientos, la posesión de todos ellos, y el uso de cada uno, en su oportunidad misma y para su solo objeto. “Educa y regimenta los sentimientos con que hayan nacido tus hijos, de una manera integral: y serás un buen padre”. Tal es lo culminante de sus enseñanzas, extraídas de sus evangélicas. Pero donde se contienen sus ideas más eminentes y sus conceptos más profundos, es en las poesías, que no pueden extractarse por la intensidad de todas ellas; y es allí, sobre todo, donde se muestra como una cumbre su espíritu idealista y filosófico y su vasta alma integral.

25 de febrero de 2014

ALMAFUERTE EL POETA (CAP 9 Y 10: Detalles de la personalidad de Pedro B. Palacios, por Antonio Herrero)



ALMAFUERTE EL POETA (CAP 9 Y 10: Detalles de la personalidad de Pedro B. Palacios, por Antonio Herrero)


CAPÍTULO 9
DE LA MUJER Y DEL AMOR

Con motivo de las conferencias que dio Almafuerte en el Odeón, se dijo por un crítico que Almafuerte no amaba a la mujer. Semejante afirmación, más aún que disparate, es una calumnia, una de tantas calumnias con las que se fomentaba el odio del vulgo contra el gran poeta. Lo que Almafuerte no amaba, o mejor aún detestaba, es el sensualismo. Su profundo sentido moral, repudiaba ese bajo sensualismo que es el alma de la poesía moderna, que con el nombre de amor, consagra e idealiza los más bajos instintos sexuales. Odiaba esa poesía corruptora que envenena el alma de las jóvenes generaciones rebajando el ser humano al nivel de la bestia, o más abajo aún, por la exacerbación del sensualismo. El amor, para él, era algo sagrado, supremamente moral, como cumbre y fuente que es de la existencia.  Amaba a la mujer más profundamente que ninguno de los literatos actuales. Por eso precisamente no la endiosaba en su aspecto carnal ni la dedicaba vanos galanteos. Pero estaba muy lejos de profesar el ascetismo insensato y farisaico que predicaba Tolstoy en sus últimos tiempos. Adoraba en la mujer lo que tiene de grande, de sagrado y puro; su instinto maternal, su bondad, su ternura, su idealismo y su belleza moral. Y por eso mismo detestaba en ella la hipertrofia sensualista que hoy la caracteriza, y que sobre todo es obra de los hombres, a cuya imagen y semejanza se moldea moralmente la mujer. Tenía Almafuerte un concepto del amor mucho más alto y austero que el expresado por Platón en “El Banquete”. Contestando el poeta la falsa imputación que se le hacía de desamor hacia la mujer, dijo así en la tercera de sus lecturas en el “Odeón”, expresando bellamente su alto criterio moral respecto de la mujer y el concepto que de ella debe tener el hombre. “Es ya de pública voz y fama, que el viejo Almafuerte ni amó ni ama a la mujer; pero el viejo Almafuerte carga con esa cruz como con cualquiera otra — él no las elige, — y hace su jornada sin dar a la calumnia otra respuesta que una vida más ponderada, que un alma mejor, dentro de lo posible. . . ¡ya veces dentro de lo imposible!  “Porque amé y amo a la mujer, en lo sano y en lo limpio, la apostrofé cuando me pareció, cuando a mi amor por la mujer le pareció necesario, indispensable, el apóstrofe. El amor masculino que no tiene algo de amor paternal, es un afecto incompleto, porque no llena enteramente sus fines. “Perdonadme aquellos apóstrofes, señoras, si así lo encontráis a bien, si así lo tenéis por digno de vuestra alteza, de vuestra magnanimidad; y aquí tenéis mi cerebro, y he aquí mi lengua que habló y mis manos que escribieron, para que las fulminéis de un solo golpe de vuestra cólera, si ese corazón, como el de las diosas del Olimpo, no sabe perdonar. “Entretanto, permitid que deje constancia, — no en mi defensa, sino en defensa de vuestra majestad de seres humanos — que deje constancia, repito, de que toda filosofía, toda organización social, todo arte, — por más excelso que él sea, — deben concebir y tratar a la mujer como a la compañera insubstituible del hombre, como a la copartícipe de las angustias y los ensueños del hombre, como a la madre del hombre y la madre y la maestra de los hijos del hombre”. En los versos amorosos de Almafuerte no existe rastro siquiera de sensualismo, al cual condena y fulmina en “Vade Retro”. Sus poesías consagradas al amor están todas inflamadas por un fuego ideal en donde arde el más puro sentimiento. Y la única vez que canta a la mujer es en “Cantar de cantares”, en cuyos mágicos versos primorosos hay tal pureza y ternura que parece una oración. Entre el “Cantar” de Almafuerte y el lúbrico y sensualista de Salomón median muchos milenarios de evolución moral. Su concepto del amor_y la mujer está sintéticamente contenido en estas dos décimas de su poesía “En el abismo”:

"Mi hogar, si tuviese hogar,
sería un huerto sellado ;
tan solemne, tan aislado,
como una roca en el mar.
Nido azul, — nido y altar,

todo en él, luz y armonía;
pero a la primer falsía...
¡todo en él, espanto y duelo,
como si el alma de Otelo
resplandeciese en la mía.
Yo respeto en la Mujer
a la Madre, nada más
y jamás, nunca jamás,
por su igual me ha de tener.
Virgen roja en el taller,
toga ilustre en los procesos,
verbo mismo en los congresos
y genio mismo en las artes;
pero allí y en todas partes. .
¡ catedrática de besos !"



No considera inferior a la mujer por sus aptitudes y talentos sino por su enfermizo predominio del sensualismo, que hace, en ella, subalternas todas sus facultades. En estos tiempos de feminismo, en que la mujer pretende emanciparse de las condiciones secundarias en que se halla socialmente, debido al concepto primitivo que de ella tiene el hombre, y al abandono en que, moralmente, la deja, es conveniente afirmar que la verdadera emancipación y dignificación de la mujer, consistirá en libertarse del sensualismo para que el hombre vea en ella solamente un ser moral ; la conceptúe una madre, una hermana, una hija y una novia; la venere como a un templo, como a una fuente sagrada de donde debe brotar el porvenir por los siglos de los siglos; y la forje y la moldee convirtiéndola en la imagen de su más alto ideal. Tal es, en síntesis, el concepto que Almafuerte tenía de la mujer y del amor.  

CAPÍTULO 10 
PESIMISMO Y OPTIMISMO  


Si se juzga pesimismo la visión descarnada y cruel de la vida, no hay genio verdadero que no sea pesimista. La aparente placidez del mismo Goethe, y la risa burlona de Cervantes, no son más que una máscara bajo la cual apenas ocultan su honda desolación. Amargos y pesimistas fueron Byron y Dante, Leopardi y Edgardo Poe, Baudelaire y Laforgue, Federico Nietzsche y Schopenhaüer. Este último, sin embargo, llevó demasiado lejos el pesimismo pues llegó a convertirlo en un sistema. La beata placidez y el cándido optimismo son propios solamente de inconscientes. El genio tiene un concepto cruelísimo de la vida; ve que toda la existencia se compone de contradicción y de crueldad; sabe que la vida humana es una lucha implacable de la voluntad y del pensamiento contra las fuerzas adversas de la ciega y feroz fatalidad. Comprende que en el hombre se libra una batalla permanente del ángel contra la bestia y con frecuencia es ésta la triunfante.  Desde las altas cimas de su ideal contempla el genio la vida como pudiese observar el naturalista una colonia de insectos. Para él la sociedad es un hormiguero. Ve y abarca el conjunto de la lucha y de los locos afanes, pero sin mezclarse en ellos más que para sufrir con el dolor de los homúnculos. Al comparar con sus ideales el espectáculo de la vida, le parece ésta un infierno. Nadie ha sentido de un modo tan desgarrador como Almafuerte este contraste. Con. un altísimo ideal moral, en absoluto desconocido por su siglo; ajeno a todas las luchas y ambiciones que preocupan y absorben a los humanos, él habita entre los hombres como entre sombras, convertido en sombra él mismo, unido a la existencia solamente por los lazos inmortales del amor y del dolor. El penetra en los pliegues más recónditos de todas las existencias y descubre las vilezas que anidan en cada pecho; ve flotar y envolverle la injusticia y el mal, y triunfar la mentira y el crimen. Baja a los más sombríos antros del infierno social, y se identifica con las más abyectas almas y se siente responsable de los más crueles destinos. Así centellea la ira en sus estrofas, restallantes cual látigos. Rugen enfurecidos sus dolores, como tigres hambrientos en casi todas sus poesías, especialmente en “Incontrastable” y “Trémolo”, en “Vigilias Amargas”, “Mancha de tinta” y “El Misionero”. Apuró hasta las heces la copa del dolor y descendió a las regiones más sombrías del corazón del hombre. Su concepto del mal hállase contenido en estos versos Los hijos de la Sombra y del Prostíbulo, Miente la Compasión, no se redimen, Nacieron con el síntoma del crimen Y el fervor inefable del Patíbulo 1 ^ Y el Mal es mal; lo mísero, lo inmundo. Lo formado de pústulas y lamas Debe rodar al centro de las llamas Para salvar de su contacto al mundo. Tal es el pesimismo de Almafuerte que no es más que la vasta y profunda comprensión de la existencia, la enunciación de la ley kármica. Pero su espíritu no se estanca en este pesimismo; no le abruma la montaña del Dolor. Con sus robustos hombros de Atlante carga sobre sus espaldas ese espantable fardo bajo el cual otro cualquiera perecería. El lo lleva, sin embargo, casi alegremente. Y todavía le resta fuerza bastante para profesar un hondo y potente optimismo. Tiene una ciega fe en el porvenir; en la fuerza evolutiva y ascendente del espíritu humano. Dijérase que posee los hilos providenciales y conoce el fin último a que se dirigen los hechos y sufrimientos de los hombres. Por eso les azota despiadadamente para que triunfen de los instintos y conquisten la soberanía de su ser moral. Y su optimismo es tan grande que recoge y absuelve a los más viles y proclama la inocencia de los reprobos, estimulando a todos los seres a dominar e imponerse sobre sus propios destinos, y a no perder jamás la fe en las propias fuerzas:

"Si te postran diez veces, te levantas,
otras diez, otras cien, otras quinientas.
No han de ser tus caídas tan violentas,
ni tampoco, por ley, han de ser tantas."
...

"Obsesión casi asnal, para ser fuerte,
nada más necesita la criatura,
y en cualquier infeliz se me figura

que se rompen las garras de la suerte.
¡Todos los incurables tienen cura
cinco minutos antes de la muerte!"

_____________________________________


OTROS CAPÍTULOS PUBLICADOS:

CAPÍTULO 1: Datos biográficos de Almafuerte - Idealismo del poeta Pedro B. Palacios.
CAPÍTULO 2: Almafuerte o el genio.

CAPÍTULO 3: Carácter de Almafuerte.
CAPÍTULO 4: Su vida heroica.

CAPÍTULO 5: Almafuerte y los poetas.
CAPÍTULO 6: El poeta de la chusma y del dolor.

CAPÍTULO 7: El poeta del hombre.
CAPÍTULO 8: Filosofía de Almafuerte.

CAPÍTULO 12: La moral de Almafuerte.



EL POEMA " APÓSTROFE " DE ALMAFUERTE ¿ES EXCESIVO? Juicio del Dr. Francisco A. Barroetaveña

APÓSTROFE - de Pedro Bonifacio Palacios (Almafuerte)


21 de febrero de 2014

ALMAFUERTE Y SU POESÍA (CAP 7 Y 8: Detalles de la personalidad de Pedro B. Palacios, por Antonio Herrero)

PEDRO B PALACIOS, ALMAFUERTE, BIOGRAFÍA


CAPÍTULO 7

EL POETA DEL HOMBRE

Pasaron ya los tiempos en que el poeta era sólo
un trovador que narraba las grandes hazañas militares
y los hechos de los viejos cronicones, un
historiador en verso, especie de trompeta de la fama
que sólo tenía tres cuerdas en su lira : las de la
guerra, el amor y el comentario de las costumbres.
El poeta moderno es más complejo, más interior
y más amplio. Canta el amor también, pero no el
de los sentidos, sino un amor más intenso, más
sutil y más amargo. Ha perdido la ufanía ingenua
y la simplicidad del clasicismo. Expresa las inquietudes
y el dolor del espíritu, la duda corrosiva y
la acerba desesperación. Los más representativos
son el prometeico Baudelaire, ese cantor rugiente
de las más turbadoras letanías de la angustia y el
hastío ; el fúnebre y macabro Rollinat ; Laforgue, el
amarguísimo; Verhaeren y Verlaine, hiperestésicos
y Corbiére el funámbulo ; Poe también es un genio
atormentado, devorado por la fiebre de la vida y
explorador de las sombras. Todos estos poetas han
expresado las hondas inquietudes del espíritu moderno.
Pero en ellos el hombre se desvanece ante
la hoguera de las pasiones que les atormenta, ante
el oscuro misterio que les ofusca o el sensualismo
exacerbado que domina en sus obras. Walt Whitman
ha consagrado en sus poesías al hombre, pero
al hombre natural; y más que al hombre al hecho,
a la realidad total del universo.
Ningún poeta ni escritor ha dedicado su obra tan
absolutamente como Almafuerte, a engrandecer y
exaltar al hombre con absoluta exclusión de toda
otra realidad. En los unos domina lo abstracto, la
metafísica o la teología, y en los otros la Naturaleza,
el Sensualismo o el Arte.
Pero en Almafuerte no existía ni la sombra siquiera
de todo esto, en cuanto pudiera aminorar
o sobreponerse al hombre, que es quien domina en
su obra por completo.
El desdeñaba la Naturaleza, despreciaba el Arte,
odiaba el sensualismo y reducía las abstracciones a
instrumento de ascensión humana y de perfeccionamiento
moral del individuo.
El lo ha expresado en una de sus poesías:

"Yo miro el Universo pasar delante
Como a pelusa tonta, sin que me asombre
Soy profeta, soy alma, soy como el Dante. .
¡Yo no siento más vida que la del Hombre!"

Esta ha sido la gran preocupación, la obsesión
exclusiva de toda su existencia. En su acción, en
su vida, en sus poesías y evangélicas, Almafuerte
no ha tenido otro propósito ni ideal que redimir
y elevar al hombre, señalarle el camino de su ascensión
y despertar y afirmar en él rotundamente
la personalidad moral.
El no ha sido, como Darío, el poeta de una aristocracia
intelectual, ni de una casta social; ha sido
el poeta del Hombre. Y como el hombre se halla
actualmente, en su mayoría, confundido en la masa,
sumergido en la chusma, ha descendido al fondo
de ella para volver de allí, vibrante de ira justiciera,
con los puños cargados de verdades, que arrojó violentamente
al impasible rostro impío de esta humanidad pagana.
Y al exaltar y afirmar al hombre no se ha referido
al hombre externo, sino al hombre interior, a
la esencia, al espíritu ascendente y perfectible del
hombre. Porque éste constituye para él la suprema
energía de crecimiento y de elevación moral, el instrumento
de Dios, que lleva a Dios en sí mismo; la
fuerza directriz del universo y creadora del destino.
Casi todos los poetas que han existido son siervos
y adoradores de la Naturaleza a la que toman
por arquetipo. Cual los hombres primitivos, son
idólatras del sol. Siéntense subyugados por el grandioso
espectáculo de la Naturaleza y se prosternan
ante ella. Son ingenuos como niños, o serviles y
retóricos copistas.
Oscar Wilde al rebelarse contra la Naturaleza
se declaraba esclavo del Arte. Porque él tampoco
era un hombre, sino un artista.
Y esta ha sido la más alta grandeza de Almafuerte;
que no fue literato, ni artista, ni poeta ; ni maestro,
ni creyente, ni discípulo de secta alguna.

El ha dicho : "Ser algo es ser esclavo" y declaró que
no aceptaba lo definitivo sino como un corral donde
se le quería aprisionar y empequeñecer; — él ha
sido sencillamente un hombre, un alma violentísima
y apasionada de lo mejor, un carácter durísimo como
el acero; un espíritu integral, abierto a todas las
altas orientaciones humanas, que manejaba su pluma
como un cetro moral y ha grabado con ella las tablas
de la ley del hombre nuevo.
El ha sido un augur sacerdotal de los gloriosos
tiempos futuros, poeta del dolor y del misterio humanos;
profeta y legislador que anuncia y que consagra
el próximo reinado augusto del Hombre.
Almafuerte, por eso, marca el fin del reinado
actual de la Naturaleza, a la cual despreciaba, porque
encarna el ciego imperio de la inconsciencia,
como afirma en estos versos:

"Para mí, la gran Natura,
Por su cielo y por su tierra
Nada dice, nada encierra
Que cautive mi emoción.
Por lo mismo — porque nunca
Ni vacila ni fracasa
Y es eterna y sólo pasa
Por el riel de lo cabal

No la tengo yo por sabia
Como el sabio que la escruta:
Fuerza misma, fuerza bruta
que no sabe adonde va.
Y jamás de los jamases
Me absorbieron las esferas,
Ni el verdor de las praderas,
Ni el desierto, ni la mar,
Ni las aves, ni las flores.
Ni los ríspidos insectos
Serán bien, serán perfectos,
Mas lo son sin voluntad.
¿Quién dirá que la Gioconda
Modeló sus propios labios
Y esos fríos ojos sabios
Que Leonardo eternizó ? . .
Así el sol, así los astros
De más fúlgida apariencia
:
Luminarias sin conciencia
Que dan luz y dan calor.
Nada saben, nada quieren.
Nada buscan, nada inventan;
Ni reforman, ni violentan
Ningún fin, ninguna ley,
Y a pesar de que circulan
Por el éter tan audaces.
Son idiotas incapaces
De pensar y resolver."

Y opone a esa inconsciencia, en estos otros versos,
la luminosa y fecunda conciencia humana
:
"Pero el Hombre, pero el Genio
Más que un sol en el abismo.
Por sí solo, por sí mismo
Marcha mal o marcha bien;
Tiene rumbos preconceptos,
Con sus planes y su equipo
Y ha forjado el arquetipo
Supra excelso de su ser.
Y persigue aquel modelo
Por más leyes que lo impidan,
Por más fuerzas que coincidan
Y le arrastren hacia atrás
Presidiario incorregible
Que la ergástula no arredra
Y en el hierro y en la piedra
Va y escribe : ¡ Libertad !"

CAPÍTULO 8

FILOSOFÍA DE ALMAFUERTE

Su concepto de la Naturaleza y de la Vida
Más que poeta, Almafuerte es un filósofo. Pero
no es, sin embargo, un frío razonador que predique
una doctrina lógica, pues en tal caso no sería
poeta, sino versificador; él es poeta verdadero,
porque las ideas que expresa están cristalizadas
en sentimientos y son nacidas de la intuición. Pero
este sentimiento que en los poetas no es más
que emoción externa objetivada, cuya substancia
ideológica la forman las ideas y conceptos de su
época o de épocas anteriores, en Almafuerte es
una emoción absolutamente interna y personal
fundada sobre conceptos y principios que se
adelantan en siglos a los de su época. La intuición es
en él sabiduría, vasta y profunda sabiduría que,
como la de Jesús, prescinde de todo dogma y de
toda verdad clásica y consagrada, y se convierte
en una fuente de prístino y purísimo saber, exclusivo
producto del espíritu.

Mas no por eso sus enseñanzas son menos
elevadas y profundas. Las más altas tendencias filosóficas
del siglo — Nietzsche, Stirner, Emerson,
Carlyle, Schopenhaüer, James y hasta el mismo
Bergson — hállanse contenidas y superadas en
sus versos, no como seca doctrina, sino como intuición
consciente, hechas carne y realidad en su propia vida.
Justifica así y confirma la afirmación de Peladán,
de que los grandes poetas son los más sabios
de los hombres, y aun ellos son los únicos de todas
las edades que han penetrado el misterio.
Su obra está más allá de la "Crítica de la razón
pura" kantiana. Aunque habla en él la razón, trágicamente,
no es un esclavo de la lógica. Ha superado
el dominio de la razón. Su espíritu se mueve
en el imperio de las realidades trascendentes.
Todo en él es subjetivo, pero de una subjetividad
tan depurada que a su vez se hace objetiva, pues
sus ideas no son personales, ni limitadas, sino humanas
y universales.
El tema casi exclusivo de sus poesías es el ideal
moral en sus diversos aspectos. Disparado hacia
el futuro, colócase en el centro de la evolución humana
ascendente ; y abarcando el conjunto de todos
los ideales y tendencias capaces de elevar al
individuo, reforzar su voluntad, fortalecer su carácter
y depurar su conciencia, arroja sus enseñanzas
como ubérrima semilla sobre el espíritu
humano y fustiga la inercia y el rebajamiento de
los hombres.
Su concepto filosófico del mundo y de la vida
es de una unidad perfecta, dentro de la vastedad
de su conjunto que a veces se manifiesta en contradicciones
aparentes, pero que confirman la unidad
del fondo. El encarna esa cima característica
del genio en que como observa Bovio se unifican
y confunden en uno solo todos los principios más
elevados. Conviene, pues, a su obra, singularmente,
la siguiente afirmación de dicho autor:
"La unidad moral del hombre de genio no es
más que la prefiguración ideal del hombre venidero
en el cual religión, moral y politica, no serán
términos hipócritamente separados, como hoy, como
ayer, como en todo tiempo, en que se ha podido
decir que un mismo hecho es inmoral, pero
es jurídico, es político y aún religioso ! Esta separación
que es fondo de toda maldad humana no
se encuentra en el hombre de genio, a cuya síntesis
no puede escapar la conexidad de los términos
éticos, y no se encontrará en la sociedad ideal
predeterminada por la evolución, que, bajo el
respecto ético es una creciente traducción de la
moral en derecho, de la equidad en religión, de la
justicia en política. La disidencia entre la intención
y el acto no es desdoblamiento psíquico, es
una alienación moral, que se encuentra todos losdías
en el vulgo, pero que es repugnante al genio".
La idealidad de Almafuerte pertenece a la esfera
del conocimiento místico. Pero su misticismo
no es teológico ni metafísico, es humano, o más
bien suprahumano. Para él la fuente del misterio
y la clave del destino residen en el hombre únicamente.
El hombre, en su concepto, no es una
cosa conocida, ni un hecho terminado, como parece
serlo para todos los poetas y aun la mayoría
de los filósofos. Es la síntesis de la existencia y
se halla sometido férreamente a la ley moral que
es la escala por la cual asciende a sus futuros
destinos. Es una fuerza preñada de misterio y en
marcha hacia el porvenir.
A la Naturaleza, por el contrario, la considera
una fuerza ciega, inconsciente y cruel, que crea y
destruye al azar, como la fatalidad viviente:

"fuerza misma, fuerza bruta
que no sabe a dónde va."

Por eso él no canta nunca a la Naturaleza, porque
no es un esteta ni un jilguero, ni se postra
ante dioses impasibles

"Sólo vibra mi salterio
Pensativas notas graves
Yo no sé como las aves
"Saludar al padre sol".
Para mí la gran Natura,
Por su cielo y por su tierra
Nada dice, nada encierra
Que cautive mi emoción.
Yo la siento un mecanismo
Que no piensa, que no fragua

Cual su gas, como su agua,
Que proceden porque sí
Un recurso, un instrumento,
Del propósito divino.
Un vehículo en camino
Con un fin que no es su fin."

Ningún poeta se ha elevado a una concepción
tan alta y tan moral de la vida. Quien se acerca
más a ella es Osear Wilde, aunque no en sentido
ético, al decir que no es el arte quien imita a la
Naturaleza, sino que la Naturaleza imita al Arte.
El concepto que Almafuerte expresa de la Naturaleza
ha sido también expuesto por Peladán
en "La ciencia del amor", al afirmar : "La diferencia
más grande que hay de la naturaleza al hombre
es la de que ella no tiene otro ideal que su
realidad misma, en tanto que el hombre extiende
su pensamiento sin límites : puede elevarse o descender
casi hasta el infinito".

Para Almafuerte la vida es una ascensión que
eleva las fuerzas naturales y las transforma en
fuerza moral. Ella es la que dirige y gobierna el
mundo. La perfección del hombre está en someter
y dominar a la Naturaleza, en superar el plano
de los instintos, viviendo solamente la vida moral,
punto de la evolución que raramente se alcanza.
Esto es lo que afirma el poeta al decir: "Metiéndose
dentro de la naturaleza física, no se hace
camino muy largo ; apenas, sí, el que media entre
la cuna y el sepulcro. Evadiendo la tiranía de los
instintos, se traspasa el límite de la bestia, y se
salva la tumba dejando en ella nada más que lo
que gravita".
Y en este otro pensamiento hállase contenido
sintéticamente su concepto de la evolución y de
la vida.
"Cada acción humana tiene una historia interesantísima:
es el resultado de una lucha incipiente
entre la bestia que quiere ser bestia, porque es
bestia y la bestia que no quiere serlo"
En esa lucha moral por desbestializarse, está
para Almafuerte el objeto y el fin de la existencia.
Tal concepto sobrepasa el plano espiritual del
alma pagana cuya moral era la satisfacción de los
sentidos ; y que hasta ahora no había sido superado;
pues el cristianismo, que es la tentativa más
seria en tal sentido, es demasiado teológico, poco
consciente de sus fines humanos y harto desviado
de ellos, al colocar en el más allá el centro y el
objeto de la existencia.
Almafuerte, en cierto modo, es un continuador
del platonismo. Niega valor a la experiencia y al
testimonio de los sentidos.

"Como chispa fugaz o estrofa trunca
palpita lo absoluto entre los pechos
La verdad miserable de los hechos
no es la misma verdad ni será nunca."

Su espíritu esencialmente sintético es enemigo del análisis:

"El afán del análisis es propio
del imbécil, del pérfido y del niño."

Es, como Platón, sintético, intuitivo, moralista
absoluto, creyente en la eternidad de las ideas y
del alma; ferviente adorador de la justicia y del
bien ; desdeñador del arte ; da un valor absoluto al
pensamiento y al espíritu y sólo el de instrumento
al cuerpo y a la materia; y considera la ética como
la suprema autoridad que rige al universo.
"Todas las cosas existen para el bien y éste es
causa y origen de toda belleza". Tal principio
que es síntesis y base de la filosofía platónica es
también el que anima toda la obra de Almafuerte.
Según Emerson, "Platón es la filosofía y la
filosofía es Platón — gloria y vergüenza a la vez
de la especie humana, puesto que ni sajones ni
romanos han conseguido agregar ninguna idea a
sus categorías".
Eucken afirma también, que la filosofía platónica
es la cúspide de la obra espiritual de Grecia
y una de las más altas concepciones sintéticas de la vida.
Pero Platón es consciente y frío, es inteligencia
pura y poco sentimiento; acepta la esclavitud y
sacrifica el hombre a la abstracción ; es demasiado
asiático, poco individualista y algo dogmatizante;
cierra los ojos a la realidad, oponiendo a
ella sus dogmas; en este último sentido dice Bergson
que nacemos platónicos. Almafuerte es más

violento, más humano, más individualista y nada
dogmático. Acepta libremente la realidad, de la
que extrae sus enseñanzas y no establece más
dogma que el imperio absoluto de la ética.
También están contenidas en la obra de Almafuerte
las teorías filosóficas más representativas
de la antigüedad : la austeridad renunciadora y la
heroica altivez del estoicismo, condensadas en el
lema : "soporta y abstente", que ostentaba aquella
escuela ; el precepto nirvánico del budismo de aniquilación
de las pasiones para llegar a la divinización
del espíritu

"De la más ruin pasión a la más alta
pasan frente de mi sin que yo sepa.
Llegué por fin. Ya estoy sobre la estepa
Donde la sombra de si mismo falta."

Todas, en fin, las más altas tendencias del espíritu
hállanse sintetizadas en la vida y la obra
del poeta.
Pero el pensador que tiene más analogías y
coincidencias con el idealismo de Almafuerte, es
el fundador de la escuela neoplatónica, "el divino
Plotino", de quien afirma Eucken que ha ejercido
influencia en todas las épocas y que hoy en día no
está todavía agotado como pensador original y
puede aún inspirar una obra fructífera.
Plotino es el filósofo que más alto ha elevado
el concepto del espíritu humano. Dividió la realidad
en tres reinos : el de lo subconsciente, lo consciente
y lo superconsciente, correspondientes a las
tres esferas : de la naturaleza, el alma y el espíritu.
Sostenía que hay que liberarse de la sensibilidad,
lo que reclama una purificación del ser,
una vuelta completa de la voluntad hacia adentro.
"No cedamos a las impresiones del medio ambiente
y aceptemos indiferentes lo que el destino
nos depara; paremos con orgullosa altivez, ante
la misma naturaleza y la actitud quejumbrosa de
la masa, como hábiles atletas, los golpes del destino.
Esta purificación de la materia y de los
acontecimientos exteriores es a la vez la entrada
en el reino de la libertad. Está en nosotros librarnos
de la sensibilidad y encontrar la libertad
en el mundo suprasensible".
El grado inferior de la vida íntima es la naturaleza.
Libre, por encima de la materia, está la
vida del alma para sí ; lleva ella misma su fuerza
y también su responsabilidad; no está impulsada
desde fuera, sino que decide por sí misma.
El conocer es replegarse a su propio ser.
Era contrario a la reflexión, como Almafuerte,
a la que oponía el pensamiento creador.
Afirmaba que el pensamiento en su interiorización
máxima se convierte en religión y como
tal domina toda la vida.
Concebía el mundo como una sucesión de círculos,
de jerarquías interiores, a través de las cuales,
"las fuerzas ascienden y descienden y se pasan
los cubos de oro".
Lo sensible, para él, es despreciable en cualquier forma.
Conceptúa que la belleza no puede estar en la proporción,
sino en la victoria de lo superior sobre lo inferior,
de la idea sobre la materia, del alma sobre el cuerpo,
de la razón y el bien sobre el alma. En consecuencia,
el arte no significa para él una imitación de la naturaleza,
sino que ésta imita a aquél. El arte debe construir
una nueva realidad enfrente del mundo sensible que nos rodea.
Lo bello descansa sobre el bien como el valor
por excelencia y no puede separarse de él ; la apariencia
exterior sólo tiene un carácter secundario;
lo bello no nace de la asociación de lo interno con
lo externo, sino de lo intimo y para lo íntimo.
Todas estas ideas que constituyen el fondo de
la filosofía de Plotino, han sido llevadas a su máxima
realización por Almafuerte — sin haberlo
leído, desde luego — y constituyen sólo una parte
de su vasta concepción del hombre y de la vida,
en la que están sintéticamente comprendidas y
superadas las conquistas más fundamentales realizadas
hasta hoy por el espíritu humano.

_________________________________________________

4 de mayo de 2013

ALMAFUERTE Y SU POESÍA (Cap 5 Y 6: Detalles de la personalidad de Pedro B. Palacios, por Antonio Herrero)

ALMAFUERTE Y SU OBRA POÉTICA (Detalles de la personalidad de Pedro B. Palacios, por Antonio Herrero) Capítulos 5 y 6
Almafuerte, Pedro B. Palacios, ruben sada, poesía,

CAPÍTULO 5: ALMAFUERTE Y LOS POETAS

El poeta es un gonfalonero del ideal. Mantiene
viva la llama del ensueño. Inflama y enardece los
espíritus en el soplo sagrado de la Quimera. Es un
Incitador y un Inquietador. Transforma el mundo
visible y substituye la realidad con los sueños de
su mente. Un solo poeta máximo basta para dar a
un pueblo el don de la inmortalidad; asi Homero a
la Grecia; Dante a Italia, y a Inglaterra, Shakespeare.
El poeta más completo que ha existido es Goethe;
es un hombre integral que abarca los dos polos
opuestos de la vida; es armónimo, sereno y fuerte.
Pero su espíritu es frío como un témpano, y aun
cuando parezca arder a veces, como en Werther,
es sólo cerebralmente y por motivos personales. Es
un hombre todo inteligencia y sentimiento consciente,
mas sin sentido moral. Es un plácido burgués
que admira a la aristocracia y adora las jerarquías
y distinciones sociales ; que juega con el mundo de
las ideas y tras de gozar la vida, se entretiene en
descifrarla, como a un enimga. Es una abeja griega
que sabe extraer de la vida y del dolor la dulzura
y la poesía. Intensifica y eleva el espiritu, pero
le aisla y le acorcha en su mundo interior.
Dante, por el contrario, es el poeta del dolor, del
amor y la bondad. Con hondo sentido trágico penetra
en las entrañas de la existencia y anatematiza el
mal y sepulta en el infierno a los malvados. Pero
es un poeta teológico, es ideológicamente un lacayo
del catolicismo, del cual ni por un instante se emancipa.
Y solamente condena la maldad clásica;
al juzgar el bien y el mal se atiene a los valores consagrados,
a los cánones establecidos. No descubre
nuevas zonas de la vida del espiritu, ni señala nuevos
rumbos. Y tiene mucho de hiena versificando en
las tumbas, según le llamara Nietzsche. Hay en su
alma el odio y la pasión implacables de los italianos.
Shakespeare es un demiurgos. Por su linterna
mágica pasan agigantados los hombres y los héroes.
Nos muestra un mundo más grande y maravilloso
que el real, aunque realísimo también, magnificado
por el soplo de lo infinito. Pero si bien sobrepasa
el mundo externo, no sale jamás de él. Apenas si
entrevé el mundo moral, que solamente llega a plantearse
en Hamlet como un problema, como pavoroso
enigma de la esfinge, la cual devora al héroe.
Homero fue sólo un niño, un niño gigantesco,
hechura del alma griega, y al igual de ésta, puro,
equilibrado y grandioso; pero jamás sospechó los
trágicos dolores de la vida interior, que son el
patrimonio de la existencia moderna y que entonces
se desconocían ; él fue, pues, el poeta de la epopeya
exterior.
Modernamente, el alma se ha complicado más,
se ha desdoblado e intensificado ; ya encarnan ese
matiz, prometeico y sufriente, Byron, el epicúreo
atormentado, que medita y blasfema en "Manfredo"
y "Caín" ; Hugo, el profeta lírico de la democracia,
fustigador de tiranos, sublime y superficial ; Baudelaire,
el satánico ; V'erlaine, el exquisito sensualista;
Rollinat desesperado, y Laforgue sutil ; y más que
todos Poe, el genio del Misterio, de lo Abstracto y
de la tortura interna.
Estos poetas encarnan la tensión violenta del
espíritu, la exasperación del alma que se agita en
la duda y el vacío ; pero a excepción de Víctor Hugo,
carecen de ideales y de ley moral, no aman el
porvenir y desdeñan al hombre ; no creen en el
progreso ni en la ascensión humana, ignoran el sufrimiento
de la masa social y sus ansias de justicia y de liberación.
Víctor Hugo, que al decir de Pío Baroja, constituye
la vulgaridad más exquisita, es un genio del
lirismo ideológico y sentimental, mas no aporta ninguna
nueva idea al espíritu humano, ni encarna ni
concibe un ideal definido de superación humana.
Es un panideísta y un panteísta. Carece, mentalmente,
de la facultad de síntesis y de selección. No
profundiza ni soluciona ningún problema interior.
Como una reacción violenta contra el
auto-ensañamiento interno de los decadentes, aparece en Norte
América Walt-Whitman, el homérida de la epopeya
individual, que consagra y santifica todos nuestros
impulsos y sentimientos, que despierta y fortalece
nuestro instinto. Este poeta significa la exaltación
del hecho y la glorificación del esfuerzo humano,
sea cualquiera el aspecto que presente y el
camino que tome. Es una bestia que piensa y canta
con cabeza de hombre, sin renegar en ningún instante
de sí mismo. Es como Ibsen, un exaltador de la
voluntad humana, y como Nietzsche, un apologista
del instinto. Pero también, como ellos, y tal vez aún
más que ellos, desconoce la moral.
En nuestro mundo hispano-latino aparece últimamente
esta evolución interna hacia la poesía subjetiva,
rezagada como siempre. El primero de todos
fue Darío, el exquisito creador de bellezas interiores,
el ruiseñor de la forma, de mentalidad cristiana
y de espíritu pagano. Después siguieron otros: Juan
R. Jiménez, los Machado, Carrére, Villaespesa, Herrera
Reissig, Lugoncs y, sobre todo, el aristócrata
del verbo, el genial Valle Inclán. Pero estos, más
que poetas en el alto sentido de esta palabra, son artistas,
son juglares; no cantan el dolor universal,
sino su propio dolor ; padecen un incurable provincianismo.
El más noble y elevado de todos estos es
el austero Antonio Machado.
En el ambiente moralmente achatado de Hispano-
América, Almafuerte ha pasado casi inadvertido
para las gentes de letras, quienes, en cambio,
rindieron homenaje y erigieron en pontífices a Darío
y a Rodó. Ambos eran preciosistas del lenguaje y
expresaban las modernas inquietudes como maestros
del idioma. Pero ninguno de ellos aportó una nueva
idea a la evolución humana; y sin que ello signifique
desdén hacia su obra, ni menoscabo de sus
talentos, puede afirmarse que al lado de Almafuerte
eran dos intelectos de salón.
Recientemente en España entablóse una polémica
sobre el respectivo mérito, como poetas, de Darío y
Almafuerte, en la que sostuvo Julio Cejador la superioridad
de este último sobre Darío. Desde el punto
de vista puramente artístico, y considerando el
arte, según quiere Oscar Wilde, como absoluto predominio
de la forma, Rubén Darío es el maestro insuperable
del idioma poético moderno; pero como el
arte es transitorio, y lo único imperecedero es el
ideal, Almafuerte vivirá a través de los siglos, "proyectando
su luz como los astros", mientras Rubén
Darío quedará relegado a las antologías, como un
hito indicador de la iniciación de una nueva era en
la poesía castellana y como el representante de una
época de transición en la permanente evolución ascensional
del espíritu.
Almafuerte apenas tiene de común con todos los
poetas ya citados, más que el haber escrito en verso.
Por eso él ni los nombra; sólo una vez menciona
al Dante, que es quien más se acerca a él por
su misticismo humano. Los poetas, en general, son
siervos de la Belleza; ella es su becerro de oro. Son
borrachos del vino de la emoción. Y como sus emociones
son ante todo estéticas, ellos son estetas puros.
Para ellos la moral carece de sentido, o si acaso,
lo tiene secundario ; y sólo llegan al bien por el camino del arte.
Almafuerte representa el polo opuesto; a él no
le interesan nada el arte y la belleza por si mismos.
Pocos han sido los genios que hayan llegado
a esa altura de predominio moral. Tolstoy también
profesaba ese principio, pero era por ascetismo religioso.
Carlyle, que quizá era el genio más afín al
de Almafuerte, expresaba una vez algo semejante,
dirigiéndose a Emerson : "El arte es una ilusión . . .
Un día vendrá un arquitecto que consultando tan
sólo la hosca necesidad dirá a los hombres : "Voy a
construir un ataúd para los muertos seres que sois
y los muertos propósitos que albergáis; pero carecerá
de todo adorno".
Almafuerte desdeña la belleza y cierra los ojos
voluntariamente ante los encantos de la maga naturaleza;
no porque sea incapaz de comprenderlos, ni
carezca de sensibilidad, sino porque para él tan sólo
existe el dolor y la angustia de los hombres, y la
moral que es el hilo de oro por el cual ascienden
éstos a la cima de su redención, emancipándose de
la bestia que hoy les gobierna y esclaviza.
Ningún poeta ha visto jamás tan claro como Almafuerte
este problema moral: la necesidad en que
se halla el hombre de redimirse de la naturaleza y
conquistar su ser moral, forjando, como él dice,


"la sublime segunda naturaleza."


Almafuerte, en realidad, es el primer poeta que
predica y encarna la doctrina redentora de Jesús.
El cristianismo que otros han cantado y han prescripto,
era, más que cristianismo, teología; y residía
en la cabeza, pero no en el corazón; era dogma
en vez de ser espíritu.
El mismo León Tolstoy, más que un cristiano, era
una conciencia perturbada que, en su profunda desorientación,
asióse al Evangelio como el náufrago a una tabla.
Almafuerte comprendió que las ideas no son las
que modifican a los hombres; pues igual que los paganos
quemaban a los cristianos primitivos, los cristianos,
después, quemaron a los herejes. Lo que únicamente
puede modificar y elevar al hombre es el
sentimiento hecho conciencia, y esto es lo que él
cultiva y educa en toda su obra.
La esencia del cristianismo que Almafuerte poseyó
tan hondamente es el espíritu de altruismo, de
tolerancia y justicia universal que empieza por aplicarse
a los siervos y los tristes, los caídos y los reprobos;
y es, sobre todo, el imperio de la vida moral
e interior sobre la externa y natural.
Y no sólo Almafuerte fue cristiano, sino que supera
el cristianismo. El no se consideraba santo y
puro; no hacía de redentor y de pontífice; se humillaba
y prosternaba ante los viles y abyectos y se
erguía con altivez ante los grandes. Así lo expresa
en "El Misionero"
:

"Yo miré con espanto al miserable,

Con el espanto del Caín primero,
Cual si yo — ¡ pobre sombra ! — todo entero
Fuese de su miseria responsable.
Yo veneré genial de servilismo
En aquel que por fin cayó del todo
La cruz irredimible de su lodo.
La noche inalumbrable de su abismo."

Almafuerte no fue, como Jesús, un aristócrata.
Descendió hasta lo más hondo de la Chusma, cual si
él fuese más vil que todos ellos, llevado por su amor
trágico ; no con el fin de evangelizar, sino de fraternizar.
Así lo declaraba al afirmar
No soy el Cristo Dios que te perdona,
Soy un Cristo mejor; soy el que te ama
Esto demuestra lo vano y limitado del concepto
que enunció Alfredo Palacios al definir a Almafuerte
como poeta bíblico. Lo era, sí, por su tono apocalíptico;
pero su moral contiene tres o cuatro mil
años de evolución posterior y superior a la de la Biblia.
Los poetas argentinos han permanecido, como
es lógico, ajenos a la influencia de Almafuerte. Un
genio de tal índole se adelanta en varios siglos a su
época. Sus coetáneos apenas se enteran de que existe.
Por otra parte, es posible imitar o plagiar al ruiseñor,
mas no se imita el rugido de un león ni se
plagian los estruendos del volcán.

Así la poesía argentina sigue su evolución, que es
la hispano-latina en general. Se imitan y recogen
las enseñanzas de Darío y de los franceses decadentes.
Son los vates argentinos poetas de intimidad
y de dulcedumbre, un poco amanerados y femeninos.
Entre los poetas argentinos de la nueva antología
destácanse los siguientes : Arrieta, el más correcto
y vulgar, el más adaptado al gusto de
un vulgo bien educado; Amador, parisino y modernista;
Bravo Mario, proletario y sentimental; Carriego,
sutil y sugerente; Delheye, el más eufónico
y musical, el más fino rimador; De Diego, original;
Fernández Moreno, amable; Federico A. Gutiérrez,
ironista y rebelde, original y libre; Ghiraldo, el
anarquista; Lugones, el más fuerte y personal, renovador
e ideólogo, pero algo extravagante y poco
moralista : Marasso Roca, armonioso y razonante;
Mendióroz, elegante, demasiado elegante, y
Ugarte y Rojas, que son muy poco poetas, aunque
regulares rimadores.
El poeta más fuerte de esta generación es Arturo
Vázquez Cey, a quien por lo mismo se le aisla;
espíritu idealista y metafísico que tiene una concepción
propia del mundo, es el único, también, que
al igual de Almafuerte, aunque en forma distinta,
hállase penetrado de un profundo sentido moral.
No hay que decir que Almafuerte no ha sido
comprendido por la crítica. No habría él estado tan
alto si se hallase al alcance de los críticos. El dictador
del cenáculo "Nosotros", señor Roberto F. Giusti,
descalificó al poeta, como es justo. Ya que no
puede aspirar a la gloria de Homero, se apropia la
de Zoilo. Más y Pi fue quizá el único que si no interpretó
al poeta íntegramente, al menos lo admiró
cual merecía. José de San Martín le dedicó un
estudio en sus "Profetas locos" que tuvo la virtud
de indignar al poeta. Escrito en un estilo vargasvilesco
y disparatado, no se sabía si en él elogiaba o
insultaba al autor de "La inmortal".
Los dos más grandes admiradores, entusiastas,
conscientes y sinceros, de la obra del poeta, entre
los intelectuales, son el doctor Francisco A. Barroetaveña,
presidente de la Comisión de Homenaje Nacional
a Almafuerte y autor de varios artículos elevados
y fervientes en defensa del mismo, y el doctor
Victorio M. Delfino, quien en las diversas conferencias
que ha consagrado al estudio y difusión de las
altas creaciones de este vate profético, ha hecho plena
justicia a su grandeza, con el cariño y el entusiasmo
propios de un generoso y elevado espíritu y que tanto
repugnan y aun indignan a los seres mediocres, siervos
y cortesanos de la pálida Envidia.
Los demás profesionales de la pluma han pensado
más o menos como el crítico incipiente, con arrestos
de filosofoide, que desde esa tribuna vulgarizante
que se llama "El Hogar" injuriaba la memoria del
poeta tachándole de inculto por el hecho de no ser
pedante como él, y afirmando con descomunal aplomo
que no se puede juzgar que Almafuerte haya
sido un gran poeta hasta que no lo haya demostrado
alguna autoridad académica ! ! .

CAPÍTULO 6

EL POETA DE LA CHUSMA Y DEL DOLOR


Podría haber sido Almafuerte un poeta nacional,
cantor de glorias, de damas y de próceres, amable
y grato a la crasa aristocracia del oro. Entonces
se habría visto agasajado, favorito de la prensa y
los círculos sociales y glorificado en vida. Pero él
no era un amante de la gloriola, de la vida galante
ni del lujo. Amaba solamente el bien del hombre
y anhelaba el más alto destino de justicia y de grandeza
ideal para su patria.
Así, prefirió arrojarse al mar embravecido del dolor
y elegir para su musa la Chusma sudorosa y maloliente.
Era ése el destino impuesto a su alma formidable.
Porque él era un titán entre pigmeos. No
podía revolverse en los salones ni doblegar su corazón
homérico a cumplidos y mentiras. Estallaba su
sinceridad con la violencia del rayo. El sólo podía
vivir entre la inocencia y el dolor, entre los miserables
y los niños. No le interesaba nada en el universo
salvo el sufrimiento humano.
Él lo ha dicho genialmente en sus estrofas:

"Como las vibraciones de un necio ruido
ni Wagner, ni Rossini me dicen nada,
pero si por acaso gime un gemido...
¡ me traspasa las carnes como una espada I
Cargué la Cruz sobre mi espalda recia
Con la fé de un jayán de ardientes nervios
Y aquella Cruz no es carga de soberbios...
¡ No es un deporte olímpico de Grecia !"

Nadie penetró jamás tan hondamente como el autor
de "El Misionero" en el abismo espantoso del
dolor. Porque él no era un literato que analiza las
almas fríamente como en un laboratorio y descubre
y expone sus lacerias. Era un explorador del alma
humana que se hundió en la selva virgen del sufrimiento,
abrasado por el ansia de aniquilar el mal y
de calmar la angustia de sus hermanos o de hurgar
en sus llagas para excitar en ellos el deseo de curarlas.
Él lo ha dicho también en una de sus conferencias
en el Odeón: "dijo que su musa era una musa extraña,
poco amada de los poetas modernos ; ella era
el amor al bien de los hombres, el amor al hombre
mismo. Y como el hombre mismo — agregaba — no
es otra cosa que un haz vibrante, que un manojo
ardiente de dolores, mi musa es la musa del dolor,
tiene que ser la musa del dolor".
Esa fue la inagotable fuente de energia en que se
inspiró el poeta. En ninguna obra humana, ni siquiera
en el impío y anticristiano infierno dantesco
que parece todo él una maldición gitana, o venganza
calabresa, canta y ruge el dolor universal tan
desesperadamente como en toda la obra de Almafuerte.
Porque él no pinta un dolor externo ni canta sus
dolores personales, aun hablando de sí mismo. Expresa
solamente el trágico dolor que es la esencia
misma de la existencia. No es como Verhaeren, con
quien se le ha comparado, un torturado neurótico
que mira la existencia y la describe a través de su
alma perturbada de refinado hiperestésico.
Almafuerte es un alma equilibrada y pura cuyo magno
corazón sufre con el dolor de toda la humanidad.
El no siente dolores personales, más que aquellos
que brotan del alma universal. Es él mismo el Cristo
negro, santo hediondo, Job por dentro, vaso infame
del dolor, de su "Dios te salve";

"el que aguanta en sus dos lomos
como el peso indeclinable,
como el peso punitorio de cien orbes, de cien siglos,
de cien razas delincuentes."

No existe en toda la literatura una poesía de moral
tan alta, y tan profunda psicología, como ésa
en que se ha volcado todo el secreto del alma atormentada
y formidable de los Redentores y los Cristos.
La gran pasión de Almafuerte, su ídolo más querido,
a quien consagró lo más intenso y hondo de
sus poesías y también sus más rudos apostrofes, fue
la "Chusma sagrada", en cuya tosca alma enorme,
él esculpió la excelsa figura del superhombre futuro,
luchando contra Dios que la moldea.
Y esto no lo realizó en la poesía solamente, como
algunos poetas populares que aún cuando cantan
al pueblo se alejan de él y hasta lo reniegan, sino
con su vida misma, debatiéndose en medio del barro
humano, amasando con las manos de su espíritu
el alma informe de los miserables para forjar un
alma mejor.
Tal obra es superior a la realizada hasta hoy por
los poetas, cuya bestia negra fue precisamente el
pueblo, porque las finas manos ducales y femeniles
de los portaliras no se humillaron jamás a estrechar
las manos puercas y callosas de las almas de
combate, de los hijos del trabajo y del dolor, ni
menos se atrevieron a palpar las fétidas lacerias y
la trágica sarna de la Chusma, por miedo de contagiarse,
Ningún poeta pudo hasta hoy decir con Almafuerte:

"Como madre sensual dejé mi beso

Sobre cada bubón de los leprosos
Y aquellos besos... ¡ ah ! son espantosos,
¡ Pudren hasta la médula del hueso !"

( CONTINUARÁ)...

Con tu visita yo vibro./ Tu regalo apreciaré,/y te obsequiaré mi libro/ si me invitas un café.

Invitame un café en cafecito.app