25 de marzo de 2018

LA YERRA HUMANA (del payador Carlos Molina)

Víctor Cristino Larrosa
Víctor Cristino Larrosa. Foto real del damnificado, sobreviviente de la yerra humana

LA YERRA HUMANA

(Relato, del payador Carlos Molina)

“Víctor Cristino Larrosa”,
de esta vida es lo que queda,
el nombre, que es como un símbolo
una roja herida abierta.
Víctor Cristino Larrosa
es un mártir de esta tierra,
más mártir que el Nazareno
de la lejana leyenda.
A Jesús le ungió los pies
el llanto de Magdalena,
y una mano de mujer,
una mano blanca y tersa
como un leve roce de alas,
como se sedosa guedeja,
puso un halo de ternura
en su blanquísima testa.

Víctor Cristino Larrosa
es hijo de mujer negra
y su piel es del color
oscuro, como la tierra.
Siendo su madre la peona
anduvo como una jerga.
Tiritó en sus noches largas
con la perrada pulguienta
que lamían fraternales
las interminables grietas
de sus pies acribillados
por la escarcha cuchillera.

Siendo el gurí de la peona,
también fue peón a la fuerza,
su sueldo se lo pagaba
la lonja de una azotera.
Él era útil pa' todo,
nunca le hizo cara fea
ni a los trabajos más fieros,
ni a las más sucias tareas.
Era pa’ arrear los terneros,
pa’ picar y alcanzar leña,
pa' los mandaos del boliche,
pa' pastorear las ovejas,
pa' aprontar el mate amargo
con suma delicadeza
y el dulce de la señora
habiendo gente de afuera,
que en las familia pudientes
es de elegancia una muestra
“tener a un negrito chico
haciendo estas menudencias”.

Pero ¡Ah...! Dice la patrona,
“tiene también sus problemas,
porque esta es gente muy mala,
muy ingrata, muy perversa,
después que los hace gente
los educa, los enseña,
¡cochinos! dan con la pata
por única recompensa.

Víctor Cristino Larrosa
tan sólo once años cuenta
y llena sus grandes ojos
el agua de la tristeza.
Suele sentirse feliz
cuando la tarde silencia,
entonces viste el crepúsculo
de azul oscuro las sierras.
Cuando su barril panzón
en el agua limpia y fresca
le redondea su carita,
carita color de tierra,
juega a que le sonríe
la imagen que allí contempla
y en sus blanquísimos dientes
la ternura centellea.

¡Ay! Al peoncito de Leoncho
negros peligros le acechan.

Es otoño, tiempo fresco,
cuando la mosca ralea,
el tiempo en que el estanciero
se decide a hacer la yerra,
pues siendo el clima templado
se evita la gusanera,
que casi siempre el patrón
es celoso con su hacienda.

Hoy despertó la mañana
en la fronda barullenta
y una algazara de pájaros
estalló desde la selva.
Era la vida bullente
sobre la natura inmensa,
la que incesante transforma
destruye, construye y crea.

Ardiendo están los fogones
que con sus rojizas lenguas
parecen escupir chispas
como una lluvia de estrellas.
Ya empezó la fiesta bárbara
del músculo y la destreza,
y en la fragua del instinto
arden pasiones siniestras.
Como serpientes con alas
los lazos que zigzaguean
van describiendo en sus círculos
un presagio de tragedia.
Lejos, allá en el rodeo
muge doliente la hacienda,

¡Ay! Al peoncito de Leoncho
negros peligros le acechan.

El halcón enrosca víboras
en las oscuras molleras
y al patrón se le ha ocurrido
hacer distinta la fiesta
marcando una res humana...
¡que eso sí sería una yerra!

¡Ay! Cristino, niño negro,
implume pichón que tiemblas
y en tus pobres once añitos
arrebujas tu inocencia.
¡Ay! Que nueve hombres fornidos
tu pequeño cuerpo aprietan
y que una marca candente
se hunde en tu espalda morena.

¡Ay! Tu carnecita niña
que el fierro brutal la tuesta.
¡Ay! Que aún sigue tu martirio,
que allá en la vieja manguera
te van a atar sobre un potro
de una salvaje imponencia
y reatarán tu pequeño
sexo que está en florescencia.

¡Ay! Ya castraron tu vida.
¡Ay! Ya segaron tu estrella.
Galopes contrabandistas
redoblando entre las sierras,
dicen que Pancho Cardozo
llega a la estancia siniestra
cuando están por culminar
en la fatídica yerra.
Y hay una voracidad
como de fauces abiertas,
la fosa en que enterrarían
al mártir flor de inocencia,
dolor flotando en la noche
de la anónima tragedia.

Pero es que Pancho Cardozo
es hombre de sangre entera,
y salva a su niño mártir
que hoy anda solo en la tierra,
como un clamor de justicia,
como una viva protesta,
frente a la cobardía humana
que paraliza su lengua
pues las leyes no castigan
a la canalla opulenta.

Pero ante Pancho Cardozo
que no es de arriar con las riendas
huyen las nueve alimañas
por las escarpadas sierras
con la cobardía en el traste
donde tendrían la conciencia.
Y sólo Pancho Cardozo
junto a su niño contempla
el cielo, que sigue mudo
con profunda indiferencia
y la estúpida frialdad
de las lejanas estrellas.

Autor: Payador Carlos Molina (Uruguay)