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ORACIÓN FÚNEBRE A ALMAFUERTE

muerte de almafuerte poeta, pedro b palacios,


ORACIÓN FÚNEBRE A ALMAFUERTE

-Pronunciada en la muerte del poeta ante un público invisible-

Señores:
Ha muerto el poeta del Hombre. Se ha sumergido
'en la sombra, para siempre, aquella lira inmortal.
No hay un hecho más trágico y sombrío
para el espíritu que este súbito aniquilamiento de
una de esas montañas de Dios, de esos focos solares
de la conciencia humana que habían encadenado
en su palabra al tiempo y parecín destinados
a la eternidad.
Ello nos da una tremenda evidencia de la muerte,
que parece en tal momento rozarnos el corazón con
su ala yerta. Y es que cada vez que muere una de
estas cimas muere también algo dentro de nosotros
mismos. Parece a nuestra conciencia que en la
caída de estos gigantes debiera vestirse de luto la
Naturaleza entera. Sin embargo, el Universo no se
conmueve, y aun a veces ni siquiera se constrista
ni se entera la inculta humanidad.
Así ha muerto Almafuerte, calladamente, como
se abisma un astro en la noche; circundado de sombra
y de silencio. Un joven amigo suyo que le asistía
me ha contado sus últimos momentos, tan solemnes,
tan graves y tan puros como lo fueron moralmente
todos los actos de su vida. Aunque estaba
muy enfermo, nadie sospechaba su fin próximo;
cuando, hallándose un momento solo con él, este
joven observó que las lágrimas se deslizaban por las
mejillas augustas del poeta. Inquirió alarmado el
joven y Almafuerte le tranquilizó; indicóle que alejara
de su lado a sus otros amigos que le cuidaban
y se quedase solo con él. Entonces le habló grave y
serenamente como lo puede hacer sólo un alma
olímpica en estos instantes únicos de suprema tristeza.
Le anunció que iba a morir dentro de pocos
minutos; y le confió sus pensamientos íntimos, su
testamento privado. Y cuando le hubo expresado
su voluntad póstuma, despidióse de él diciéndole con
estoicismo sublime: "Ahora déjame solo que voy a
morir". Salió el joven de la estancia y al trasponer
el umbral miró de nuevo al poeta y observó que
éste elevaba la vista a las alturas y después abatía
sobre su pecho la soberana cabeza que había albergado mundos.

De este modo penetró Almafuerte en el reino de
la Nada, con la triste, serena impavidez de Sócrates y de Cristo.

Almafuerte, señores, no es un poeta en el sentido
literal de la palabra; y sobre todo no es un artista,
a pesar de la belleza que resplandece en sus obras.
Almafuerte es más que artista y que poeta: es un
Profeta, un Apóstol, un fundador de religiones. Su
rango no es el de Shakespeare, ni el de Goethe, ni
el de Dante y Homero. Su rango está entre los padres
de los pueblos y las civilizaciones : está entre
Budha y Orfeo, entre Moisés y Jesús. El no ha formado
sectas ni capillas, pero ha fundado una religión
tan alta y aún más alta que las anteriores : la
religión de la Humanidad, la religión del Hombre.
Almafuerte no ha cantado la belleza, ni el amor
humano; ni los hechos exteriores, ni la vida transitoria.
Almafuerte ha cantado solamente lo que
hay de eterno en el hombre, lo inmortal y lo divino
de la vida humana; la ley moral que es el centro y
la razón de ser de los orbes.
Todos los poemas de Almafuerte, son himnos religiosos,
honda y sobrehumanamente religiosos, donde
resplandece como un dios el hombre interno y
dicta su pragmática celeste "la sublime segunda naturaleza".
Pero el misticismo de Almafuerte no ha sido la
abstracción que se cierne sobre el hombre, como
nube de incienso, y le envuelve y le ofusca el espíritu,
ocultándole los cielos infinitos de su alma; su
religión no está hecha de dogmas que amojonan y
cercan el reinado interior, cerrándolo al universo circundante.
Su religión y su misticismo arrancan de lo más
hondo de las entrañas mismas del ser, y se remontan
a los espacios y se extienden a todo el Universo;
se dilatan en las lejanías más remotísimas e inescalables.
No es el suyo, tampoco, un idealismo amasado con
nardos e ilusiones, forjado en plácidos limbos e
inconsciente de la realidad, como lo son casi todas
las ideologías de los poetas y los ensueños de los redentores;
la idealidad de Almafuerte, por el contrario,
es un ímpetu loco de ascensión, es un ansia
abrasadora de pureza, es una sed rugiente de divinidad y de alas.
Pero él no desea jamás la redención para sí: la
quiere para la chusma, para el caído y el reprobo,
para el mísero y el vil, para el más ruin y más triste
de los hombres. Y al hacer esto Almafuerte no trata
de redimirse y enaltecerse a sí propio, por la caridad
y el altruismo, como lo hace, en realidad, el espíritu
cristiano : es que rompe y desgaja por estrechos, los
raquíticos moldes de la humana justicia, es que corrige
los códigos de una inicua moral utilitaria, es
que reforma el mundo ; es que abre de par en par
las puertas de los cielos para todos los hombres, a
la vez que azota a éstos con los trallazos más duros
y las más rudas violencias de su alma, para que
despierten del letargo de la bestia y emprendan su
ascensión hacia las cumbres, "el viaje supremo del
vientre a las alas".
Yo comprendo, señores, que mis palabras vais
a juzgarlas osadas y desmedidas; y que hasta me
haréis, quizá, el honor de motejarme de loco,
arrojándome, así, sin merecerlo, este vocablo ya sacramental,
por haber rebotado tantas veces sobre la
testa jupiterina de los inmortales. Pero en honor al
maestro y a vosotros mismos yo os debo decir ahora
mi pensamiento integral sobre el Poeta.
Debo deciros y os digo que mi convicción más
honda, que mi concepto más íntimo, que lo que yo
palpo y veo con las manos y los ojos de mi espíritu
y mi alma es que Almafuerte es el hombre más
humano, el más grande rebelde y el demócrata más
puro que ha existido jamás; que ante la obra de
Almafuerte se borra como una sombra la antigua
sabiduría y comienza una nueva civilización
.
Ningún espíritu, hasta el presente, había entrado
tan hondo como él en la conciencia humana; ningún
otro había bajado a los profundos abismos del corazón
del hombre; nadie como él había penetrado
en las entrañas de la humanidad, para barrer de allí
el fango y recoger las perlas, y fulminar y domar
los tiranos y los monstruos con la audacia y la fuerza
de un Hércules moral.
Nadie tampoco, jamás, como Almafuerte, se rebeló
contra todo despotismo : ya fuese el de la ciencia
o el de la ignorancia; ya partiese de la chusma
o del "Dios adusto y frío como el capataz de una
cuadrilla de camineros" ; ya fuese la tiranía de la
opinión, o la del César ensoberbecido que pretende
someter al mundo.
Nadie, en fin, como Almafuerte, se sumergió entre
los parias y los hambrientos, unió su vida y su
suerte a los miserables, renegó de toda cumbre que
no fuese una cruz, e hizo "como los bueyes, mutualidad
de yunta y compañero" con todos los aherrojados
de la tierra.
No encontraréis en la literatura o la poesía, ni
aun en las más altas cumbres del espíritu humano,
un ejemplo tan grande de humanismo; de bondad
desbordada, rugiente y palpitante ; de renuncia de
todo privilegio; de absoluto y silencioso sacrificio;
de fulminación contra los Césares; de infinito desdén
por toda aristocracia, aun inclusa la del genio.
Sus palabras contienen una moral y un idealismo
desconocidos hasta el presente para los hombres.
Se encierra en ellas el germen de un nuevo ideal
y los cimientos morales de una humanidad futura;
en la cual no serán, como hasta hoy, quimeras irrealizables
o vanas sombras equívocas la justicia, el
amor y la libertad; esa excelsa trinidad de la conciencia
humana, tan ensalzada teóricamente cuanto
en los hechos escarnecida.
Depositad, pues, en vuestros pechos, las palabras
de Almafuerte ; enseñad a vuestros hijos, como la
oración más pura, como el verbo de Dios mismo,
los cantos y evangelios del poeta, y en el fondo
de vuestra alma sentiréis germinar y florecer una
nueva y más perfecta humanidad.

ANTONIO HERRERO.


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