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BREVE HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

"Arcipreste de hita, en Segovia, España"

ORÍGENES


El primer monumento de lengua castellana es un poema épico, un cantar de gesta llamado Cantar de Mío Cid o Poema del Cid, libro de origen juglaresco formado por una serie de relaciones heroicas referentes a la vida del gran guerrero español, símbolo de las virtudes raciales. Fue escrito allá por los años de 1140 y es atribuido a un juglar de Medinaceli, ciudad entonces fronteriza. Otros cantares de gesta contemporáneos o inmediatamente posteriores constituyen el primer acervo de la poesía española.
Después, los poetas se dividen en dos grupos o tendencias. Uno de ellos decididamente popular, juglaresco, de verso ligero y tema liviano, que forma el llamado Mester de Juglaría, y otro, integrado por poetas cultos, generalmente clérigos, que constituye el Mester de Clerecía, y que se caracteriza por el uso de una estrofa llamada tetrástrofo monorrimo alejandrino. Entre los más notables poetas del Mester de Clerecía están Gonzalo de Berceo, nacido a fines del siglo XII, y autor de varias obras religiosas y hagiográficas, entre las que sobresalen la Vida de Santo Domingo de Silos y Los Milagros de Nuestra Señora. También Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, que murió a mediados del siglo XIV, y a quien debemos el Libro de Buen Amor.

ROMANCEROS Y CANCIONEROS


Paulatinamente se va formando un gran conjunto de obras, en su mayor parte narrativas y breves, que trata en poesía de temas heroicos, históricos, legendarios y amorosos, y que constituyen el acervo cultural más importante de la épica castellana: El Romancero. Junto a este caudal anónimo se van integrando diversas colecciones de poetas conocidos, trovadores muchos de ellos, y que forman los llamados Cancioneros, Entre los poetas que figuran en estas colecciones, están Juan de Mena, autor del Laberinto; Don Iñigo López de Mendoza, Marqués de Santillana, famoso sobre todo por sus encantadoras Serranillas, y el gran Jorge Manrique, que ha quedado como una de las primeras figuras en los anales de la poesía universal por sus admirables Coplas a la Muerte de su Padre. Otros poetas de los cancioneros son Alfonso Alvarez de Villasandino, Gómez Manrique, Juan del Encina, Antón de Montoro y Juan Rodríguez del Padrón. En cuanto a los romances, estos han sido clasificados por la crítica y en especial por Menéndez y Pelayo, en varios grupos o ciclos, entre los que citaremos los más importantes:
1) Romancero del Rey Don Rodrigo y de la Pérdida de España.
2) Romancero de Bernardo del Carpió.
3) Romancero de los Siete Infantes de Hará.
4) Romancero del Cid.
5) Romancero Bretón.
6) Romancero Carolingio.
7) Romancero Morisco.
8) Romancero Fronterizo.
9) Romances Líricos.
10) Romances Novelescos.

EL RENACIMIENTO Y LA EDAD DE ORO


En la época de Carlos I, el Emperador, se inició una disputa literaria entre dos "bandos poéticos". Uno de ellos, capitaneado por Cristóbal de Castillejo, defendía los metros medievales y basaba en el verso octosílabo la característica de la expresión poética del idioma castellano. Por otra parte, estaban los partidarios de la introducción del verso italiano -el endecasílabo- en la poesía española, y juntamente, las estrofas más en boga en la lírica renacentista itálica, es decir, el soneto, la lira, la estancia y las combinaciones de estrofas con siete y once sílabas. El introductor de las rimas italianas en España fue, principalmente, el caballero Juan Roscan de Almogáver, amigo de varios ilustres letrados italianos; pero quien dio verdadera carta de ciudadanía a estas rimas nuevas fue el gran Garcilaso de la Vega, (1503-1536), toledano de ilustre familia, que combatió en los ejércitos del Emperador, ciñéndose de gloria por su valentía tanto como por su alta inspiración.

Garcilaso, con su sensibilidad y talento, logró la adaptación de los versos italianos a la poesía castellana. Pero su renovación, que fue beneficiosa, no impidió el cultivo de los versos de arte menor en lo sucesivo. Enriqueció la lírica con nuevos horizontes y dejó huellas imborrables en la poesía castellana. Sus composiciones más bellas son: las Églogas pastoriles (Salido y Nemoroso; Tirreno y Alcino), la canción A la Flor de Gnido y numerosos sonetos, algunos de ellos de insuperable belleza.

Después de Garcilaso, la poesía española alcanza un brillo inigualado, dando origen a lo que se ha llamado Edad de Oro, que comprende casi la totalidad de los siglos XVI y XVII. Entre los más importantes de los seguidores inmediatos de Garcilaso hay que contar a Francisco de Aldana, Hernando de Acuña, Gutierre de Cetina y Diego Hurtado de Mendoza.

Al comienzo de los siglos de oro, puede señalarse en España la separación (no total ni exclusiva) de los poetas en dos escuelas que han sido denominadas según los centros geográficos en que tuvieron mayor desarrollo. Una de ellas, la Escuela Castellana o Salmantina, y la otra, la Escuela Andaluza o Sevillana. Pero, como hemos dicho, esta división no es sino relativamente considerable, y la poesía española de esos tiempos forma un conjunto unido por elementos esenciales, de característica nacional, basados en las más importantes cualidades de la cultura hispana. Entre estos poetas de la época clásica es necesario destacar a los siguientes:

Fray Luis de León, (1529-1591), nacido en Belmonte. Se hizo agustino en Salamanca, llegando muy pronto a profesor en tan ilustre universidad y adquiriendo gran fama por su sabiduría; pero también se atrajo la envidia de los que pretendían emularle, y fue sujeto a un proceso por ciertas acusaciones de un quisquilloso rival, teniendo que sufrir prisión por cinco años en Valladolid. Salió de la cárcel con mayor prestigio y mucho más admirado, y retornó a su cátedra, llegando, como religioso, a provincial de su orden. Sus obras fueron reunidas y editadas por primera vez por Don Francisco de Quevedo. Sus mejores poesías son las tituladas: Noche Serena; De la Vida del Campo; A la Ascensión; A Nuestra Señora.

El sevillano Fernando de Herrera (1534-1597), es poco conocido en el aspecto biográfico, en contraposición con su importancia literaria. Se sabe que fue clérigo de órdenes menores y se dice que tuvo una pasión silenciosa, un platónico amor por la Condesa de Gelves, a quien van destinadas sus mejores poesías amorosas y elegíacas. Sus más famosas poesías de tono heroico son: Por la Victoria de Lepanto; A Donjuán de Austria; A la Pérdida del Rey Don Sebastián.

Otro de los más excelsos poetas de este tiempo es San Juan de la Cruz, (1542-1591), que nació en Ontiveros y se llamó, antes de entrar a los Carmelitas, Juan de Yepes. Colaboró con Santa Teresa en la reforma de su orden, y murió en la ciudad de Ubeda. Su poesía es de una altísima inspiración, de una profunda belleza y de una emoción extraordinariamente elegante. Entre sus composiciones más bellas hay que recordar la Llama de Amor Viva; el Cántico Espiritual y las canciones que empiezan con los versos: En una noche oscura; Un pastorcico solo está penado y otras.

Entre los poetas andaluces brilla Pedro de Espinosa, muerto en 1560, autor de una hermosa Fábula del Genil injustamente olvidada. Asimismo, Juan de Salinas (1559-1642) de muy sutil y graciosa inspiración.

Dos aragoneses, hermanos, brillan también en aquellos años. Luperáo Leonardo de Argensola (1563-1633), autor de gráciles y sentidas canciones, y Bartolomé Leonardo de Argensola (1564-1633), de quién es el famoso soneto que empieza: "Dime, Padre común, pues eres justo".
Don Francisco de Rioja (1600-1659), se caracteriza por su exquisito clasicismo, y la crítica histórica le ha despojado de varias de sus glorias, pues algunas composiciones que le fueron atribuidas se ha demostrado que pertenecen a otros poetas. Entre ellas, la famosa Elegía a las Ruinas de Itálica, que es de Rodrigo Caro (1573-1647). Y la Epístola Moral, perteneciente, según todos los visos, al capitán Andrés Fernández de Andrada.

Uno de los más grandes y más discutidos poetas españoles es Don Luis de Góngora (1561-1627). Nació en Córdoba, y después de estudiar en Salamanca pensó en dedicarse al Derecho, pero abandonó las Leyes por las musas. Recibió órdenes menores y obtuvo un beneficio en su ciudad natal, siendo nombrado más tarde capellán de honor del rey Felipe III, debiendo trasladarse a Madrid por este motivo, y en un viaje que hizo acompañando al monarca, enfermó grave y repentinamente, regresando a Córdoba, donde murió a los pocos días. Sus obras más importantes son la Fábula de Polifemo y el poema titulado las Soledades. Como lírico, dejó numerosas letrillas, canciones y romances.
Respecto a las largas discusiones sobre la poesía gongorina, reproducimos lo que dice el escritor español José María Souvirón en su libro "Poesía Española": "Pasó, por fortuna, la época en que se consideraba al Polifemo y las Soledades como obras de mal gusto. No fue sino la falta de comprensión, la ausencia de interés y la estupidez académica trasnochada, que se creía en lo cierto del buen gusto cuando andaba a tentones con la poesía, lo que hizo calificar desdeñosamente estos dos bellos poemas. También ha pasado, por fortuna asimismo, la época en que todos los jóvenes, al darse cuenta de la belleza de esta poesía, creyeron que no había más que Góngora en la lira española. Sucedió a un olvido lamentable y demostrador de gran pobreza de espíritu poético, un excesivo entusiasmo. Góngora no es el único, ni el primero, sino uno de nuestros más grandes poetas: con él, Quevedo, Lope, Garcilaso, San Juan de la Cruz..."

El Fénix de los Ingenios, el genial Lope Félix de Vega Carpió (1562-1635), brilló más en su obra dramática que en la lírica, pero esto no excluye que sea uno de los líricos más importantes de la poesía española. Llevó una vida azarosa e inquieta. Fue soldado en su juventud, se casó varias veces,
"monumento a lope de vega, museo del prado, madrid"
Rubén Sada en el Monumento a
Lope de Vega,
Museo del Prado, Madrid, España
tuvo numerosas aventuras y a la postre recibió órdenes menores, pasando los últimos años de su vida en admirable penitencia. Dejó una gran cantidad de obras dramáticas, entre las que cabe destacar las tituladas Peribáñez y el Comendador de Ocaña; Fuente Ovejuna; FA Caballero de Olmedo; El Mejor Alcalde, el Rey y La Estrella de Sevilla. Dos poemas, Circe y Andrómeda y numerosas poesías líricas, de todo género, de la más diversa inspiración, reunidas parcialmente en un volumen que tituló Rimas Humanas y Divinas del Licenciado Tomé de Burguillos,

Otra gran figura de la Edad de Oro fue Don Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645), natural de Madrid. Desde muy joven adquirió una extensa y arraigada cultura, doctorándose en Teología a los quince años, y en otras disciplinas humanistas en la Universidad de Alcalá de Henares. Esta dedicación al estudio la compartió con una actividad incansable en la política, en la vida literaria, en lo social y hasta en las conspiraciones y aventuras más difíciles. Pasó de la mayor admiración y popularidad a encarcelamientos y penalidades, a causa principal de su enemistad con el Conde Duque de Olivares, omnipotente ministro del Rey Felipe IV. Achacoso y viejo, no pudo mantenerse en Madrid con sus escasos recursos, y se trasladó a su señorío de la Torre de Juan Abad, donde murió. Fue un gran polígrafo que brilló en las más diversas materias literarias. Excelente prosista en obras serias y profundas como la Política de Dios y en escritos livianos y satíricos, como La Vida del Buscón. Como poeta, fue el más alto representante del Conceptismo, pero la relativa oscuridad ideológica no impidió que sus poesías sean de una fuerza, una emoción y una entereza admirables.
Como Lope, fue principalmente dramaturgo Don Pedro Calderón de la Barca, que nació en Madrid en 1600, estudió en Salamanca, fué soldado en Flandes, capellán del Rey y autor, entre otras obras cumbres del teatro hispano, de La Vida es Sueño y El Alcalde de Zalamea. En muchas de sus obras dramáticas hay insertados bellos trozos líricos, caracterizados por una profunda concepción filosófica.

EL SIGLO XVIII


La potencia de la cultura española decayó, como todo su poderío, al comenzar el siglo XVIII. Ya desde las postrimerías del XVII se dejaban ver muestras indudables de una decadencia y Quevedo fue el anunciador profético del descenso que se avecinaba; pero entonces, todavía la inercia adquirida y el inmenso imperio mantenido daban esperanzas. Las admoniciones de Quevedo eran más bien advertencias para corregir males, que desesperación ante la realidad de una decadencia. La literatura española del siglo XVIII es de poca importancia, y sólo unos cuantos personajes aislados o mejor, unas cuantas obras diseminadas entre miles, pueden merecer alguna consideración. Los poetas del XVIII empezaron por abandonar la tradición española mantenida desde la Edad Media, en la que no había hecho mella el Renacimiento. Pues, si en otros países éste fue una especie de 'borrón y cuenta nueva', en España fue una renovación basada en las fuertes raíces de las grandes cualidades medievales. Se empezó a hablar, en este siglo, de una "restauración del buen guste", y si bien había alguna justificación frente a los desmanes literarios que tuvo la escuela conceptista en su agonía, los dieciochescos quisieron buscar el buen gusto olvidándose de Lope y de Calderón, de Cervantes y de San Juan de la Cruz, e iniciando la primera "importación nefasta" de la "cultura ultrapirenaica".

Se fundó en Madrid, en 1749, por los más conspicuos literatos de entonces, una llamada "Academia del Buen Gusto", y sus componentes dieron origen, después, al grupo de los "Arcades", eligiendo seudónimos como Flumisbo Termodonciaco, Inarco Celenio y otras muestras de gusto excelente, como puede colegirse por los nombres. La poesía española entró en una época de empalagosas endechas y cancioncillas, o de elegías retumbantes. Podemos destacar del numeroso pero descolorido conjunto del siglo XVIII español los nombres de los poetas Juan Meléndez Valdés (1754-1817), Leandro Fernández de Moratín (1760-1828), los fabulistas Tomás de Marte (1750-1791), y Félix María Samaniego (1745-1801) y el elegíaco José de Cadalso (1741-1782).

EL ROMANTICISMO


A principios del siglo XIX empieza a brotar la corriente romántica, triunfo del sentimiento, de lo subjetivo, como reacción contra el frío clasicismo de los poetas del dieciocho. Pero el desarrollo de este movimiento puede hacerse coincidir en España con el estallido nacional de la Guerra de la Independencia contra la invasión napoleónica y llega a su culminación en los años que corren desde 1830 a 1870. Precursor inmediato del Romanticismo en la poesía española es Manuel José Quintana (1772-1857), quien, conservando dejos clasicistas en el tono, enciende con ardorosas estrofas sus cánticos a la libertad. Pero los grandes poetas románticos españoles son:
Don Ángel de Saavedra, Duque de Rivas (1791-1865), con sus Romances Históricos, su poema legendario "El Moro Expósito", su famosa "Oda al Faro de Malta", Con su producción teatral inicia la escena romántica en el apasionado y violento Don Álvaro, o la Fuerza del Sino.

Otro gran poeta romántico fué José de Espronceda (1808-1842), hombre de vida inquieta, que repartió entre las luchas políticas, el amor y las letras. Espronceda es el autor de El Diablo Mundo, El Estudiante de Salamanca y de los inolvidables poemas titulados Canción del Pirata, Canto a Teresa y otros muy populares todavía.
Romántico notable fue asimismo José Zorrilla (1817-1893), a quien debemos el conocido drama "Don Juan Tenorio", las leyendas "A buen juez, mejor testigo"; "Margarita la tornera"; "El capitán Montoya" y numerosas poesías de inspiración oriental, muy sonoras, agradables y de gran riqueza exterior.
En las postrimerías del Romanticismo surge el más grande poeta español de su siglo, Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), autor de las Rimas y de las Leyendas.

Después del Romanticismo aparece una poesía que pudiéramos llamar realista, por su concordancia con las ideas predominantes en la novela y el teatro de fines del siglo. En esta época, los dos poetas más destacados son Ramón de Campoamor (1817-1901) y Gaspar Núñez de Arce (1834-1903). El primero alcanzó gran popularidad con sus Doloras, Humo¬radas y Pequeños Poemas. El segundo, con sus bien cons¬truidas y resonantes composiciones tituladas "El Vértigo", "Cintos de Combate", "La Visión de Fray Martín" y el "Idilio".

LOS MODERNOS Y CONTEMPORÁNEOS


Durante el período anterior brillaron en la América Hispana varios notables poetas, entre ellos Gertrudis Gómez de Avellaneda, Olegario V. Andrade, Gabriel de la Concepción Valdés, Manuel Acuña (autor del romántico Nocturno) y otros; pero cuando la poesía americana de lengua española adquiere una importancia capital es cuando aparece el mayor poeta castellano de su época, el iniciador de la escuela llamada "modernista" (aunque su proyección como poeta es muy superior a la de una mera escuela transitoria), cuando surge la obra de Rubén Darío. Este gran lírico nació en Metapa (Nicaragua) en 1867 y murió en León, de ese mismo país, en 1916. Pasó parte de su juventud en Chile, y aquí publicó Azul, la primera revelación de su estro original y poderoso, que tenía todos los matices: desde el más enardecido tono heroico hasta la más sutil delicadeza amorosa. Sus obras más importantes son Cantos de Vida y Esperanza; El Canto Errante; Prosas Profanas, que contienen algunas de las más bellas poesías de nuestro idioma.

Siguieron a Rubén en esta marcha varios grandes poetas de América, muy distintos de él en cuanto a los temas de su inspiración, pero mantenedores de la corriente renovadora. Entre ellos José Santos Chocano, peruano (1867-1934); los mejicanos Amado Nervo (1870-1919) y Enrique González Martínez (1871-1946); el argentino Leopoldo Lugones (1874-1944); el uruguayo Julio Herrera y Reissig (1875-1910). Junto a este grupo hay que considerar al gran poeta colombiano José Asunción Silva (1865-1896), pos-romántico originalísimo.

En España, las corrientes nuevas se compenetraron, como siempre ha sucedido en la historia de la cultura hispana, con el tradicional sentido que se mantiene a través de los siglos. Y lucen varias grandes figuras, entre las que sobresalen Juan Ramón Jiménez, Antonio y Manuel Machado.
Un brillante conjunto de poetisas se produce en la época moderna en tierras americanas, siendo las primeras figuras de esta pléyade la chilena Gabriela Mistral, la uruguaya Juana de Ibarbourou y la argentina Alfonsina Storni.

En fin, los años más recientes cuentan con nombres de gran valor en la poesía de lengua española, tanto en América como en España. Los chilenos Pablo Ncruda y Vicente Huidobro. Los argentinos Francisco Luis Bernárdez, Leopoldo Marechal y José Hernández, autor de la "Biblia gauchesca argentina" llamada "Martín Fierro". Los españoles Federico García Lorca, Rafael Alberti, Gerardo Diego, Luis Rosales y Luis Cernuda. Los mejicanos Salvador Novo y Javier Villaurrutia. El peruano César Vallejo. Y en todos los otros países, una floración de interesantes poetas jóvenes, en los que la lengua castellana mantiene viva la llama inmortal de su poesía.



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