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ALMAFUERTE EL POETA (CAP 11 Y 12: Detalles de la personalidad de Pedro B. Palacios, por Antonio Herrero)

Busto de Pedro B. Palacios, Almafuerte

ALMAFUERTE EL POETA (CAP 11 Y 12: Detalles de la personalidad de Pedro B. Palacios, por Antonio Herrero)

CAPÍTULO 11: LA REALIDAD Y EL IDEAL

Almafuerte conocía la realidad plenamente.
No había en él nada de ciego, ni de iluso. Aceptaba la
existencia en su aspecto más duro y más cruel, a
pesar de la distancia casi infinita que había entre
ésta y sus ideales. Así estos ideales no eran el sueño
rosado de un espíritu cándido e ingenuo, que,
obstinado en sus quimeras se empeña en cerrar los
ojos a las hoscas realidades. Más hondamente que
nadie penetró él en dichas realidades, que, sin embargo,
no aminoraban su idealismo, porque éste era
una suprema aspiración de su alma hercúlea que
bajaba a los antros más siniestros para volver con
los puños cargados de verdades que arrojaba iracundo
al impasible rostro de los poderosos y contra
el alma pétrea del indiferente.
Por eso la realidad era para él una fuente de infinitos
sufrimientos que mantenían constantemente
su corazón inflamado y candente como un ascua.
Si en algunos momentos parecía feliz era porque
su afecto desbordaba ante cualquier impresión grata
y amable. Mas su ambiente natural era el dolor,
la tensión interior y la violencia. Esto es lo que
le daba fama de loco y apartaba de su lado a las
gentes normales que no podian comprender aquella
dolorosa exasperación. Para explicarse, no obstante,
su dolor y su violencia bastará recordar la observación
de Poe de que la irritabilidad de los poetas
proviene de que tienen una percepción muy clara
de lo bello y por consecuencia de lo feo, de lo verdadero,
de lo falso, de lo justo y de lo injusto;
según él, quien no es irritable no es poeta; también
está explicado su dolor por la profunda observación
de Lacuria en "Les harmonies de l'étre"
"Iva dicha es una ecuación o una armonía perfecta
entre el ideal y la realidad, y el ideal es todo aquello
que puede concebir la inteligencia. Los que menos
sufren sobre la tierra son aquellos cuyo ideal es
más limitado; los que ponen muy alto su ideal, padecen
infinitos sufrimientos morales".
A pesar de su intenso padecer, Almafuerte no fué
nunca un amargado, aunque a veces sus palabras
semejasen flechas envenenadas. Conservaba la frescura,
el candoroso optimismo y la expansiva cordialidad
de un niño amoroso y bueno.
Ello se debió, ante todo, a que en su espíritu y
su vida no separó jamás la realidad del ideal. El
vivió plenamente la realidad total de sus ideas, de
sus conceptos morales, que practicaba aún más que
predicarlos. En él no había dos hombres como ocurre
casi en todos los humanos y más aún entre escritores
y moralistas : uno el que piensa y escribe, o
el que predica o proclama, y otro el que vive y actúa.
El era un hombre entero, de una pieza, sin
dualidad ni reserva alguna.
Constituye esto en su vida un mérito esencial,
que le alza por encima de los tiempos y de los más
grandes hombres. La vida está compuesta, principalmente,
de dos principios opuestos que eternamente
luchan entre sí disputándose el dominio de los seres
:
la carne y el espíritu, la realidad y el ensueño, el
más allá y el presente, la pasión y la razón. Todos
los hombres, también, están formados de una doble
personalidad, correspondiente a estos dos principios,
aun cuando en algunos prevalezca el ideal
y en los demás los sentidos. Su vida está dividida
entre las dos corrientes opuestas, y alternativamente
se entregan al predominio del espíritu, o se dejan
arrastrar por la fuerza sensual de sus pasiones. Pero
en los héroes morales, en los genios más altos,
y figuradamente en los dioses, la naturaleza se unifica,
fúndense en una sola las dos tendencias y el alma
vive a la vez lo ideal y lo real ; el corazón quema sus
pasiones y se divinizan los sentidos; la carne se
espiritualiza y el espíritu se torna realidad. De este
modo, las ideas eternas que en todos los tiempos
flotan por encima de los hombres, en remotas lejanías
inalcanzables, se convierten por obra de estos
genios en un hecho viviente, en una llama clarísima
y real, en una chispa divina que habita un cuerpo
humano. Entonces se detiene de repente el correr
velocísimo del tiempo, y alrededor de este hombre.
hácese como un remanso de eternidad. Tal sucedió
con Budha, con Jesús y con Sócrates. Este es el mismo
milagro que Almafuerte revivió y actualizó.
En Almafuerte no había intereses, ni fines, ni deseos accidentales.
Todo él estaba animado de intereses y
propósitos eternos. Sus amores y sus odios, sus
anhelos e ideas pertenecían a la inmortalidad. En
él no alentaba un hombre sino toda una raza, no
hablaba un solo individuo sino el Ser. Era la
naturaleza transformada en espíritu humano. Los
que odiaban a Almafuerte encarnaban las pasiones
de los jueces de Sócrates y de las turbas que pedían
el sacrificio de Jesús. Los pocos que le amaban
y le seguían encarnaban también los altos sentimientos
en que se inspiraron los discípulos del nazareno
y del filósofo. Repitióse, pues, con Almafuerte,
en los arrabales de La Plata la eterna, y áurea,
y lamentable historia de Atenas y Galilea. Sólo
que ahora los tiempos han cambiado. Estamos en
América la libre y por tanto este profeta se libró del
cruento sacrificio; mas fué, no obstante, inmolado
en cada día de su existencia por la siniestra y sombría
conjuración del silencio y por la solapada indiferencia
olímpica de los Zoilos consagrados.

CAPÍTULO 12:  LA MORAL DE ALMAFUERTE

El sentido moral es el solo centro y eje alrededor
del cual gira toda la obra de Almafuerte.
Las evangélicas constituyen un evangelio moral
para el hombre moderno y sus poesías son la anunciación
de las más altas leyes morales, que jamás
habían sido proclamadas tan rotunda y elevadamente. 
Porque Almafuerte nunca escribió por pasatiempo,
ni con fines lucrativos, ni en calidad de artista
o literato. Escribía solamente cuando le apremiaba
la necesidad interior de expresar una ley moral,
de revelar un problema, un hecho del espíritu.
Así, toda su obra es sólida y definitiva, de un
máximo valor ideológico. Cada poesía representa
un aspecto culminante de la evolución interna, de
la evolución moral ; y cada evangélica es un conjunto
de sintéticas, originales y profundas enseñanzas.
Su obra es dogmática, afirmativa y rotunda, pero
no es pontifical ni circunscripta. El no cierra los
límites del horizonte humano, sino los ensancha y
los aleja. Posee, como nadie más, el que llamó
Laforgue sexto sentido, o sea el sentido de lo infinito.
No se apoya en la autoridad exterior de una
creencia, o de un dogma, sino en la autoridad de
su conciencia propia, de su firme sentido moral y
de su honda intuición. No se dirige tampoco al cerebro
del hombre, sino, sobre todo, a su alma, a su
conciencia, a su personalidad total, que él procura
exaltar y desenvolver, elevándola al más puro idealismo,
pero sin salirse de la realidad. Su palabra
es una fuerza envolvente y ascendente que vigoriza
y eleva al hombre.
La moral que él enseña y practica no es jamás
la moral clásica, hecha de prohibiciones y preceptos
negativos, de carácter restrictivo y formalista,
que atrofia al individuo y paraliza el alma, inmovilizando
los resortes motrices del espíritu. Es, por el
contrario, una moral afirmativa, áspera y bravía
como el mal, y fragante y delicada cual la inocencia
y el bien. Se dirige a las fuerzas interiores y las
impulsa y despierta para que tomen el predominio
y la dirección sobre las fuerzas externas y los instintos
inconscientes.
El dice, en sustancia, al hombre : Ante todo, sé
tu mismo ; ten el valor de tu sinceridad ; ya sea en
el mal o en el bien; yérguete sobre tu propia personalidad.
"Satán tiene una virtud que es su cinismo".
Afirma y constituye tu carácter; hazte
cuenta que eres solo en el universo y con tus únicas
energías tienes que luchar contra todo el resto
de los seres y las fuerzas naturales. No te entregues
confiado jamás a nada ni en nadie. "Aunque
residas entre alienados, calcula; aunque vivas entre
mujeres, teme; aunque duermas entre niños, vigila.
Hasta los lobos reposan entre los lobos; pero tú no
duermas tranquilo — ¡«o! ¡nunca! — ni sobre el
corazón de tu propio hijo; nada te ama".
Trata de ser independiente. "Sé grande en miniatura,
reposa sobre ti mismo. Manéjate de manera
que nadie pueda exigirte fidelidad. Esquiva
la dirección extraña como a una mutilación vergonzosa;
y la ocasión de la gratitud como a una cadena,
como a una argolla de hierro en la ternilla
de la nariz. Haz todos los sacrificios imaginables
a fin de que no te veas alguna vez en la espantosa
necesidad de devorar tu misma persona moral, en
el pan de cada día.
"Erígete señor de algo: impera, aunque más no
sea, sobre tu propia insignificancia cerebral y sobre
tu propio estómago hambriento. Un instante
de pie sobre la propia miseria, vale toda una vida
de hartura, arrastrada sobre las rodillas.
"Tener carácter en el sentido social de este vocablo,
es tener en sí mismo soberanía bastante para
subordinar las circunstancias ambientes, o por lo
menos, para resistirlas con éxito. Los fuertes, los
indomables, los irreductibles, tienen un locatario
siempre vigilante dentro de sus pechos que replica
sin intimidarse nunca, cada vez que llaman a su
puerta. Los que carecen de ese guardián han deja
do de ser hombres; o, mejor dicho: no han llegado a serlo.
"Marchar por entre estoques que amenazan y no
claudicar; por entre manoseos voluptuosos y no
olvidarse de sí mismo por entre cabezas que se
agachan y no erguirse más altanero; por entre
frentes soberanas y no agacharse... ¡eso es tener carácter!
"Subir, ascender, prosperar, en el mejor sentido
de las palabras, no es encaramarse en los sitios más
visibles como los gatos en las chimeneas. Subir es
evolucionar; evolucionar es desbestializarse; desbestializarse
es adquirir la prerrogativa de ser creído
y ser seguido; asumir el derecho del mando,
que es el más alto de los derechos porque es el
que impone más deberes.
"Que sirvas de algo, que produzcas algo, que dejes
el recuerdo de algo ; los árboles que no dan fruto
o que no dan madera o que no dan leña son
inferiores a las patatas.
"Refiere todos tus actos al bien ageno, pero
muy pocos de ellos al juicio ageno. Sé prudente,
discreto y conciliador, pero no tanto que reniegues
de tí mismo. No tengas el afán de parecer sino
el afán de ser. No rehuyas el dolor.
"No seas ciudadano correcto e inofensivo; sé
hombre útil y azotador de inútiles y perjudiciales.
Lucha contra tus propias imperfecciones, que no
son nada más que las imperfecciones de todos,
para que surja al cabo de los tiempos, el hombre perfecto,
la humanidad luz.
"Haz lo que mejor te parezca si quieres hacer
lo que debes; y haciéndolo asi no tiembles. Aquel
que no siente el orgullo de si mismo todos los días
y después de cada una de sus acciones, ya no es antes
de dejar de ser, no ha sido nunca.
"La solidaridad humana es tan necesaria para
cada individuo como la gravitación universal para
cada uno de los astros. La naturaleza culmina en
el ser humano más que en los astros, se manifiesta
dentro de él cada vez más armoniosa y más ideal.
"Como se ejercitan y desenvuelven metódicamente
los órganos materiales y las facultades psíquicas,
sin olvidar ni una sola fibra ni menospreciar
una sola célula, así, también, deben ser cultivados
y ordenados en series los sentimientos en el
corazón del hombre; todos ellos son indispensables
para el fin individual y para el bien general,
que es el Progreso. La verdadera moral, el perfecto
estado de moralidad es el equilibrio de la
totalidad de los sentimientos, la posesión de todos
ellos, y el uso de cada uno, en su oportunidad misma
y para su solo objeto.
"Educa y regimenta los sentimientos con que
hayan nacido tus hijos, de una manera integral: y
serás un buen padre".
Tal es lo culminante de sus enseñanzas, extraídas
de sus evangélicas. Pero donde se contienen
sus ideas más eminentes y sus conceptos más
profundos, es en las poesías, que no pueden extractarse
por la intensidad de todas ellas; y es allí, sobre
todo, donde se muestra como una cumbre su
espíritu idealista y filosófico y su vasta alma integral.

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